jueves, 27 de febrero de 2014

EL BUEN LECTOR


Buenos y malos lectores. Un asunto que, parece ser, está de moda. ¿Qué opino?.

“¡Uhfff!”.

Se lo resumiré. Buenos lectores son los que entran una primera vez a mi blog y se quedan enganchados a él para siempre. Malos, los que habiéndolo visitado: una, dos, tres... veces, desestiman volver a hacerlo.

Regulares, los que se pasan a echar un vistazo de vez en cuando. Y ya.

No. Ahora en serio. Veamos. En los últimos tiempos venimos encontrándonos con una serie de críticos, editores... que, con valentía, haciendo alarde de una innegable vergüenza torera, se han decidido a reconocer en público que el nivel de calidad de las novelas que son objeto de publicación no es el mejor de los posibles. Pero como también tiene que resultarles bastante gravoso, a estas personas, asumir... siendo, como son, los que se ocupan del sostenimiento del tinglado a riesgo de perder una parte de su crédito: monetario y del otro... la coyuntura de estar metiendo conscientemente la pata, procuran en su discurso valerse de unas razones, al margen de las que a ellos les competirían como responsables directos e indirectos del invento, gracias a las cuales poder justificar, al menos en parte, los motivos del barateo. “Echale la culpa al boogie” como decía Jacko.

La última moda -se apunta ya en el encabezamiento del texto- parece consistir en identificar el “boogie” nada más y nada menos que con los lectores, con el público lector. Hasta Ignacio Echevarría, mi admirado Ignacio Echevarría, por lo común tan rotundamente cabal en otros asuntos de letras, viene a señalar, en uno de sus últimos artículos, no únicamente que ha bajado el nivel “comprensivo” del lector (yo, con una menor diplomacia, prefiero calificar a este nivel de “cultural”) sino, asimismo, que dicha merma es, en mayor o menor medida, causa de la deficiente calidad de las novelas que vienen siendo objeto de publicación. Siendo, justo en este matiz, donde, a mi parecer, surge lo disparatado de la andanada jesuítica. Y si la califico así es por la coincidencia del nombre del crítico con el de el santo oriundo de Loyola, no sean tan mal pensados.

Fíjense: otro ramalazo más de “furbolización” de la literatura. “No hemos estado acertados porque el público no nos ha apoyado lo suficiente” trata de justificar, en la radio, el capitán del Recreativo de Huelva los tres chicharros que los del San Roque, los leperos, les han metido en casa. “Es que los lectores de ahora son muy flojos” acogiéndose a la teoría de don Ignacio, procuraría exculparse, ante los medios, el contrito escritor de fama por la novela fallida que acaba de ponerse a la venta un par de meses atrás.

Y..., resulta más que evidente, existen una serie de factores: un déficit en el nivel de formación académica (desde la escuela a los “masters” de post-grado ¡y no me digan ustedes que la coña... esa... de los masters, no es para morirse de la risa!), una diversificación en los hábitos culturales del respetable a la luz de las nuevas teconologías, y ante todo y sobre todo, el relativismo, la aversión consciente a fundamentar los méritos en las capacidades intelectuales, que hacen que los conocimientos, y, en función de estos, los gustos, de buena parte de la ciudadanía -y, dentro de esta, los de los ciudadanos aficionados a la lectura- no sean, hoy por hoy, lo que se dice un alarde de exigencia y rigor.

Pero de ahí a atreverse a postular que ese gusto mayoritario, califiquémoslo... de sociológicamente adocenado, sea capaz de provocarles a los literatos que sus obras presenten notorias similitudes estéticas con unos trocicos de churro (a medio freír) media distancia no poco holgada.

Vamos, entonces... a dejarnos de pinchaditas, a lo Beckham, y asimilemos los navajazos a lo Ockham. Seamos razonables, aunque sólo sea moderadamente ¡por el amor de Tina Fey! En la actualidad se escribe así de mal, hay tan pocos libros verdaderamente buenos, porque sus autores no poseen el talento necesario -ni el necesario sentido de la autocrítica que les permita apercibirse del detalle, ni la consecuente perseverancia gracias a la cual paliar, en alguna medida, sus enervantes equivocaciones- para que los textos sean mejores.


lunes, 24 de febrero de 2014

SADISFACTION

(With my thanks to Kenton Nelson)

De los "Diarios del Clavadista Solitario".

