domingo, 6 de julio de 2014

TIEMPO DE IMITACION


Asomado a la ventana de mi cuarto, te vi salir de un coche negro en medio de la lluvia. Luego, enseguida, los sonidos de unos pasos sobre mi cama desafiaron mi claudicación. No me resultó difícil atribuírtelos. Permanecí atento. Las pisadas les correspondían esta vez, a unos pies descalzos. Te quise imaginar: desvistiéndote, mirándote en ropa interior frente el espejo, desnudándote del todo, saliendo de la ducha con la toalla del hotel ceñida al cuerpo...

Fantaseando, tumbado en la cama, con la habitación en penumbra y la música puesta -John Cunninghan, "Imitation Time"- pensaba en ti. Tu cara me pertenecía y te adjudiqué ¡cómo no! una parecida a la de una mujer de la que había estado enamorado. Me costaba dormirme y me puse a rezar. Tiernos padrenuestros apresurados cuyas palabras me remitían a las realidades de la adolescencia.

Inquieto, de tanto en tanto le iba echando un vistazo al reloj que tenía posado sobre la mesilla de noche. Me levantaba a beber agua fría. A observar el aparcamiento delante del hostal. En las plazas que quedaban más próximas a sus puertas de acceso, reververaba el rojo tenue de los neones que componían el rótulo con su nombre. Aunque no había casi coches, los nuestros se hallaban aparcados en plazas contiguas. A punto de tocarse.

Me metí de nuevo en la cama y comenzó a llover otra vez. Con fuerza. Conseguí, por fin, llegar a conciliar el sueño.

Al levantarme, al día siguiente, descorrí las cortinas y miré hacia los cielos en busca de los rayos del sol. Había, ahora, algunos vehículos más estacionados en el parking. El tuyo no se encontraba entre ellos. 

viernes, 4 de julio de 2014

LA SAMBA DE LAS ESTRELLAS (unplugged)


Me rodean los pinos. Los huelo. Entreveo entre sus ramas cruzadas el brillo de la luna. Del garaje me llega el sonido de la música. Son Police: "wrapped around your finger". Me tambaleó y apoyo la diestra contra la corteza humedecida del tronco de uno de los árboles. Puedo pensar. No estoy tan mal -o tan bien- como para no poder permitirme hacerlo. He bebido más de la cuenta, sí, me he reído lo suyo, he bailado desmañadamente con las chicas y he terminado, como siempre hago en todos los saraos a los que me invitan, encaminando mis pasos, unos pasos dubitativos, en pos de la soledad.

Trato de extremar las sensaciones que detraigo del hecho de saberme solo. Me froto las manos en el pantalón, para secármelas, y emprendo un camino sin rumbo que no me aleje en exceso de la casa. La palabra relajación va fundiéndose con mis sentimientos al compás de mis pasos. "Estoy borracho y soy feliz" pienso. Mis problemas, mis preocupaciones, no se hallan aquí, ahora, conmigo. Tampoco ella está conmigo. No. Ella baila en la casa, les sonríe a los otros, les cuenta chismes a sus amigas, se sube las faldas casi hasta las caderas para hacer el payaso -y encelarles a ellos- a la hora de bailar la samba. Yo, entre tanto, afuera, con un vaso de plástico que contiene dos dedos de whisky, y la vista perdida entre la samba cósmica de las estrellas, me siento un superviviente de otros tiempos, podría ser en estos instantes un bisabuelo mío, o tuyo, que avanza despacio, confiado, por los caminos de la noche y el silencio, hacia los campos pletóricos del futuro. Y ahora la música consiste solo en una especie de zumbido metálico en el que no es posible distinguir tonos ni matices. Ahora, ya, sus sones, están hechos de piel y sangre, de instinto animal, porque el timbre de las cigarras ha venido a reemplazar a las guitarras de los hombres. Apuro el whisky y el vaso lo dejo colocado encima de un pedrusco.

Me da pereza volver a la casa. Me dan pereza el barreño azul con la sangría. Las botellas de alcohol amontonadas, el humo, el suelo pringoso, las risotadas de borracho de mis amigos, y hasta María me da pereza. Pero sé que no es bueno hacer solo el viaje hasta Madrid conduciendo medio borracho. Podría salirme de la carretera en una curva de tantas y pasarme tirado en la cuneta el resto de la noche oliendo a caucho y gasolina, eso... en el mejor de los casos. Algo sin demasiado sentido.

