miércoles, 2 de julio de 2014

EL BAILE


Quizás todo se reduzca, en definitiva, a tener un baile al que acudir el sábado por la noche cuando aprieta el calor, los veranos.

Entras en el cuarto de baño. Hace una hora apenas que has llegado. En coche. Con los demás. Observarse la cara de bobo en el espejo. Peinarse. Guardar el peine en el bolsillo. Sin que asome. Que no se note. Si se dan cuenta que llevas encima un peine la has jodido. Habrá cachondeo para rato. Y lo peor de todo, te lo quitarán y lo tirarán por ahí...  no sé... al tejado de la casa, por ejemplo. "A tomar por culo" proclamará, triunfal, alguno de tus amigos, cuando lance el peine a tomar por culo.

Olvidarse esa noche, aunque solo sea esa noche, de lo insulsa que puede llegar a ser la vida ¿Y qué no lo es?. Permitir que sean la líbido y el alcohol los que decidan. Que apuesten. Uno se curte a base de desengaños. De derrotas. La luna brilla y la música suena.

Sabes que no eres el mejor. Sabes que te gustan las chica lindas y que vas a tener que beber lo suyo para vencer la timidez y ponerte a hablar con ellas como si no fuesen tan lindas. No sabes, en cambio, donde se encuentra exactamente el límite. Con una sola copa -¿y quien te dice que no va a ser esa que justo te estas sirviendo ahora?- puedes pasar de ser un chico adorable a ser un patoso. O un baboso. O un suicida frustrado.

En el fondo, somos todos unos chapuzas. Ninguno sabemos bailar. Pero no hay que desesperarse, ellas están bien bonitas esta noche. Llevan los ojos pintados. Llevan los labios pintados. Y sonríen. Como en las películas. Algunas juegan a fingir ser vampiresas, otras esperan a que seas tú el que trate de seducirlas. ¿Y quién no va a ambicionar ser un seductor cuando tiene delante de él, a menos de dos pasos, a un montón de chicas bonitas bailando como si tal cosa? Empiezan a caer al suelo los primeros vasos de plástico. Las chicas bailan y la música suena. 

Un baile de verano. La magia de la juventud. Olvidar por una noche la congoja de no saber lo que va a ocurrir con tu vida. Envalentonados por la gracia de la ginebra... del vodka... del whisky, llegar a percibir dentro del pecho que el amor no para tan lejos. Que puede aparecer justo esa misma noche y atraparnos. Algo que no deja de producir un ligero vértigo.

Escapar, largarse, desaparecer de improviso... unos minutos... y, entre la soledad y el silencio, paladear a solas todos esos deseos torpes, ingenuos, puros... ¡Caros valores de la juventud! Regresar, luego, donde el baile con la ilusión efímera de poder ser feliz aunque no te guste bailar. Feliz, aunque la música sea mala. Feliz, aunque la hayas visto a ella besuqueándose en el jardín, con uno de tus amigos, bajo la luz aguardentosa de la luna. Feliz aunque sea solo por esa única noche. La del baile.

Feliz. Sí. ¿O acaso, en el transcurso de la vida, se tienen veintidós años todas las veces que uno quiera?.

2 comentarios:

  1. Por un momento he dejado de trabajar para irme a bailar. ¡Qué agradable evasión!
    El vértigo que da enamorarse seduce, la posibilidad de que aquella noche sea la noche que marque un antes y un después es siempre estimulante, y la vida, qué cojones, hay que disfrutarla sin remilgos.
    Me ha gustado mucho tu baile.
    Abrazos mil;)

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  2. Gracias

    Lo he escrito un poco, digamos, a retazos, bajo la inspiración de "Argos el Ciego" de Gesualdo Bufalino que acabo de leerme por tercera vez.

    Sería una especie de secuela de "La Samba de la Estrellas" -un poco menos visceral, más cerebral- que también anda por aquí. Mañana la pego, a ver que tal. Y el que ya se la haya leído que se la relea, (si quiere) que a mí me gusta mucho. Ja, ja...

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