sábado, 12 de abril de 2014

UN VERDADERO CAMPEON

(Paul Coventry-Brown)

En mi opinión, mi mujer está demasiado delgada. Siempre obsesionada con la báscula. Se trata de una mujer que vincula su dignidad -a la que sobrestima sin verdaderos motivos- con la carencia de peso. Y por eso, yo creo, asocia los hidratos de carbono y las salsas con una pérdida de autoestima. Comer con ella es un suplicio. La comida la asusta. Y cuando está rica la asusta todavía más. Aunque yo creo, esa impresión tengo, que, a veces, come chocolate a escondidas. Y me temo que eso sí le parezca bien. Comer chocolate a escondidas reune todas la características necesarias para que Patricia lo considere algo digno.

Me da miedo que la culpabilidad que la impide disfrutar de la comida termine confundiéndola la mente. No quiere admitir que no come, casí, para estar guapa -identifica, o eso se quiere creer, la falta de kilos con la belleza- y prefiere asociar la delgadez con un valor, aún más intangible, más dudoso, menos consciente, como el de la dignidad. Ojalá la sensación que albergo acerca de Patricia fuera sólo eso: una impresión fulgurante que mañana pudiese parecerme absurda. Pero hoy, ahora -que es el único tiempo decisivo para los veredictos- sus modos, sus ojos, me sugieren la eventualidad de que los nervios la anden llenando de confusión la voluntad y vaciando de propósito todas esas palabras que a ella le gusta enunciar muy despacio, con solemnidad, como si siempre estuviese juzgándote.

Se lo advierto entonces: “Patty ¡ojo! el odio y el amor duermen en cuartos contiguos” y ella me tacha de cabrón y se larga, enfurruñada, a otra de las habitaciones del piso.

Sin apenas mirarme, me dice dolida, cuando me acerco hasta ella para pedirle disculpas: “no tengo por que seguir soportándote”. Y yo le contesto que no me haga caso, que pase de mí; le digo que... ya sabe... los consejos sólo los dan los gilipollas. Y a los gilipollas no hay que hacerles nunca demasiado caso.

Me dice, arrepentida, que no soy ningún gilipollas. Y yo le contesto que, un poco, sí. Es absurdo que ella se obstine en no reconocerlo.

Probablemente otro día, uno de esos días en los que Patricia, aburrida, se ponga mentalmente a componer, para tratar de entretenerse un rato, un listado vital de todos sus enamorados, yo, ya ni siquiera aparezca entre ellos. Pero, también es probable, si justo ese día ella no está muy triste y le ha dado por pensar que el mundo no es un lugar tan turbio, que sea yo y... no otro, precisamente yo, justo el que vaya a ocupar la pole position.

Como el verdadero campeón de su vida.

4 comentarios:

  1. comer, follar y sentirse culpable, esa es parte de la gracia para muchos. Renunciar a comer, a follar y prohibirselo también a los demás, esa es la fase siguiente.

    La culpabilidad es parte de la intolerancia, como el complejo de inferioridad lo es del racismo, por ejemplo

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  2. Acabo de aprender lo que es la pole position.
    Vivimos tiempos difíciles, el físico ocupa una posición que no merece y hay muchas víctimas de esa presión que se respira en el aire.
    Quizás la solución fuera que mucha gente dejara de ver tanto la tele.
    Saludos, :)

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