lunes, 24 de marzo de 2014

EL NEGRO DE UNA RUBIA


Para mi admirado Jaime Bayly

¡Cómo me gusta escribir! Y que me lean. Pero me gusta todavía más: escuchar música, tomarme una pinta de cerveza lager, pasear por Le Quai D’Orsay con la caída de la tarde y perderme por las laberínticas calles de Venecia, la semana del Carnaval, vestido como Robert Palmer y en modo alguno como Polichinela. Me gusta más la feria de Málaga que una charla sobre Kafka en el Ateneo. E ir de cañas por Triana más que un simposio multicultural sobre Cervantes. Prefiero las ruedas de modelos… de los desfiles de Women’s Secret… a las ruedas de prensa. Que me presenten gente interesante, a las presentaciones de libros. Y los chistes de Jaume Perich a los ensayos de Harold Bloom. No me imagino en una entrevista, respondiendo con agilidad y sentido a preguntas insustanciales. Ni siquiera me imagino contestar con respuestas insustanciales a preguntas inteligentes. La gloria me importa una mierda. La posteridad, dos (una detrás de otra). Pero -lo confieso- sí que podría apetecerme disponer en el banco de los suficientes fondos pecuniarios para decirles a mis compañeros de curro: “¡ahí os quedáis, tocinetas!”. Y largarme mismamente, al carnaval de Río, con mi amigo Josecho, tres veces divorciado, o a recorrerme en coche, Virginia y Massachusets, junto a una rubia de infarto dispuesta a decir que sí a todos mis comentarios. O incluso instalarme, de manera definitiva, por siempre jamás, en la Baja Normandía y poder oír, desde allí, las crueles noticias de L’Espagne -su odio, su frustración y su violencia- como el que oye llover a buen recaudo.

No soporto, en cambio, a los farsantes, los hipócritas, los cínicos y los metepatas. No me imagino yo haciéndole declaraciones -ningún tipo de declaraciones- al calvo con perilla del suplemento literario de un periódico. Ni presentando un nuevo libro en Cuenca. Ni, mucho menos, firmando ejemplares, bolígrafo en ristre, como un soplapollas, en medio de El Retiro o junto a la fuente de Canaletas. Si me dicen: “Sevilla”, a lo mejor me lo pienso. Y mi foto, de frente o de perfil, en las contraportadas de las novelas, incluso aunque se esmerasen por sacarme con cara de guapo, que duda cabe que las haría desmerecer frente a sus textos.

Sé que a todos los escritores les jode hacer de “negro”. En cambio, a mí, me encantaría ser el negro de una rubia. La eligiría yo. “Ciento Diez - Setenta - Cien”. Bien, bien… maciza. Ya se lo imaginan, los años. Una rubia a la que le convendría tener un notorio parecido con “La Flaca”, un mito de mi adolescencia, la venezolana aquella que, en su día, fue asistente personal de Julio Iglesias, o con Catherine Fullop otra venezolana -¡joder con las venezolanas!- que hacia de protagonista en las telenovelas. Aunque Kate Winslet o Amy Adams, también podrían valerme en caso de apuro.

Y sería mi rubia divina, sublime, la que acudiría a las entrevistas. Mi rubia divina, que, obnubilada por mi talento y mi saber estar, se sabría de memoria, de pé a pá, todas y cada una de mis novelas. Mi rubiaca de los mil demonios que, sorprendida por mis posibilidades sensuales, subyugada con mis habilidades sentimentales y enaltecida con mis capacidades intelectuales se volcaría, como un zombie, en la total asimilación de mi psique (y sus neuras) de manera que pudiese llegar a sentirlas como propias y así patentizar, ante terceros, toda mi gama subnormalidades. Sí, ya sé, ya sé, aparentemente, en una primera instancia, quizás no fuese creíble, que, con ese cuerpo y esa cara, le cupiese ser destinataria de todo ese assorted blend de calabazas que suelen atizarles, casi siempre, a los protagonistas de mis libros. Pero… ¿no se han parado ustedes a pensar que, precisamente, podría ser ella la dispensadora?

Y sé, adivino, vislumbro, que a la pobre, toda una serie de periodistas aguantadas, menudas y cetrinas, toda una serie de periodistas resentidos, pomposos y tripones, y toda una serie de escritores salidorros a los que no les habrá permitido tomarse la menor libertad con ella ni les habrá reído las gracias, ni siquiera en los cocktails, terminarán por definirla como producto pretencioso y prefabricado o, cuando no… dudando incluso de la autoría de sus textos, la mediocridad es aún más atrevida que la ignorancia… calificarla de “copiona”. Pero ella, con su dulce boca de fresa, estará por encima del bien y del mal y anunciará a los medios, cuando se harte, que se va a vivir a un pueblo perdido de la Baja Normandía, cuyo nombre prefiere omitir, a reencontrarse con la inspiración y la paz.

