viernes, 21 de febrero de 2014

UN VERDADERO ARTISTA


Lo vi claro. Hubo un tiempo en que la vida se me cayó encima y, de buenas a primeras, empecé a escribir cosas tristes. Asuntos, aconteceres, dilemas... propios de un tipo quemado que se agarraba como podía a los lamentos y las quejas para poder sobrevivir. Había dejado de beber. Bebía sólo esporádicamente y las hojas de papel en blanco se volvían de color gris cada vez que las tenía delante. Despotricaba de todos y casi de todo. Y esos exabruptos que tan excesivos me parecen ahora -de puro inocentes- fuesen, tal vez, lo que me permitió continuar adelante sin volver a beber en exceso.

Luego aparece la suerte. La suerte existe. Aunque a la que es buena casi siempre nos cueste otorgarla carta de naturaleza. Resultó ser una cadena de hechos concatenados que me permitió librarme de ese destino que, yo, vaticinaba bastante chungo. A Dios gracias.

Mas aún así -lo confieso- todavía, hoy, hay veces que echo de menos “beber”. Conseguir que mi mente vuele un rato, que se eleve, dopada, por la senda del entusiasmo y la ocupe por entero, aunque sólo sea eventualmente, el lado amable de la vida. Olvidarme por unos minutos, unas horas, como antes me sucedía, de toda la mierda de los hombres, de sus estúpidas ambiciones, y las hipócritas coartadas con las que pretenden justificar su egoismo, y centrarme sólo en mi propia mierda.

Recuerdo algunas veces -enterneciéndome casi todas ellas- los espantosos poemas que escribía encontrándome medio borracho. De lo geniales que a mí me parecían en ese histórico momento. Y de como al día siguiente -o mejor al otro, que ya había podido embridar la resaca- me ocupaba de componer uno... que más o menos fuese comprensible... a base de ensamblar unas con otras, con más voluntad que acierto, las frases que me resultaban más lucidas de entre todas las que aparecían expuestas dentro de aquel enardecido caos.

Las canciones que iba poniendo mientras me bebía el vino -luego: las copas de cognac o los vodkas con coca cola- me iban pareciendo mejores, emocionándome más, cada vez que volvía a escucharlas. Y, al final, casi siempre me daba por acordarme, entre entusiasmos muy intensos y rendidas admiraciones espirituales al intérprete de la melodía, de alguna de las mujeres que había amado y... luego, ya... nunca más había vuelto a ver.

¡Qué tardes aquellas! Compraba el Chablis en un supermercado del barrio antes de que cerraran -no me imagino por que lo tendrían- y lo metía inmediatamente en el frigorífico para que a las diez, o así, estuviera bien frío. Entre tanto, delante del ordenador -Internet comenzaba por entonces a dar sus primeros pasos- distribuía mi tiempo entre la creación de una novela (la primera) y las chicas en pelotas de la red (las primeras). Bajaba luego a beberme un par de cañas, y charlar un poco, por las tabernas del barrio, a hacer tiempo, y justo a esa hora que les he dicho, las diez, regresaba puntualmente a la cita que tenía concertada con el vino. El primer vino francés que había tenido la oportunidad de probar en mi vida.

De inmediato, casi con el primer sorbo, mi mente se apaciguaba, yo dejaba de sentirme un pobre desgraciado sin destino ni rumbo, y mis manos comenzaban a deslizarse por el teclado del ordenador -primero, muy lentamente, y luego, ya, con una velocidad más que apreciable- perpetrando ese poema perfecto que irradiaba desde el fondo de mi corazón. Continuaba escribiendo: emocionado, ilusionado, sintiéndome importante... justo lo que me salía de los cojones. Algo que con cada copa, a partir de... pongamos... la cuarta o la quinta, cada vez resultaba ser más críptico, menos inteligible.

Indefectiblemente, como a las doce, o así, me entraba sueño -y yo necesitaba dormir porque, hallándome sobrio, tanto desasosiego... tanta inquietud, como acostumbraba a tener, no me dejaba hacerlo en condiciones- me entraba mucho sueño, ya digo, y, al final, desestimaba desplazarme hasta el centro a tomar algo e intentar ligar en alguno de los bares de moda, me desprendía de la ropa de cualquier manera y, liberada de momento mi mente de oprobios y preocupaciones, me dejaba caer de golpe encima de la cama. Justo como si fuera: un verdadero artista.

2 comentarios:

  1. Está bien, auqnue deberías corregir y releerte aún más para evitar pleonasmos y redundancias como esta, véase: "una cadena de hechos concatenados"...

    Por lo demás me recuerdas (ay los viejos lectores) al Rimbaud de una temporada en el infierno, que es el mismo, como sabes, que liberó a sus amiigos boinas verdes en un campo de concentración camboyano.

    Abrazos (tú sí que no me comentas a mí, mariconazo, o lo haces de pascuas a ramos, en lugar de ramos a pascuas, o de brevas a higos...)

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  2. Lansky. Está más que asumido. Prefiero el ritmo, la eufonía, la musicalidad... a evitar los pleonasmos y que suene "cojo". El que lo de lo de las redundancias sea juju, es una moda. Como la de abstenerse incluso en peligor de muerte de utilizar gerundios. Moda que pasará. Claro que hay redundancias y redundancias. Y son correctas... las que son correctas. Y que tú sabes perfectamente, como no podía ser de otra manera, cuales son.

    Con Rimbaud lo único que debo compartir es la afición por el alpiste, que el era escuálido y atormentado. Y yo tiendo a la tochez (física) y la dispersión (lúdica). Y por supuesto de negrero no tengo abssssolutamente nada. Ya pasare por tu post aunque sea para sembrar el desconcierto con mis pintorescas opiniones. Un abrazo, no; dos y medio ¡va por usted, maestro!

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