lunes, 9 de junio de 2014

TAORMINA


Siempre a tu lado. Me gusta mudarme de ciudad. Vivir en un entorno desconocido. Hacerle un regate al libreto del tiempo cambiando de escenario con alguna frecuencia.

Volver donde ya se ha estado es recordar una parte del tiempo consumido. No acostumbra a haber sorpresas: la plaza, el parque de juegos, unos niños corriendo, la fachada de la iglesia, las amas de casa con el carrito de la compra. Todo permanece igual. El bar de la esquina, que cuando viene el buen tiempo saca unas cuantas mesas a la calle. Los coches detenidos en tropel ante los semáforos en rojo. El Corte Inglés.

En cada caso, sé lo que se van a encontrar mis ojos al doblar cada esquina. Las he doblado, antes, un montón de veces y puedo recordarlo.

He dicho que no hay sorpresas en las ciudades de mi vida, pero sí las hay. Yo mismo soy la sorpresa. Cazado mi rostro al vuelo en los escaparates de las tiendas, su aspecto es el de otro tipo, parecido pero distinto, al que los cristales reflejaban antaño. Alguien más viejo.

También existe pérdida, un hondo sentimiento de pérdida, rezumando en las calles de las ciudades donde hemos permanecido viviendo un buen tiempo. Vuelves a ellas, de turismo, un puente, a pasar el rato, e inconscientemente recuerdas a esa mujer de la que te enamoraste, ese buen amigo con el que salías de parranda, a tus padres cuando acudían de visita en primavera.

El camarero, al que le gustaba bromear mientras te servía la cerveza, ya no está. La cerveza es peor. Miras la decoración del bar. No podrías jurar que no ha cambiado. Coges el periódico. Han pasado... no sé ¿diez años? ¿quince? Sabes que ese ya no es tu periódico. Que lo que digan todas esas noticias absurdas, todos esos comentarios previsibles... y capciosos, no es algo que vaya realmente contigo. La mediocridad no va a poder abatirte. Ahora que no estás solo aún menos que nunca. Terminas la caña de un trago. Le das a ella un beso cariñoso en los labios. A tu chica. Y le dices ¿nos vamos?. Cada día más consciente de que son su figura, su sonrisa, su ternura, su vida... las que le ponen el compás a la tuya.

Se trata de escaparnos, entonces. De llegar a algún sitio donde a todas las cosas -las calles, los edificios, los monumentos más característicos- les resultemos extraños. Les parezcamos poco menos que otro objeto más. De arribar a un lugar, cualquiera, al que, por el momento, no le resulte nada fácil proveernos de rememoraciones ¿Taormina? Y de continuar a tu lado. Siempre a tu lado.

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