jueves, 4 de septiembre de 2014

ECHENOZ. SUPLANTACIONES.


Cuesta lo suyo dar con novelas buenas -buenas de verdad, quiero decir- y, por eso, últimamente, y, tras una serie de decepcionantes desilusiones de las que no pienso hablar aquí... no merece la pena, he venido dedicando parte de mis ratos de ocio a releer algunos títulos que había leído ya. Esto es, algo parecido a salir de cañas junto a esos amigos de toda la vida con los que ya lo tienes casi todo dicho pero, aun así, te lo sigues pasando teta cuando te juntas con ellos. Y, vaya, este verano he andado de parranda, de aquí para allá, la maleta a cuestas, con Eça, con Baroja, con Bufalino, con Edmund White... Bueno... los amigotes; la pandilla ¡Ya se imaginan!

Pero en la vida hay veces, algunas, en las que, por mucho que te hayan podido decepcionar experiencias precedentes, te apetece conocer gente nueva. Gente que te sorprenda. Alguien que te empuje a pensar después de haber estado departiendo, un par de horas, o tres, con él o con ella: ¡qué persona más cojonuda!. Y esto que digo, algo que se hace notorio en el terreno sentimental en relación con tu sexo “favorito”, y es fácilmente apreciable respecto de la música, el cine, el fútbol ¡y hasta la gastronomía! sucede también con las novelas. Con la ventaja de que, en este otro caso, el nuevo Lionel Messi puede ser un tipo al que tú llevabas la tira de años dejando sentado injustamente en el banquillo -por desconocimiento, desidia o desconfianza, pero injustamente- y está ya a punto de colgar las botas, o, incluso, alguien que por unas razones u otras -y aquí caben, como es natural, las más trascendentes- hoy en día no se encuentra ya en situación de poder saltar al césped.

El último talento con el que he tenido la suerte de encontrarme ha sido con Echenoz, Jean, centrocampista francés (de Orange, en concreto; una pequeña ciudad del Vaucluse de cuyo teatro romano, o más precisamente del gigantesco muro que acota su escenario, el propio Napoleón dijo que se trataba de la pared más hermosa de Francia) veterano, experto, bragado y, de atenernos estrictamente a la cronología, al borde mismo de la jubilación. Con estos antecedentes, podría caber que supusiéramos, de aceptar la influencia del medio sobre el mensaje, y por ende sobre el mensajero, y sabedores de que el interfecto se ha criado en Orange, y que la infancia y la primera juventud son determinantes en el destino de las personas, y luego de considerar las palabras como subsumibles dentro de este destino, que el tal Echenoz es un escitor compacto, de contención, un poco teatral. ¡El anfiteatro, el muro!. Y algo de esto puede haber: predominan en sus textos las frases cortas, matizadas (que no rimbombantes). Discurren, aquellos, sin demasiadas explicaciones psicólogicas y, sí, con abundantes datos ontológicos. Pero también se descuelga de vez en cuando, nuestro autor, nuestro crack, con regates en corto, fintas, fruslerías. 

En resumidas cuentas que aunque le dé de vez en cuando, a Echenoz, por dibujar los pases largos, de una banda a otra, lo suyo es el tiqui-taca, las distancias cortas. La ejemplificación de las motivaciones esenciales que se sienten a través de los gestos sin importancia que se hacen. La asimilación de los envites del destino con una sonrisa en el rostro, con una irónica resignación. Fallar goles a puerta vacía por querer lucirse. Y funcionar con plena regularidad, sin altibajos, sin pifias, en el centro del campo. Como Xavi. Como Didier Deschamps.

Me ha gustado tanto Jean Echenoz, su forma de expresarse, que... debo confesárselo... mucho me temo que voy a pasarme una buena temporada imitándolo, siquiera solapadamente, a la hora de atizarle cera al teclado. Espero que él no se moleste, voy de buen rollo, ni se le ocurra, tampoco, reclamarme derechos de autor, estoy tieso, porque esa influencia, de la que les hablo, y que no tengo ni idea de lo que va a poder durar, no deja de ser sino un sentido homenaje. De lector decepcionado al que le ha sido devuelta la ilusión al abrir un libro... y ver lo que pasa dentro. E incluso le han despertado las ganas de, como si se tratara de un fantasioso adolescente, colarse él mismo en la trama, a las primeras de cambio, suplantando, con más voluntad que acierto, al protagonista. Que, como la mía, también va de esto la narrativa de Echenoz. De suplantaciones.

4 comentarios:

  1. Echenoz, siguiendo tu expresión, es un viejo amigo mío de parranda -desde Cherokee y El meridiano de Greenwich- desde al menos veinte años, así que nunca es tarde si la dicha es buena (aprovechando que tenemos un presidente de gobierno que sólo habla con frases hechas y pensamiento ausente)

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  2. Echenoz es "mú" bueno, como diría el aludido. Sobre lo mismo: el otro día me decía una camarero en la playa: "manda cojones" que a mí para ganar ochocientos euros al mes (brutos y con prorrata de pagas, añado yo) me exijan hablar tres idiomas y que ninguno de los presidentes del gobierno que ha habido en España entienda ni papa de otro idioma que no sea el castellano. Más razón que un santo.

    Porque... yo no termino de creérme eso de que el Aznar hablará el catalán en la intimidad (salvo por estrictas razones de sicalipsia) ;-)

    ¡Un abrazo postvacaional, maestro!.

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  3. Hablando de franceses, porque este lo es de adopción (sólo escribe ya en francés): no te pierdas la última, lástima que tan breve, del gran Kudera, tanto tiempo ausente: 'La fiesta de la insignficancia', con magnífica traducción de Beatriz de Moura.

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  4. Si es muy corta, me la cuentas tú y me vale. Una adaptación lanskyniana bien vale una traducción mouronita. Por cierto, la primera de Echenoz, EMDG, me está decepcionando. Un pastiche. ¡Tanto quiso abarcar la criatura! ¡Tan ocurrente pretendió ser a sus treinta añitos! Menos mal que luego dejó de ser un repipi. ;-)

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