Ver volar gaviotas sueltas, junto al coche que vas conduciendo, una tarde nublada de verano. Encontrar en un sobre unos poemas que escribiste años atrás inspirados por una mujer de la que en ese preciso momento -el del descubrimiento de las poesías- ya no te acordabas. Evocar la cara sonriente, plasmada en una foto en la que salíais juntos él y tú, de un buen amigo del pasado al que has perdido la pista. Este blog cuando no lo lee nadie. Los intentos por perder la memoria a base de seleccionar los recuerdos. Andar sin rumbo por las calles de una ciudad fea, haciendo tiempo, justo antes de acudir a una cita galante con una chica fea. Hablar del partido de fútbol frente al televisor de un bar con el parroquiano que se apoya a tu lado en la barra. Los niños pequeños cuando regresan de la playa cansados, protestando y con las piernas llenas de arena. El olor de la ropa de felpa puesta a secar. El ambiente de las verbenas de pueblo y el barullo que se forma en los coches de choque. Las borracheras agarradas al tran tran, uno solo, para elevar el ánimo. La sensación de soledad que sientes cuando entras en casa a la vuelta de un viaje al extranjero. Esmerarte en tratar de ligar con extrañas en el coche bar de los trenes. Los cambios de rasante de las ciudades cuando no pasan coches por encima de ellos. Las sábanas sudadas a causa de la fiebre, al enfriarse cuando esta se esfuma. Las placas de luz blanca que filtran las persianas del salón las mañanas festivas en otoño. Los lirios y los gladiolos de plástico de muchas iglesias de barrio. Ver ponerse el sol mientras te bañas desnudo en el agua del mar. Las piscinas de los balnearios. Marcello Mastroianni. Atravesar a la carrera un prado embarrado antes de que se haga de noche. Ganar al cinquillo con las tías y perder al póker con los primos. El Ajax de Amsterdam. St. Malo a finales de febrero. Carlos y Diana. Yo mismo.

viernes, 21 de febrero de 2014

UN VERDADERO ARTISTA


Lo vi claro. Hubo un tiempo en que la vida se me cayó encima y, de buenas a primeras, empecé a escribir cosas tristes. Asuntos, aconteceres, dilemas... propios de un tipo quemado que se agarraba como podía a los lamentos y las quejas para poder sobrevivir. Había dejado de beber. Bebía sólo esporádicamente y las hojas de papel en blanco se volvían de color gris cada vez que las tenía delante. Despotricaba de todos y casi de todo. Y esos exabruptos que tan excesivos me parecen ahora -de puro inocentes- fuesen, tal vez, lo que me permitió continuar adelante sin volver a beber en exceso.

Luego aparece la suerte. La suerte existe. Aunque a la que es buena casi siempre nos cueste otorgarla carta de naturaleza. Resultó ser una cadena de hechos concatenados que me permitió librarme de ese destino que, yo, vaticinaba bastante chungo. A Dios gracias.

Mas aún así -lo confieso- todavía, hoy, hay veces que echo de menos “beber”. Conseguir que mi mente vuele un rato, que se eleve, dopada, por la senda del entusiasmo y la ocupe por entero, aunque sólo sea eventualmente, el lado amable de la vida. Olvidarme por unos minutos, unas horas, como antes me sucedía, de toda la mierda de los hombres, de sus estúpidas ambiciones, y las hipócritas coartadas con las que pretenden justificar su egoismo, y centrarme sólo en mi propia mierda.

Recuerdo algunas veces -enterneciéndome casi todas ellas- los espantosos poemas que escribía encontrándome medio borracho. De lo geniales que a mí me parecían en ese histórico momento. Y de como al día siguiente -o mejor al otro, que ya había podido embridar la resaca- me ocupaba de componer uno... que más o menos fuese comprensible... a base de ensamblar unas con otras, con más voluntad que acierto, las frases que me resultaban más lucidas de entre todas las que aparecían expuestas dentro de aquel enardecido caos.

Las canciones que iba poniendo mientras me bebía el vino -luego: las copas de cognac o los vodkas con coca cola- me iban pareciendo mejores, emocionándome más, cada vez que volvía a escucharlas. Y, al final, casi siempre me daba por acordarme, entre entusiasmos muy intensos y rendidas admiraciones espirituales al intérprete de la melodía, de alguna de las mujeres que había amado y... luego, ya... nunca más había vuelto a ver.

¡Qué tardes aquellas! Compraba el Chablis en un supermercado del barrio antes de que cerraran -no me imagino por que lo tendrían- y lo metía inmediatamente en el frigorífico para que a las diez, o así, estuviera bien frío. Entre tanto, delante del ordenador -Internet comenzaba por entonces a dar sus primeros pasos- distribuía mi tiempo entre la creación de una novela (la primera) y las chicas en pelotas de la red (las primeras). Bajaba luego a beberme un par de cañas, y charlar un poco, por las tabernas del barrio, a hacer tiempo, y justo a esa hora que les he dicho, las diez, regresaba puntualmente a la cita que tenía concertada con el vino. El primer vino francés que había tenido la oportunidad de probar en mi vida.

De inmediato, casi con el primer sorbo, mi mente se apaciguaba, yo dejaba de sentirme un pobre desgraciado sin destino ni rumbo, y mis manos comenzaban a deslizarse por el teclado del ordenador -primero, muy lentamente, y luego, ya, con una velocidad más que apreciable- perpetrando ese poema perfecto que irradiaba desde el fondo de mi corazón. Continuaba escribiendo: emocionado, ilusionado, sintiéndome importante... justo lo que me salía de los cojones. Algo que con cada copa, a partir de... pongamos... la cuarta o la quinta, cada vez resultaba ser más críptico, menos inteligible.

