miércoles, 19 de febrero de 2014

RULETISTAS


¡Hagan sus apuestas... damas, caballeros!.

El croupier invita a apostar, las nalgas se elevan en un único impulso sobre los asientos de los taburetes y los dedos acuden prestos -serpenteando entre las dudas- a su encuentro con los montoncitos de fichas.

No hay apenas mujeres en este casino y las pocas que hay parecen hallarse en la terraza: distantes, serias -incluso podrían parecer afligidas o apesadumbradas- sin hacerle ninguna de ellas el menor caso a la luna. Tampoco hay apenas plantas y el aspecto que presentan las pocas que hay no es demasiado halagüeño, sus colores y su consistencia te invitan a pensar que de un momento a otro van a empezar a pudrirse. Copa el ambiente el humo del tabaco. Los jugadores abandonan sus pitillos entre los labios en tanto disponen sus fichas sobre el tapete. Airean, luego, sus pulmones con el alivio momentáneo que casi siempre reportan las decisiones al instante de haberse adoptado. Y respiran.

¡No va más!. La bola comienza a rodar y en el casino huele mal. Percibo un olor raro. Desagradable. Los apostantes mantienen fija su mirada en el centro de la mesa. Acaso les estén hablando a los objetos con la vana esperanza de poder conmoverlos y ganarlos para su causa. "Esta vez no me falles”, “el quince, el quince..” podrían estar suplicándole a la bolita; “no te detengas, por favor, sigue girando”.. cabría que animasen a la ruleta que continuara dando vueltas sobre su eje. Al azar eso no le extraña y hasta le hace gracia. Se trata de un truco muy viejo. Y muy malo.

La bola prosigue su viaje. Todos ambicionan ganar la partida e incluso los que no apuestan, cuentan con sus favoritos. En este casino todos quieren que pierdan unos y sean otros los que ganen. Los primeros, ¡está claro!, porque son unos indeseables que no se merecen ganar y los segundos... los segundos... porque alguien habrá de tener que hacerlo para que no termine chapando el chiringuito y los mirones se queden, nos quedemos, definitivamente, sin entretenimiento.

Se reduce la aceleración del disco y la menguada esfera empieza a tocar, desbocada, una casilla y luego otra, sin parar, a saltos, dando brincos, como si fuera un pequeño pez al que el garfio del anzuelo acaba de clavársele en la boca. Las facciones de los jugadores se tensan. Sus rostros reflejan ansia y expectación. Pueden ganar y pueden perder. Quieren ganar para no perder y no quieren perder porque le temen a la ruina, y de la ruina no quieren ni oír hablar, aunque a la mayoría de ellos le resulte imposible precisar el valor exacto del lance que les libraría de sus miedos. Los ganadores -es obvio- volverán otra vez a jugar mañana; los perdedores.... también intentarán hacerlo. Y la bola, mañana, nuevamente, a dar vueltas y vueltas y vueltas y más vueltas en busca del cero. Su destino -y eso que sólo es un miserable objeto, sin alma, sin corazón, sin vida....- también depende de la suerte. Y la suerte no se apiada ni de su puta madre.

“¡Veintinueve, negro, impar y pasa!”, proclama el croupier.

Ya.

¡Ay... si resultara igual de fácil conseguir desembarazarse de los recuerdos!

1 comentario:

  1. “¡Veintinueve, negro, impar y pasa!”

    Perdona Julián, pero si el ventinueve ese es negro, por muy impar que sea. de pasar nada de nada

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