miércoles, 23 de abril de 2014

PAJARITA


Tenía una cara que molaba mucho. Como de personaje de cómic. Una buena nariz y unas gafas negras, con una montura bastante aparatosa, parecidas a las de los monigotes de los tebeos de los años sesenta. Aunque, últimamente, esas gafas se habían puesto de moda, él las había llevado desde siempre, desde que cumplió los catorce. Las primeras gafas que se hizo ya eran así. ¡La de hostias que se había llevado por culpa de las putas gafas! Pero tenía que reconocer que fueron también esas mismas gafas las que le ayudaron a hacerse un hombre. Le enseñaron, muy serias, que si querias hacerte respetar, había ocasiones en la que no te iban a quedar más huevos que liarte la manta a la cabeza y emprenderla a tortas. No hay que exagerar, siempre se había preocupado de elegir para currarse, al más mierdoso de la pandilla de Saavedra. Siempre. Cuestión de táctica. Hasta el punto de que los otros, más fuertes, más hijoputas, terminaron pasando del pobre infeliz. El pasó... lo mismo... de juntarse con ellos. Sí, sí, claro, eran los amos del patio, pero él no le veía la gracia por ningún lado a todo el rollo, aquel, de darse empujones, fumar marlboros, atizarles collejas a los pardillos en cuanto se descuidaban un segundo y fusilar a balonazos al gordo de Carreño cuando se ponía de portero.

Luego, ya más mayor, las putas gafas volvieron a joderlo, a base de bien, a la hora de que las tías le hicieran caso. Lo consideraban un tío raro y no lo tomaban en cuenta ni para las confidencias. Los besos, ni con lengua ni sin lengua. Besos en la mejilla, de pringao.

En la universidad, los nerd empezaban a ponerse de moda. Comenzaron a proliferar, como setas, los tíos con unas gafas como las suyas o parecidas. Remilgados, larguiruchos, siempre en camiseta de manga larga así cayeran chuzos de punta. Pero las suyas ¡las putas gafas! eran de verdad, de verdad de la buena, vintage, como ha dado ahora por decirse, adquiridas siempre, a precio de saldo, en las ofertas más cutres de las ópticas más cutres de Moratalaz y El Puente, cuando lo que partía la pana era llevar los cristales, y solo los cristales, flotando por los aires delante del careto, como si estos se sostuvieran en un equilibrio mágico... leonardiano... loco, sin necesidad alguna de montura.

Tenían, sus gafas, las patillas mordisqueadas, de cuando se ponía a pensar con ellas en la boca, delante de un libro que era una puta mierda que le había prestado, para que se lo leyese, una tía que lo volvía literalmente majara. El pasaba del libro, se la imaginaba a ella en pelotas, follando, y roía la pasta de las patillas, a conciencia, como si le estuviera propinando a la chica mordisquitos en los lóbulos. O como si fuese un puto ratón salido.

Tenían, sus gafas, los cristales raspados, de dejarlas apoyadas en cualquier parte siempre boca abajo. Raspados, de todas las veces que se le caían al suelo por llevar los tornillos de las patillas demasiado flojos. A veces, si se fijaba mucho, veía algunos rayones delante de él, pero, por lo general, el tema aquel se la sudaba y le importaba un pimiento acudir al curro, o incluso a una cita galante, con aquella mierda de gafas.

En una de estas citas, una chica menuda, con el pelo corto, que le recordaba a Amelie y no le acababa de convencer del todo, el las prefería más gordas y con un poco más de pinta de puta... la verdad, le dijo que le encantaban sus gafas. No supo como reaccionar. Lo hizo de la manera más lógica posible, quitándoselas. Ella se lo quedo mirando a los ojos fijamente y le pidió, por favor, que volviera a ponérselas. Le dijo que le parecía que estaba más bueno con las gafas puestas. Quedó desconcertado.

Eso fue hace ya ocho años. Pero continuaba igual de desconcertado a causa de las putas gafas. No sabía lo que podría suceder. Parecía mentira que algo, como aquello, fuera capaz de depararle pesar, o mejor incertidumbre, cuando, realmente, carecía de la menor importancia. Incluso, tenía que admitirlo, debería sentirse bastante contento. No eran pocas las veces, en su vida, en las que había abominado de su aspecto por culpa de ellas, y, sin embargo, ahora, que faltaba tan solo un día, veinticuatro horas, para que le operasen de sus dioptrias no se sentía feliz. O no del todo feliz.