Más cerca del chalet distingo algunas siluetas moviéndose por el jardín. Han bajado la música. Lo que ahora está sonando es un merengue o algo parecido de por la parte del Caribe. Me doy la vuelta.

Estoy otra vez en la pineda sin haberme llegado a tomar ese whisky de más que, en el fondo, también iba buscando. Mi boca se seca y al merengue no se le oye, le dan forma a la noche, además de mi borrachera, la paz y los reflejos de la luna.

Me tumbo sobre una laja alfombrada por las agujas muertas, caídas de los pinos, tratando de concentrarme en el satélite, procurando saber apreciar en toda su magnitud lo bonita que es. Dormito durante unos instantes. Al incorporarme tomo una piedra cualquiera del suelo y la lanzo contra la osuridad. Por ahí he leído que a los locos les encanta dispararle tiros al firmamento cuando despiertan y me pregunto: "¿estaré loco?". La luna no se decide a contestarme. Las cigarras se enroscan a la noche mientras cantan y empiezan a oirse arrancar los motores de los automóviles. La fiesta decae, eso es ley de vida, y yo, como siempre, seré uno de los últimos en marcharme a otro lado.



(Cantada por el propio Jobim y... desafinando. Lo máximo)

miércoles, 2 de julio de 2014

EL BAILE


Quizás todo se reduzca, en definitiva, a tener un baile al que acudir el sábado por la noche cuando aprieta el calor, los veranos.

Entras en el cuarto de baño. Hace una hora apenas que has llegado. En coche. Con los demás. Observarse la cara de bobo en el espejo. Peinarse. Guardar el peine en el bolsillo. Sin que asome. Que no se note. Si se dan cuenta que llevas encima un peine la has jodido. Habrá cachondeo para rato. Y lo peor de todo, te lo quitarán y lo tirarán por ahí...  no sé... al tejado de la casa, por ejemplo. "A tomar por culo" proclamará, triunfal, alguno de tus amigos, cuando lance el peine a tomar por culo.

Olvidarse esa noche, aunque solo sea esa noche, de lo insulsa que puede llegar a ser la vida ¿Y qué no lo es?. Permitir que sean la líbido y el alcohol los que decidan. Que apuesten. Uno se curte a base de desengaños. De derrotas. La luna brilla y la música suena.

Sabes que no eres el mejor. Sabes que te gustan las chica lindas y que vas a tener que beber lo suyo para vencer la timidez y ponerte a hablar con ellas como si no fuesen tan lindas. No sabes, en cambio, donde se encuentra exactamente el límite. Con una sola copa -¿y quien te dice que no va a ser esa que justo te estas sirviendo ahora?- puedes pasar de ser un chico adorable a ser un patoso. O un baboso. O un suicida frustrado.

En el fondo, somos todos unos chapuzas. Ninguno sabemos bailar. Pero no hay que desesperarse, ellas están bien bonitas esta noche. Llevan los ojos pintados. Llevan los labios pintados. Y sonríen. Como en las películas. Algunas juegan a fingir ser vampiresas, otras esperan a que seas tú el que trate de seducirlas. ¿Y quién no va a ambicionar ser un seductor cuando tiene delante de él, a menos de dos pasos, a un montón de chicas bonitas bailando como si tal cosa? Empiezan a caer al suelo los primeros vasos de plástico. Las chicas bailan y la música suena. 

Un baile de verano. La magia de la juventud. Olvidar por una noche la congoja de no saber lo que va a ocurrir con tu vida. Envalentonados por la gracia de la ginebra... del vodka... del whisky, llegar a percibir dentro del pecho que el amor no para tan lejos. Que puede aparecer justo esa misma noche y atraparnos. Algo que no deja de producir un ligero vértigo.

Escapar, largarse, desaparecer de improviso... unos minutos... y, entre la soledad y el silencio, paladear a solas todos esos deseos torpes, ingenuos, puros... ¡Caros valores de la juventud! Regresar, luego, donde el baile con la ilusión efímera de poder ser feliz aunque no te guste bailar. Feliz, aunque la música sea mala. Feliz, aunque la hayas visto a ella besuqueándose en el jardín, con uno de tus amigos, bajo la luz aguardentosa de la luna. Feliz aunque sea solo por esa única noche. La del baile.

Feliz. Sí. ¿O acaso, en el transcurso de la vida, se tienen veintidós años todas las veces que uno quiera?.