lunes, 27 de octubre de 2014

ARAÑA HAMBRIENTA. Julian McLaren Ross

Julian McLaren Ross: The Real Man

¿Qué demonios está sucediendo aquí? Me levanto de la mesa y acudo hasta la estantería que queda a mi espalda. Los libros, sus lomos. Mi nombre aparece en siete ejemplares. No sé si son mejores que el resto. Me temo que no. Pero seguro, también, que no están entre los más malos. En ninguno de ellos se cuenta mi vida, pero todos ellos contienen retazos sueltos de cosas que he vivido o no me hubiera importado vivir. En todos aparece un tipo que no soy yo pero piensa parecido a mí. En algunos aspectos. En otros, no. Se da el caso, incluso, de que a veces es una chica, una mujer, la que decide actuar como lo haría yo en una situación semejante a la que a ella le ha tocado vivir. Pero todo eso es en realidad mentira. Para los demás, tampoco yo soy mucho más que un fraude. Un farol. Un bluff. 

Un poco -valga lo extremo de mi similitud- me desenvuelvo como una araña por el cuarto. Acudo displicentemente hasta la ventana y observo. Veo cosas que han ido variando según la ventana, según el cuarto, según los años. Ha variado también la silla; cada vez es más cómoda porque yo soy más perro. Y lo mismo mis hábitos. Ya no fumo, el consumo de alcohol se ha reducido apreciablemente -¡hasta aparatosamente! cabría que dijera- y de vez en cuando, muy de vez en cuando, menos a menudo en todo caso de lo que a mí me gustaría, aparece por aquí, a mi lado, una mujer rubia, con los labios carnosos como cerezas, y los ojos de color jade, a revolverme el pelo y decirme que va a quedárseme la cara cuadrada de tenerla tanto tiempo pegada a la pantalla del ordenador. Ahora se trata siempre de la misma mujer y eso es algo de agradecer porque creo que soy un hombre cobarde y entiendo que mi destino es un hogar. 

Como una araña, trato de dar entre la oscuridad, dentro de mi corazón, con algún retazo del ayer, alguna emoción que merezca la pena, un apunte de vida, una broma cordial, una conversación inteligente, una especulación mundana... a las que no les importe quedar atrapadas entre las letras del teclado, entre las sabias neuronas del fracaso, y pasar a formar parte, también ellas, del confuso gabinete de curiosidades propias que da forma a la parte esta... de mi biblioteca... a la que vengo refiriéndome. Mis libros: pulcros y embaucadores. 

Existe un nuevo proyecto en ciernes y, como siempre sucede, en tanto no consiga planificar la historia hasta su punto y final -creo con sinceridad que la inoperancia a la hora de cerrar un relato debe suponerle un varapalo tremendo a su autor- no me quedará más remedio que ... como una araña enquencle, taimada y tenaz procedería en pos de su presa... permanecer horas y horas desplazándome con lentitud por la malla de mi propia indolencia, de mis propias ideas, enrocándome en algún débil hilo de neurosis que penda de ella y permanecer ahí colgado, hecho un amasijo de aviesas intenciones, emparejado con el tiempo, a la espera de que al fin se deje caer por mis dominios esa mosca suculenta, despreocupada y vistosa a la que hincar el diente. 

Un libro más ¡otro! en mi particular biblioteca de obras malditas. Ojalá tenga suerte, mi caza fructifique pronto y pueda cerrar cuanto antes el argumento de este nuevo proyecto que ardo en deseos de materializar. Pero por ahora, permanezco a la espera: excitado y dubitativo. Tenso. Oculto. Al acecho de un final auténtico. La réplica humana de una araña hambrienta. 

1 comentario:

  1. Cuando menos te lo esperes llegará, inspirado por un paisaje, una frase o un momento, y entonces iluminará el camino, escribiéndose sólo su propio final.
    :)

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