viernes, 7 de febrero de 2014

LOS PLANETAS


Lo que permaneció grabado con mayor contundencia en mi memoria de la noche que conocí a Claudia Peña, fue que ella me dijese que le gustaban Los Planetas.

Entramos a una cervecería. Había mucha gente sentada en taburetes. Claudia tenía a una chica a un lado y a otra, rubia, delante de ella. Fumaban, las tres. Tres amigas. O, por lo menos, tres chicas jóvenes que habían decidido juntarse un viernes por la noche a tomar unas cañas. ¿Quién sabe si, además, lo habrían hecho para conocer chicos?. Ella me aseguró que no. Pero era probable que si yo les hubiera ido con esa cantinela a todas las mujeres del bar, la mayoría me hubiesen contestado lo mismo ¡Eran otros tiempos!.

Nos caímos estupendamente al principio. O eso creo. Ella parecía ser una persona de risa fácil y a mí se me daba bastante bien hacer el tonto. Me acompañaban un par de compañeros de trabajo y los tres permanecimos en aquel bar, dorándoles la píldora a las chicas, lo que se dice un buen rato. Por fin, Juan las convenció para que acudiésemos todos juntos a tomarnos una copa a un pub.

Había un montón de gente deambulando por las calles del centro. Jóvenes como nosotros, en su mayor parte. Se palpaba la juerga en el ambiente, con esa alegría un poco aparatosa, pero casi nunca impostada, que el alcohol es capaz de prestarte.

Decidimos entrar a otro bar, y beber alguna cerveza más, de camino al sitio a donde íbamos. A la salida nos dimos el brazo entre todos, como si estuviésemos en la verbena de un pueblo en la época, ya lejana, en la que nuestros padres eran jóvenes.

La música que sonaba en el pub era española. Claudia y yo fuimos a la pista de baile. Terminó una canción y yo la tomé de la mano para conducirla a un rincón desde el que era casi imposible que los demás pudieran vernos. Pretendía que nos besásemos. Empezaron a sonar Los Planetas, la canción esa que habla del gol de Mendieta, y toda la vaina, que a mí... siempre que la escuchaba, me parecía una soberana tontuna.

“Me encanta esta canción” me dijo Claudia.

La mire extrañado, su comentario consiguió sorprenderme. Dejé aparcadas, a un lado, las ganas de darle un beso. Antes... quería saber.

“¿Por qué?”.

“No sé. Me encanta la letra...”.

Me resultaba increíble que a una chica tan guapa pudiese gustarle una canción tan fea. Pero eso son cosas que pasan: asesinas en serie con cara de mosquita muerta y científicos de primer orden que se mueren de la risa con las novelas de Tom Sharpe. A lo mejor, pudiera ser... ¡hasta Tom Sharpe tuviera algo más de gracia de la que a mí me había dado por atribuirle al pobre hombre!. Tras recapacitar durante unos instantes, no pude resistirme a decirle la verdad a Claudia.

“Esta canción no es muy allá. Y la letra resulta un poco absurda ¿no crees?”.

“Si tan fácil te parece escribir canciones ¿por qué no las escribes tú?”.

Aquello me pareció una salida de pata de banco por parte de Claudia, y traté de hacérselo notar:

“Oye, oye... se supone que de quien tienes que hacerte amiga es de mí, no del letrista de Los Planetas...”.

“Tengo ya veintisiete años y me repatean los tíos que van de listos”.

Se me ocurrió replicarle:

“¿Y a ti quien te asegura que el tío, ese, no va más de listo que yo?”.

“A lo mejor. Quien sabe. Pero él es famoso”.

Luego, Claudia y yo estuvimos saliendo juntos como cosa de cinco meses, entre frecuentes discusiones y disputas, y, al final, los dos dimos por imposible el tema y rompimos nuestra relación. No sé como le ira ahora a ella, me imagino que estará casada y tendrá hijos. Que no seguirá escuchando a Los Planetas. Lo que es a mí, de momento, la canción esa, de la que les he venido hablando en este relato, continúa sin hacerme la menor gracia.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. O no.

      Macho... ¿qué pasa? No me puedo creer que haber sido ayudante de un robabragas pueda producir semejante merma en la inspiración ¡Casi cuatro semanas sin publicar! ;-)

      Eliminar