domingo, 24 de agosto de 2014

TIEMPOS ROMANTICOS


Abajo, en el hotel, en la pista de baile vacía, hay un niño rubio jugando con un globo blanco; lo da patadas. El niño está solo, en medio de la pista, y las patadas que le propina al globo desbordan una cierta tristeza. El niño no debe saber que con esto que está haciendo… es capaz de ponerle triste a un adulto. Seguro que él se lo está pasando bien. O no. El hombre que lo mira -o sea, yo mismo- hace por recordar y llega a la conclusión de que, a lo mejor, el niño se siente aburrido, triste a su modo, y por eso, mismo, es por lo que trata de entretenerse pegándole puntapies al globo. A veces, los niños también se ponen tristes.

Mientras lo observa a lo lejos, desde un séptimo piso, el hombre que acaba de acordarse de él mismo cuando era niño -o sea, yo- vuelve a retirar el termómetro de su axila izquierda. Son las nueve, casi es de noche, la tarde expira y la fiebre ha subido unas décimas.

El hombre se lamenta -me lamento- de su suerte -la mía- por ponerse enfermo encontrándose de vacaciones. Aunque luego viene a admitir que, en realidad, se había planteado estos calurosos días de descanso como una especie de convalecencia: tranquilidad, comida casera, ni una gota de alcohol, música clásica y buenas lecturas… Y concluye que lo de la fiebre en el fondo, una ligera fiebre, es algo que casa a la perfección con ese escenario tan sugerente ideado por él a priori para agotar agosto. De ese modo pasa a contemplar, la fiebre, como una especie de veleidad pseudo literaria. Mitificadora. ¡Hasta termina por convencerse de que ha sido ella, la fiebre precisamente, la que lo ha impulsado a abrir el cuaderno y redactar estas líneas a las que, ahora mismo, está dando un último repaso! La escena que reflejan no resulta ser demasiado distinta a la que le han satisfecho unos vagos recuerdos difuminados por la melancolía. Días de fiebre. Tiempos románticos.

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