Bajó de casa. Cogió el metro. Entró en unos grandes almacenes del centro y se hizo con un par de pajaritas bastante sobrias, una de cuadros y otra de lunares. En cuanto obtuviese el alta médica, iría con ellas puestas a trabajar. No le acababa de convencer la idea de que la gente dejara de compararle con un personaje de cómic. Le iba a costar acostumbrarse. Era así como él se sentía feliz: siendo, justo, como el héroe de un tebeo de aventuras. Adoraba a Tintín y, este, jamás, en ninguna de sus historias, se había avergonzado lo más mínimo por utilizar pajarita. Y si había tenido que soltarles un guantazo a los villanos, luciendo su pajarita en el cuello, lo había hecho de mil amores. A los tíos que les sudaba la polla todo, como Tintín, también se la sudaba llevar pajarita. Sonrió. Volvió a sonreír. Porqué él, a quien en realidad se parecía, era al capitán Haddock.

8 comentarios:

  1. Sí, recuerdo que en la universidad se llevaban los tíos con gafas y patillas, entradas con el pelo peinado hacia delante, una barbita de mierda de tres o cuatro días, camiseta larga, y alguno con mochila a la espalda. Sabían lo justo de cine y de música para parecer enrollados pero sin complicarse la vida, sus novias los llevaban a ver una película los jueves (día del espectador, cuando las salas estaban petadas, sobre todo si era un estreno de Woody Allen, y el personal se descojonaba de risa en cuanto Allen abría la boca aunque no hubiera dicho nada gracioso), y allá en Galicia alguno tocaba la gaita en el tinglado folclórico de su pueblo, iba y venía en bici y hablaba gallego si su novia, que lo tenía cogido por las pelotas (es un decir), se lo mandaba.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy bueno, Antonio, lo de las risas de tolili, en las películas de Woody Allen aunque no venga ni a que ni a cuento. Lo malo, es que eso pasa ya, lo mismo, con las de Carmen Machí. Eso sí que es chungo ;-)

      Eliminar
  2. Me ha gustado el relato. Conozco tíos con gafas que no follan y tíos con gafas que follan mucho (eso dicen, claro) por lo que, como científico que soy, concluyo que son factores independientes las gafas (o no) y follar (o no). Lo que sí está muy relacionado, con follar o no es la actitud del tipo que lleva las gafas (o no las lleva). Y está también científicamente demostrado que todos los que hablan mucho de follar follan poco, o les parece al menos que follan poco, que viene a ser penosamente lo mismo. Bukowski sin ir más lejos (¿O Bluff?, je je). Aunque ahora que lo pienso, también es cierto lo contrario, al menos en este país el que no se hace propaganda no folla.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Cómo me conoces, bribón! No se dice eso de que "follas menos que un casao" Pues eso. A mí me ha pasado como a Bukowski, que he follado por rachas. A salto de mata. Y eso siempre te resulta insuficente; porque cambias. Aunque, claro, es lo que te permite ser tolerablamente mundano. Echar muchos quiquis, pero siempre con Almudena, es un poco estajanovista, que duda cabe.

      Además ¡qué coño!, no me líes, si hago el amor cada día con todos vosotros. Un amor... intelectual. ;-)

      Eliminar
  3. Me encanta la parte de Ameli.
    Buenos días Mr. Bluff.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A la actriz de Amelie la falta tocha. Yo soy mucho más de Valerie Lemercier. Me encanta que te encante. ;-)

      Eliminar
    2. A mi también me gustan más las mujeres con personalidad, una Valerie Lemercier o una Anjelica Houston de joven...una Julliete Binoche, hay tantas. Y hablando de tíos, a Vincent Cassel le daría una oportunidad pero siempre y cuando no se trajera a su superficial y buenorra mujer, a ver si luego iba a sucumbir a las narices perfectitas, la carne es débil.

      Eliminar
    3. Es curioso lo que me pasa con la Monica Bellouchi esa: es muy guapa, muy pefecta pero me produce el mismo efecto que una esculturilla de esas monísimamente horteras de Lladró: no me gusta ni me dice nada...

      Eliminar