jueves, 3 de abril de 2014

COGITUS INTERRUPTUS. Parte IV. Los Nuevos Paladines de la Literatura


De donde por fin se pone término a este atrabiliario relato de predilecciones prescriptivas, deserciones intelectivas y maquinaciones descriptivas, apuntando justo donde procede, al centro mismo de la diana. Ya que va ser aquí, en este último post de la serie, donde se explique, de manera breve pero terminante, críptica pero estimulante, el "verdadero tema del apotema" -compendio apoca(sica)líptico de el coño de la Bernarda y el cipote de Archidona- la cuestión, justo, que el sibilino Watson fingía desconocer. No otra que esta: "¿cómo unos libros tan malos pueden obtener unas críticas tan buenas?". O la, también llamada, venganza zalamera de los críticos cautivos. 

4ª Parte. Del excipiente de venganza que acostumbra a estar presente en los críticos renuentes. "Ese libro es un topacio".

No querría cerrar esta filípica o esta homilia -que hoy, no me pregunten por qué, parece que me ha dado por pretender ser el guardían de mi hermano- sin apercibir... a todas esas almas cándidas capaces de reprochar a nuestros dos amigos, aquí citados, que la emprendan a teclazos con las novelas sin haber terminado de leérselas... ¿Pero acaso disponen ustedes de una fé tan buena, tan noble, como para creerse que los críticos oficiales, profesionales, solo afrontan sus reseñas si previamente han sido testigos del punto y final del texto (y de todo lo que va por delante)? ¿Pero no se dan cuenta ustedes, amables lectoras, amables lectores, que eso no es en algún modo posible, que es materialmente inviable? ¿Que de ser así, como ustedes aparentan suponerse, los pobres críticos terminarían en la mayoría de los casos amargados, hastiados de la vida, vencidos por la desidía, la frustración y el aburrimiento?. Ocurre... que los críticos "de verdad" esto no lo pueden decir, está feo, pero claro que sucede ¡como no habría de suceder!

Es más, me imagino que esas críticas elogiosas, ponderadas, rigurosas, llevadas a cabo sin, ni mucho menos, haberse leído el libro que constituye su objeto, integran una dulce venganza por parte de estos señores ante la obligación que los ha impuesto ese establishment del que ya hemos hablado, y al que se han visto abocados a formar parte (y no me dirán que no soy mú güena persona), de tener que glosar unos bodrios infumables -en la mayoría de las ocasiones, aunque se lo ordenaran, ellos no podrían escribir así de mal ni a propósito- aparentando el cuajo, encima, de defender ante sus semejantes "la constante presencia en la obra de este joven y prometedor novelista, de un notable dominio del lenguaje y una imaginación desbordante, si bien en futuras entregas tal vez fuese aconsejable que procurara afanarse en un uso menos previsible de las metáforas". La bomba. ¡Para bailar esto es una... BOM-BA!.

3 comentarios:

  1. Se me ocurre que, ahora que el Imperio Galáctico Gutenberg se desintegra, tal vez acabe regresando la sanísima costumbre del anonimato, según la cual importa mucho más la obra que el autor (y, por supuesto, que el editor)

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  2. La obra ha importado siempre menos que el autor. Otra cosa es que la peña quiera nombres. Si la peña quiere nombres, y lo que tú te dedicas es a vender libros, pues habrá que darle nombres para que te compre los libros. Pero vamos que desde la perspectiva del "dilentante" -no perdamos de vista el origen castellano de la palabra: "deleitante"- es la obra es lo que importa. El autor quedaría en un segundo plano, cuyo reconocimiento solo le correspondería en la medida en la que fuese capaz de crear obras de verdadera calidad. Un chef de moda idea una receta propia con rodaballo del cantábrico. Un gastrónomo siempre va a quedarse antes con el rodaballo (mejor a la brasa, una brasa de sarmientos, vuelta y vuelta) que con el chef. Con los libros pasa exactamente igual. Como no podría ser de otra manera. Sin perjuicio de que hayan existido autores, ne la historia de la literatura, que no hayan dejado de asar un rodaballo

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  3. No, creo que a lo que se refiere tu anterior comentarista es que la figura de 'autor', de ‘artista’, es relativamente moderna; anteriormente a esa modernidad lo que contaba era la obra; de ahí la distinción anacrónica (a posteriori) en pintura entre obra del Autor (con mayestáticas mayúsculas) o sólo del taller, cuando contemporáneamente a esos talles y autores no tenía sentido tal distinción.

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