lunes, 3 de marzo de 2014

UN EXPERIMENTO


Hacía quince años que no aparecía por Peñíscola. En aquel tiempo acudíamos al mar aquí, procedentes de una pequeña ciudad de Castilla. Un viento del sur continuaba rompiendo, a lo lejos, las mismas olas minúsculas, pero esta vez Cristina no podía hacer asomar ya, inesperadamente, su cabeza fuera del agua.

Se imponían ahora, en mi mente, todas las cosas que habían cambiado desde entonces, cuanto más grande el cambio, más fuerte el impacto, y así acaparaba en este tiempo mi atención un bloque de pisos, en obras, que se alzaba hacia lo alto enmedio de una explanada en la que antes había tan solo un estacionamiento con el suelo compuesto de arena y guijarros. Mirar el mar era un poco como volver a tenerla a ella allí. Pero a mí me apetecía disfrutarla en persona, oír de nuevo su voz. Entonces no nos dábamos cuenta de que vivíamos, creíamos tan solo que empezábamos a vivir y que la vida, la que iba a venir a continuación, consintiría tan solo en un guión milimétricamente ajustado a las enseñanazas que, año tras año, nos habían ido proporcionando los adultos. Eramos así de ilusos.

Mi madre, jubilosamente vencida por la ternura, apenas tenía autoridad alguna sobre mí, de los otros... recuerdo, más o menos, unos rostros indiferentes que me observaban sin llegar a comprometerse. Y no, no era un chico difícil, en serio, aunque mi fama, entre los demás veraneantes del camping, no fuese precisamente irreprochable.

Una tarde cualquiera, andaría yo por los doce años, me propuse hacer un experimento...


1 comentario:

  1. Agrademos a ver.

    Me ha gustado esa ternura maternal: "jubilosamente vencida por la ternura"

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