viernes, 20 de junio de 2014

LOS FANTASMAS DE LA LITERATURA. Parte I (Escribir)


Parte I. Escribir

Vuelvo de la cocina de haber bebido un vaso de agua. El relato que ando escribiendo está a medias. Quiero significar con ello que por fin me he animado a darle comienzo. Aunque, en realidad, no sé lo que dará de sí, y, por tanto, tampoco sé si ando ya por la mitad o si he escrito menos de la mitad o si voy a rematarlo enseguida. Porque las historias, y también incluyo entre ellas a las que no son de fantasía, resultan tal cual, nunca se sabe con exactitud ¡ni lo sabe el cronista ni lo saben sus intérpretes! su duración. Son naturalmente efímeras. Como el amor.

En esta, de ahora, aparece una casa en el campo. Es otoño, es martes, y la casa del cuento es una casa “triste”. Una casa encalada de blanco, con regueros amarillentos de agua rancia junto a los canelones de plomo y un tejado de pizarra que ha comenzado a blanquear por el paso del tiempo. Detrás de la casa hay un pinar. Dentro, una persona. Permenece sola. Se trata de un hombre maduro que se está dejando crecer la barba. Debe andar por los cincuenta años, más o menos. Sentado a una mesa, redacta un cuento de misterio en un cuaderno de papel. Describe -y esto es algo que no deberá resultarnos disparatado en unas circunstancias como las expuestas- a un hombre solo. Un hombre solo que está en una habitación de hotel -un pequeño hostal de la costa- acodado sobre la barandilla de la terraza con la mirada perdida en el mar. Este es el protagonista de su relato.

El mar rotula en la distancia una línea transversal que hiende en dos el horizonte. Y al hombre del hostal, un tipo triste del interior, un tipo alto… rubio… melancólico… cuyo pelo empieza a clarear por las sienes, esa exactitud tan pulcra lo descoloca. Lo confunde. La clarividencia del océano endulza su temperamento. Y, aunque pretende que sus palabras hagan justicia al desgarro de su corazón y su ánimo perezca inmolado en fogatas de pena, todo aquel manto líquido de color azul… que desde donde él se halla sentado abarca la práctica totalidad del mundo… no le permite consumar sus propósitos. Esa espléndida constelación de agua viva lo obliga a sanear sus palabras con joviales notas de esperanza que no consienten la gangrena.

Mientras intenta describir los efectos de la luz del sol al reflejarse sobre el agua -pretende que el protagonista de su cuento sea capaz de hacerlo de forma original y pura- al protagonista de mi historia, el hombre del chalet, le ha parecido sentir un ruido proveniente del exterior de la casa. Como si alguien hubiese golpeado la puerta de afuera de manera no intencionada, por casualidad. No sabe si levantarse a abrir. Opina que de tratarse de una visita, hubiese hecho uso del timbre. Pero luego repara en que cuando apareció por allí esa misma mañana... no hacía aún dos horas... no llegó a prender el automático de la luz, y, por tanto, en esos momentos no existe timbre alguno en condiciones de rendir servicio.

En atención a sus características, su livianeidad, piensa que el ruido bien podría derivarse del roce, con la madera de la puerta, del cuerpo de un perro vagabundo o, incluso, tener su origen en los devaneos de un gato aguerrido y alborotador. Pero sabe, igual, que los gatos y los perros, suelen jadear o maullar cuando porfían con las cosas de los hombres y no ha sido, este, el caso. Lo saca de sus especulaciones otra vez el mismo ruido de antes. Un poco más fuerte, ahora. Secuenciado. Calcula que indudablemente habrá de provenir de la puerta del chalet y asume que debe de haber alguien golpeándola... 

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