sábado, 21 de junio de 2014

LOS FANTASMAS DE LA LITERATURA. Parte II (Desbarrar)

Parte II. Desbarrar

... golpeándola.

No espera visitas. Estas no suelen ser habituales, apenas acude nadie a darse una vuelta por la urbanización los días laborables... entre semana, y la perspectiva de tener que ponerse a hablar con alguien, quien quiera que sea, de algo, del asunto que sea, le parece un engorro. Hasta el gesto mismo de tener que levantarse de la mesa, e ir a ver quien es el autor de los golpes, lo considera un esfuerzo. Y, levemente preocupado y decididamente contrariado, se toma su tiempo antes de decidirse a hacerlo.

Cuando abre la puerta, no ve absolutamente a nadie bajo el pequeño porche de la entrada. Saca su cuerpo apenas un par de metros afuera del recibidor y, no sin cierta suspicacia, desvía su mirada a izquierda y derecha, resignado a la consumación del encuentro. No. No hay nadie. Quien quiera que fuese el que hace unos instantes estaba tocando en la puerta, parece haber resuelto no quedarse a esperar. Como si le diese lo mismo ser, o no, recibido por los moradores de la casa.

El hombre de la barba gris regresa al salón y vuelve a tomar asiento junto a la mesa. Va haciendo pasar con lentitud las hojas del cuaderno. No hace amago de seguir adelante con el relato. El mar, los rayos del sol, el malva del océano, se hallan ahí, en el papel en blanco, aguardando a que los amalgame, los singularice, los acaricie, mas a él le resulta imposible concentrarse en la tarea. Ni siquiera es consciente de su desidia. No puede dejar de pensar en la puerta, en ese extraño que ha llamado a la puerta del chalet y ha desaparecido entre el pinar sin dejar la menor pista tras de sí. Baraja algunas alternativas para tratar de justificar el incidente. Se impone sobre el resto la de calcular que un ladrón ha tratado de cerciorarse de la ausencia de personas dentro de la vivienda, antes de aventurarse a penetrar en ella. Aunque obra en su poder un billete del tren que sale a las ocho hacia Madrid, sopesa si, esa noche, no debería quedarse a dormir en el chalet. La posibilidad de tener que hacerles frente a los ladrones lo atemoriza. Coge el teléfono móvil. Trata de localizar el número del puesto de la Guardia Civil. No ha concluido sus manipulaciones de la pantalla cuando empiezan a aporrear la puerta con extrema insistencia.

¡Ding-Dong! ¡Ding-Dong!

¡Vaya! ¡Mierda! Justo tiene que aparecer ahora un vendedor a darme el coñazo para que me haga un seguro o le compre cualquier electrodoméstico absurdo. Alguien debe haberle abierto el portal.

Refunfuñando, me hago con unos pantalones bermudas que veo tirados sobre la cama y me los voy poniendo de mala manera... por el pasillo... conforme acudo a abrir.

Abro. Al otro lado de la puerta no hay nadie...


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