miércoles, 10 de septiembre de 2014

SECTOR Z. Un Ególatra Terrible


II Parte. Un ególatra terrible.

... al personal del centro por el sector z. Bajo ningún concepto".

Acabo de entrar en el centro hospitalario, atravieso el hall para acceder a los ascensores, y mi talante continúa siendo igual de positivo. Un poco asustado, pero bueno... Es natural, creo. El reto al que me dispongo a enfrentarme, dentro de unas horas me imagino, no es ninguna nadería. Se trata de algo peligroso, mucho. Pero la satisfacción que obtendré en el caso improbable de alcanzar el éxito habrá de compensar con creces cualquier sinsabor previo. Bien que aunque fracasara, no sería, esta vez, un fracaso rotundo, sin paliativos, como otras veces, en esta ocasión mis esfuerzos habrían servido para algo. Aunque el precio que tenga que pagar por ello sea el de mi propia vida.

Entro dentro del ascensor, no hay demasiada gente. “Voy al sexto” le digo a un celador que luce una medalla de oro, de forma oval, con la cadena enredada entre los pelos del pecho. Permanece de pie junto a la placa con los botones de los pisos. A mi lado se ubica un matrimonio maduro. Los dos tienen cara de pena. El es gordo, calvo, con bigote. Ella es gorda. Diría que ambos huelen a cacahuetes. Luego entra un tío con un brazo en cabestrillo cuando las puertas están ya a punto de cerrarse.

Se estarán ustedes preguntando que demonios pinto yo en este hospital, en este ascensor. A que carajo es a lo que voy al sector z. Seguro que habrá muchos, entre ustedes, que ni siquiera habrán oido hablar nunca del sector z. Voy a explicárselo muy brevemente. Me encuentro aquí, ni más ni menos, para hacer de cobaya humano. Así es, van a inocularme determinado virus, o un cultivo de bacterías o cualquier otra barrabasada por el estilo, desconozco los detalles, de cierta enfermedad, cuya gravedad es hoy por hoy máxima, con el fin de hacerme objeto, una vez aparezcan los primeros síntomas del mal, de cierto tratamiento específico para erradicarlo. Un tratamiento, novedoso, sofisticado, aun en fase de experimentación, en el que los cientificos tienen depositadas enorme esperanzas. ¡Enormes!. Pero no, completas.

Me encuentro perdido. Llevo un par de minutos en la sexta planta y desconozco cual es el corredor principal; todos me parecen iguales. Igual de anchos, igual de largos, igual de iluminados. Si bien soy consciente, lo tengo asumido -forma parte esencial del trato, me imagino que lo de las pruebas, su puesta en práctica, esto de utilizar a personas de carne y hueso para hacerlas, pese a ser algo tradicionalmente asumido por la clase médica, tiene que carecer de homologación legal- que no debo preguntarle a nadie por el sector “z”.

Puedo morir, es cierto. Seamos sinceros, estoy casi seguro de que lo haré: un año, dos, tres años... a lo sumo. Pero el tiempo que permanezca con vida pienso disfrutar de la sensación de sentirme útil. Consciente de estar haciendo algo por los demás, mis semejantes: niños indefensos, jóvenes repletos de ilusiones, ancianos que son uña y carne con sus nietos... Vaya, no voy a ponerme melodramático, dejemos estos simplones efectismos de lado. Necesitaba dar con algo -mi ego me lo venía reclamando a gritos- en lo que sentirme bueno, diestro, capaz. Y tal vez observar en mi cuerpo el nacimiento de la enfermedad, estar pendiente de su desarrollo, considerar los sucesivos efectos que el tratamiento despliega sobre sus síntomas, constituya, en su conjunto, una actividad hecha poco menos que a mi medida. Algo en lo que otros, casi todos, fracasarían y para lo que yo, sin embargo, me hallo magníficamente dotado. De siempre me ha gustado ensimismarme, observarlo todo, anotarlo todo. Y, lo que es más característico, observarme a mi mismo y reflejar mis sentimientos -algo que hasta podría calificarse como morboso- por escrito. Tal vez sea por esto por lo que he sido seleccionado para cumplir este programa. Sospecho que los doctores habrán dicho, o por lo menos lo habrán pensado: “¿Escritor? Perfecto. Seguro que el tío resulta ser un ególatra terrible. Justo lo que andamos buscando”. O algo muy parecido.

(continuará)

3 comentarios:

  1. https://www.youtube.com/watch?v=R-0Qx8HwlW4
    :)

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  2. Un curioso impertinente23 de septiembre de 2014, 15:39

    Primera vez que te leo, la historia es Interesante, me gusta tiene gancho. Yo que tu le daría unos días de cajón y la volvería a trabajar.
    Si aceptas consejos: en un mismo parrafo mejor sinónimos que repeticiones, el minimalismo en las descripciones potencia la imagen, la teoria del iceberg es útil, evita si puedes comodines como: luego, cuando, mientras, entonces etc..

    Si no te parece mal me explico:
    El es gordo, calvo, con bigote. Ella es gorda. Diría que ambos huelen a cacahuetes. Luego entra un tío con un brazo en cabestrillo cuando las puertas están ya a punto de cerrarse.

    " El es obeso, calvo y con bigote. Ella está gorda. Huelen a cacahuetes. Las puertas ya están a punto de cerrarse y se cuela un tío con un brazo en cabestrillo."

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  3. Gracias. Lee más cosas del blog -si quieres, claro- y verás como he puesto "es gordo/a" dos veces, y de manera tan seguida, a propósito. Lo de abusar de sinónimos, únicamente para evitar iteraciones es un truco de principiante. En cuanto a "obesa" es un adejetivo propio de prospecto de hierbas adelaganzantes al que nadie recurre cuando visualiza a una tía gorda. En lo de "entonces", "luego", etc... puede que tengas razón, pero en el tono de esta narración lo veo "tolerable". En lo de los cacahuetes, de acuerdo a la personalidad del personaje, un tío dubitativo, que está hablando en primera persona, mejor "diría que huelen a cacahuetes", que "huelen a cacahuetes". La construcción de la frase, tal y como tú sugieres, es más efectiva, pero menos adecuada. Dicho todo lo anterior, y tras pedirle disculpas por haberme puesto repelente, decirle a usted que ni mucho menos le considero un impertinente sino una persona animosa y bien intencionada. Un abrazo! ;-)

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