Cuestión distinta tendrá que ser con los señores editores, para los que mi china preciosa sabrá guardar su mejor sonrisa, yo así se lo recomendaré, y con los que tampoco tendrá por qué hacer alarde de celo excesivo, cuando, los pobres, se pongan morrongos y se los dispare la testosterona en las distancias cortas. ¡En según en que lides, en el fondo, son inofensivos!

Los beneficios se repartirían al cincuenta por ciento -lecho por medio- o un ochenta/veinte -a favor mío- en tanto mi musa fuese capaz de resistirse a mis encantos y porfiara por mantenerse casta. Al final, concluirá sucumbiendo como… todas, ejeeem, y ese “fifty fifty”, perfecto… inmaculado, tutelará nuestro contubernio literario.

Y cuando mis amigotes cibernéticos: Lansky, Vanbrugh, A. Castro, Morand, el Diable, Barbusse, Zamora, Condón… les digan, a sus respectivas, que esa tarde han quedado a tomar café con Julian Bluff…

… allí me hallaré, yo, sentado en medio de la cafetería… aguardándolos… con la mejor de mis sonrisas. Mientras mi afortunada ama sumisa, ultima con el señor Lara, en un comedor privado de Vía Veneto o de Hoffman, la concesión… a su nuevo artefacto narrativo… del próximo “Planeta”.


7 comentarios:

  1. Jajaja, definitivamente mejor negro de una rubia.
    Brillante planteamiento.

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  2. Pero, ¿tú crees que colaría? Piénsate que para que la gente se tragara que los libros los ha escrito una rubia como la que pintas, tendrían que ser un poco sosainas (los libros)...

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  3. Babe
    No pierdas de vista el estilo. Nunca hay que perder de vista el estilo.

    Zamora
    No way. Los sosainizo.

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  4. ¡Te has atrevido a poner una foto de mi adorada Cybill (Lynne) Shepherd (was born in Memphis, Tennessee) como ilustración de tus descabelladas ensoñaciones. Mira, Bluff, (hoy te llamo así, Julián lo reservo para mi amigo), mira pollo pera, petimetre, pisaverde, macarrilla de vía estrecha… ni en sueños, nunca mejor dicho.

    Yo te cambio el relato: harto de que no te publiquen, pides un crédito y te sometes a una operación tras otra de estética, comenzando por el preceptivo cambio de sexo y finalmente Julián Bluff se convierte en una despampanante rubia, eso sí, con gustos lésbicos, a la que sólo delata el 45 de pie y esas manazas, pero con sus perfectas medidas (amputación de costillas flotantes mediante) de 104-70-100 (con permiso de Chuck Palahniuk y sus Monstruos invisibles...) y triunfa, el cabrón (o cabrona) triunfa…

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  5. Me ha gustado mucho el texto, en general, y la referencia a Robert Palmer en particular.
    (En Normandía -en Francia- ven España como un país trágico e inefable que hace frente con dignidad a una crisis como la que no tardarán en sufrir ellos, que pasó valientemente de una dictadura casi eterna a una joven democracia, que votó al tío cojonudo aquel de Zapatero mientras ellos no tenían en el PS nada mejor que Ségolène Royal, donde, al contrario que ellos, saben vivir, y adonde todos sueñan volver en unas próximas vacaciones; dices que eres español, mencionas Sevilla, Barcelona, San Sebastián, incluso Santiago de Compostela o La Coruña, que son como más nórdicas, y se les ilumina el rostro y por un momento se sienten felices.)

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  6. Lansky. Luego, cuando la tratabas en persona, la jodía también tenía sus manías. Verbigratia, tiraba mucho de las sábanas hacia sí. Y tú te despertabas a medianoche, todo destapado. Aún así me imagino que no te hubiera importado que te la presentase. En fin...

    Antonio. Siento llevarte la contraria. Pero me parece que tú estás hablando por tí. Un tío educado, culto, bien plantado. Yo he estado en Francia muchas veces y he visto, en los sitios turísticos, bajar a los españoles, en tropel, de los autocares con sus gritos, su ordinariez, su gesto hosco y sus chandalls de lycra y no he comprobado que a los franceses se les ilumine el rostro, precisamente. Y a los que no son franceses ¡tampoco! ;-)

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