jueves, 9 de octubre de 2014

MEMORY LANE. Tres


Subimos por La Castellana hasta un bar que -según me habían dicho- acababan de abrir hacía poco. El camarero que nos atiende es brasileño. Era agradable hablar con él, sonreía cuando tú le sonreías, y te preguntaba, de tanto en tanto, si las cosas que iba sirviéndote te parecía que estaban buenas. Nos chocaba a ambos el feeling de la ciudad. El utilizó la palabra "desubicado" y se echó a reír: vivía en Lanzarote, en un bungalow chiquito que distaba no más de doscientos pasos de la playa. No terminábamos de conectar. Hice de corazón tripas y le hable de tomarnos una copa para que nuestro encuentro pudiera ser un poco más cálido. Sabido es que el alcohol enternece las emociones. Al final, lo dejamos. Cogimos el metro hasta "Sol" y abriéndonos paso entre muchedumbres de hombres y mujeres con pelucones sintéticos, pisando cristales de botellas de sidra agria estampadas contra el encintado, escabulléndonos entre un aluvión de caras resignadas a su suerte y andares oscilantes, entramos al Fnac, que es a donde casi todo el mundo que baja al centro... por la tarde... termina acudiendo en esta ciudad mimética, y malherida, y le preguntamis a un dependiente -un chico calvo, con perilla- por los precios de los lápices de memoria. Variaban en función de la capacidad de almacenaje. Era lo lógico.

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