lunes, 3 de febrero de 2014

ISLA DE EL HIERRO


De joven necesitaba el alcohol para aguantar a los hombres y acercarme a las mujeres.

Con el paso de los años he terminado cansándome de los tres. De los hombres, de las mujeres y del alcohol.

Tras obtener la jubilación anticipada me vine a vivir aquí, "a un lugar perdido en la punta del mundo" como me apeteció calificarlo cuando adopté la decisión. "Escribiré una buena novela" me propuse entonces, en serio, a mí mismo.

Pero siempre que me sentaba delante del ordenador, a escribir, terminaba haciéndolo sobre mi vida. No sabía escribir una novela. O no podía. Inevitablemente, terminaban apareciendo por la pantalla mis cuatro mujeres -no, no soy musulmán, ni mormón, todas mis relaciones fueron sucesivas- y mis dos hijos.

Ahora han pasado tres años desde el día de mi llegada y esa novela sigue sin cuajar. Me gustaría que eso me diese lo mismo -mi objetivo primordial para venir hasta aquí era el de estar tranquilo- pero no, lo reconozco, no me da lo mismo. No, en serio, me gustaría poder llegar a escribir alguna vez, antes de que el Alzheimer empiece a joder la marrana -y por ahí debe andar, ya, el cabrón, agazapado, como una calculadora sabandija- esa puñetera novela.

Mi vida aquí es tranquila. Mucho. Y menos monótona de lo que imaginaba. Conozco a algunos de los vecinos del pueblo ¿podremos llamarlo pueblo? y el alcalde me comenta a veces, cuando se encuentra conmigo en la playa, parte de sus proyectos. Alguien le ha debido decir que he sido aparejador -quizás, yo mismo- y el buen hombre me atribuye sabidurías de todo tipo en materia urbanística. Aunque, en el fondo, pienso que lo que busca es lucirse ante mí y que yo le de la razón en sus opiniones. Como todos. Todos queremos aparentar y que, encima, nos den la razón.

Por la noche, desde el diminuto porche de mi casa se ven las estrellas del cielo. Y si aguzas el oído, puedes sentir, a lo lejos, el murmullo del mar.

El pasado fin de semana les hice una paella a mis vecinos, un par de jubilados alemanes. Observo que los califico de esa forma, con algo parecido a la suficiencia, a la altivez incluso ¡como si yo no fuese también ya un jubilado!. Había venido a verlos su hija mayor. Desde Stuttgart. Con su chaval, un adolescente de unos catorce años, larguirucho, completamente enganchado a la tablet. Por la noche, bajamos la mujer y yo a la playa, a dar un paseo y tomar una copa, y luego... ya se imaginan... unas cosas siguen a otras... terminamos liándonos.

Hoy mismo, que ha pasado una semana, vuelven los dos a Alemania. En estos instantes se encuentran aquí, detrás de mí, en el coche, mientras los llevo al aeropuerto. Ella mira por la ventanilla hacia donde está el mar. Su hijo sigue dale que te dale acribillando marcianitos. Por su parte, mi vecina se explaya diciéndola en alemán algo a su hija, que, me imagino, ya que no entiendo este idioma, deben ser consejos de última hora. A mi lado, Herr Klausen, insiste, a medias en inglés y a medias en castellano, en agradecerme el detalle de haberme molestado en conducirles a Elsa y a su nieto hasta el aeropuerto. Le respondo que para mi no supone ninguna molestia sino todo lo contrario.

Al ir a despedirnos, Elsa me asegura que seguiremos en contacto y, luego, la mujer me da un par de besos en la mejillas bastante tiernos. Insiste de nuevo para que abra una cuenta en Facebook. Noto a sus padres emocionados. Voy a darle la mano al chaval y este me la retira. No lo vuelvo a intentar. Todos ponemos cara de circunstancias pero nadie dice nada.

Mientras regresamos a casa, Ralf, me pregunta, de repente, lo que opino de su hija. Le contesto que me ha parecido una mujer estupenda. Es la verdad.

"Sí..." -interviene su esposa- "... pero demasiado alocada, si tuviese la cabeza en su sitio, su matrimonio no se hubiese roto, y el chico...". No ha continuado hablando, ha preferido dejar que la frase expirara así, sin más.

El coche avanza y yo, entre tanto, le voy dando vueltas en mi cabeza a algo que acaba de ocurrírseme y me podría servir para desatascar un capítulo de mi libro, cuyo final, de momento, aparenta ser una incógnita.

5 comentarios:

  1. Ficción, supongo, ¿o no? Como sea, El Hierro puede ser un marco estupendo para una novela con alemanes jubilados y una hija divorciada, aunque yo no elegiría una de las escasas playas de la isla para que el protagonista se encuentre con ninguno de los tres alcaldes.

    Esa canción de la Vanoni ...

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  2. La verdad, Julián, es que te has buscado una isla con cierta escasez playera, como dice Miroslav. Y mira que no sacar el volcán submarino...pero bueno, cualquier marco es bueno para un revolcón con una alemana de largas piernas y piel de melocotón, digo yo

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  3. Valorando esos detalles que apuntáis, hasta el mismo momento de publicarlo, el cuento se llamaba isla de La Palma, en la que he tenido oportunidad de vivir, pero, al final, ya sea porque tengo un buen amigo que ha vivido recientemente en La Restinga, ya por la alusión a "un lugar perdido en la punta del mundo del relato", lo decidí publicar con el nombre de Isla de El Hierro. Pero vaaamos, sí que cambiarle el nombre se le cambia, ya que la verosimilitud, la considero esencial a la literatura, tal y como yo la concibo.

    ¡Ay esa canción de la Vanoni!.

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    1. ¡No cambies nada, es tu derecho como creador! Además, en La Mancha no hay gigantes y los molinos son hoy mesones o museos.

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  4. Buaaah. Mi derecho como creador me impulsa a aceptar sugerencias cuando son procedentes y desinteresadas. Hartos estamos, de ver a esos adalides del intelectualismo, de la liberalidad creativa, plegarse, de inmediato, a los intereses del político o grupo de presión de turno por un plato de lentejas o una mamada (siendo a veces, casi siempre, el propio intelectual, al que le toca mover lengua) o, lo que aun es más triste, por el mero afán de "figurar". No me fio de los intelectuales contemporáneos, lo siento. Pero no lo siento mucho ¡eh!. En cuanto a mí, me tengo en la suficiente estima para aceptar los consejos que creo procedentes. Sin ir más lejos, Lansky, he empezado a escribir una serie de cuentos -que iré publicando aquí- por tu culpa ¡ja, ja...! Que no, que no, a sugerencia tuya. Consciente, como tú mismo opinas, de que soy mejor novelista que ensayista. Lo que pasa es que en el blog me divierto más cuando me pongo un poco grandilocuente (un poquitín). Nadie es perfecto. ;-)

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