domingo, 22 de junio de 2014

LOS FANTASMAS DE LA LITERATURA. Parte III (Racionalizar)

Parte III. Racionalizar

... la puerta no hay nadie.

No fastidien. Justo lo mismo que le sucede al tipo de mi novela. ¿Qué mierdas es esto? díganme: ¿Qué mierdas es esto? ¿Lo entienden, me lo podrían aclarar...? ¿Un conjuro, una confabulación…? Imagínense la cara de imbécil que tengo ahora mismo. En el descansillo hay cuatro puertas: las de los dos ascensores, la de la escalera y la de la casa de los vecinos. Ninguno de los ascensores se encuentra en estos momentos en la planta, ni siquiera parecen hallarse en movimiento, la lucecita roja que avisa de sus ascensos, y descensos, permanece apagada. Como resulta habitual, la puerta de acceso a la escalera se encuentra cerrada con llave. Con mis vecinos, un matrimonio con un hijo pequeño, bastante arisco, apenas mantengo la menor relación. Ahora bien, el chaval debe andar por los nueve años y cabría perfectamente que, con esa edad, le hubiera dado ya por empezar a hacer gilipolleces. Dudo si volver al ordenador o quedarme a esperar unos minutos en el hall. Por culpa de la historia en la que ando enredado, elijo esta última opción. Aproximó mi ojo derecho a la mirilla a ver si al panoli del crío se le ocurre repetir la gracia. Con lo impertinentes que son sus padres no me importaría, en absoluto, atizarle un buen susto.

Los segundos van transcurriendo sin que nadie aparezca a dar señales de vida. Recapacito. Mientras estoy fisgoneando me vienen a la cabeza nuevas ideas para incluir en mi relat…

¡¡Ding-Dong!! ¡¡Ding-Dong!!

El sonido eléctrico de la campana del timbre percute sobre mi cabeza. Rotundo. Insensible a toda lógica. Y como yo soy un tipo lógico, percibo a mi corazón preparado para salir huyendo y dejarme tirado aquí mismo. Instintivamente, sin pensarlo, hecho un manojo de nervios, agarro el picaporte con mi diestra y abro la puerta de par en par. No hay nadie ¡claro!. Absolutamente nadie.

Mientras miro con aprensión hacía arriba, hacia el registro del timbre, el cacharro culpable del insidioso ruido... el amedrantador, una especie de aire frío, cortante, pasa en una ráfaga fulgurante por mi lado, dejándome entumecido el costado izquierdo del cuerpo. Me giro para comprobar si de repente, en el pasillo, empiezan a suceder cosas extrañas y, al instante, escucho a mis espaldas, cerrarse la puerta. Lo hace con una fuerza estrepitosa.

Me abalanzo hasta ella e intento abrirla. Tiro hacia abajo del picaporte. No lo consigo. Tiro con más ganas. Nada. Repito varias veces la operación en vano. Pese a ser consciente de no haber echado el cerrojo, intento, ahora, probar suerte introduciendo la llave de seguridad en la cerradura blindada. Imposible, tampoco de esta forma logro que la puerta se mueva un ápice. Estoy encerrado. Prisionero en mi propia casa. La pregunta es obvia: ¿de quién...?.

Lleno de aprensión, el corazón latiéndome a mil por hora, avanzo con suma cautela, pasillo adelante, hacia el cuarto del ordenador.

Lo veo a él.

Sentado en mi silla hay un tipo alto… rubio… melancólico… cuyo cabello empieza a clarear en las sienes, y cuyo cuerpo, muy delgado, quijotesco, casi cadavérico, aparenta derretirse entre medias del aire de la habitación.

Me explica este hombre, con una timidez gentil, que está tratando de escribir un cuento, acerca de un hombre solitario al que le commociona el mar, y le gustaría saber lo que yo, un escritor, presumiblemente también otro hombre solitario, acostumbro a sentir cuando me demoro en contemplarlo. Le respondo:

-“Evaporación”-

Porque en esos mismos instantes, él, sin que al desventurado le resulte posible hacer absolutamente nada por impedirlo, está comenzando a evaporarse en el éter y a mezclarse con la nada. Me ruega: “¡por favor, no me olvides!”. Me instruye: “repara en la forma tan sofisticada de la que me he valido para presentarme ante ti”. Entiendo que desea proveerse de una coartada… un truco... una justificación plausible… con los que alojarse en mi pensamiento y conseguir, de esta manera, pasar a formar parte, de presentarse la ocasión propicia, del argumento de alguno de mis libros. Entiendo que no desee perderse para siempre en el vacío de la nada. Pero imagino que, esto, resultaría ser poco menos que una quimera inaccesible.


3 comentarios:

  1. ¿Los fantasmas de la literatura no son esos que siempre salen en la tele alardeando de que venden cien mil ejemplares?

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  2. No se que decirte. Ni siquiera me imaginaba que hubiera hoy en día autores españoles que vendan más de cien mil libros. Y si los hay, cualquier tipejo enchufado de mierda en la administración pública -y los hay a espuertas de todos los gustos y colores con el rasgo común del rastrerismo- gana más pasta en un año sin producir absolutamente nada de valor en favor de la sociedad a la que atraca, que esa ingenuo/a escritor/a con su novela. En este país de mierda los fantasmas son los que no escriben. Los que son incapaces de juntar dos letras sin decir una imbecilidad y se lo llevan crudo del erario público, ya directamente, enchufados en la administración a la que han entrado sin oposición de ninguna clase, ya indirectamente, colocados en una empresa privada sostendida con dinero público. Esa es mi vida, un año tras otro, tras otro, tras otro, soportando a gentuza puesta a dedo y que trata a los subordinados como si fuesen mierda... ¡Cómo no voy a escribir de fantasmas con ese panorama!.

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