Indefectiblemente, como a las doce, o así, me entraba sueño -y yo necesitaba dormir porque, hallándome sobrio, tanto desasosiego... tanta inquietud, como acostumbraba a tener, no me dejaba hacerlo en condiciones- me entraba mucho sueño, ya digo, y, al final, desestimaba desplazarme hasta el centro a tomar algo e intentar ligar en alguno de los bares de moda, me desprendía de la ropa de cualquier manera y, liberada de momento mi mente de oprobios y preocupaciones, me dejaba caer de golpe encima de la cama. Justo como si fuera: un verdadero artista.

miércoles, 19 de febrero de 2014

RULETISTAS


¡Hagan sus apuestas... damas, caballeros!.

El croupier invita a apostar, las nalgas se elevan en un único impulso sobre los asientos de los taburetes y los dedos acuden prestos -serpenteando entre las dudas- a su encuentro con los montoncitos de fichas.

No hay apenas mujeres en este casino y las pocas que hay parecen hallarse en la terraza: distantes, serias -incluso podrían parecer afligidas o apesadumbradas- sin hacerle ninguna de ellas el menor caso a la luna. Tampoco hay apenas plantas y el aspecto que presentan las pocas que hay no es demasiado halagüeño, sus colores y su consistencia te invitan a pensar que de un momento a otro van a empezar a pudrirse. Copa el ambiente el humo del tabaco. Los jugadores abandonan sus pitillos entre los labios en tanto disponen sus fichas sobre el tapete. Airean, luego, sus pulmones con el alivio momentáneo que casi siempre reportan las decisiones al instante de haberse adoptado. Y respiran.

¡No va más!. La bola comienza a rodar y en el casino huele mal. Percibo un olor raro. Desagradable. Los apostantes mantienen fija su mirada en el centro de la mesa. Acaso les estén hablando a los objetos con la vana esperanza de poder conmoverlos y ganarlos para su causa. "Esta vez no me falles”, “el quince, el quince..” podrían estar suplicándole a la bolita; “no te detengas, por favor, sigue girando”.. cabría que animasen a la ruleta que continuara dando vueltas sobre su eje. Al azar eso no le extraña y hasta le hace gracia. Se trata de un truco muy viejo. Y muy malo.

La bola prosigue su viaje. Todos ambicionan ganar la partida e incluso los que no apuestan, cuentan con sus favoritos. En este casino todos quieren que pierdan unos y sean otros los que ganen. Los primeros, ¡está claro!, porque son unos indeseables que no se merecen ganar y los segundos... los segundos... porque alguien habrá de tener que hacerlo para que no termine chapando el chiringuito y los mirones se queden, nos quedemos, definitivamente, sin entretenimiento.

Se reduce la aceleración del disco y la menguada esfera empieza a tocar, desbocada, una casilla y luego otra, sin parar, a saltos, dando brincos, como si fuera un pequeño pez al que el garfio del anzuelo acaba de clavársele en la boca. Las facciones de los jugadores se tensan. Sus rostros reflejan ansia y expectación. Pueden ganar y pueden perder. Quieren ganar para no perder y no quieren perder porque le temen a la ruina, y de la ruina no quieren ni oír hablar, aunque a la mayoría de ellos le resulte imposible precisar el valor exacto del lance que les libraría de sus miedos. Los ganadores -es obvio- volverán otra vez a jugar mañana; los perdedores.... también intentarán hacerlo. Y la bola, mañana, nuevamente, a dar vueltas y vueltas y vueltas y más vueltas en busca del cero. Su destino -y eso que sólo es un miserable objeto, sin alma, sin corazón, sin vida....- también depende de la suerte. Y la suerte no se apiada ni de su puta madre.

“¡Veintinueve, negro, impar y pasa!”, proclama el croupier.

Ya.

¡Ay... si resultara igual de fácil conseguir desembarazarse de los recuerdos!

sábado, 15 de febrero de 2014

CUIDADOS PALIATIVOS (La Medicina de Tongoy)


Como casi siempre, en la vida, el debate se centra en discernir lo que está bien de lo que está mal. ¿Pero se puede hablar hoy en día en el mundo de la creación, y más concretamente de la creación literaria, de cosas... obras... buenas y malas? Supongo que sí; así se ha hecho siempre. Y, como en este aspecto, me vengo a considerar un antiguo, yo voy a continuar haciéndolo.

En principio, se necesitaría, para pronunciarse, criterio tan solo. Algo, en teoría, no demasiado difícil de conseguir. Anoten: te interesas por un tema, investigas, ahondas sobre él leyendo lo que al respecto han dicho otros que en el pasado dedicaron al mismo buena parte de su tiempo, y terminas "dominándolo" un poquito. No suelten el lápiz todavía: si lo que queremos es aprender, hay que leerles a los viejos y a los muertos porque ellos saben más. La "veteranía es un grado", permítasenos en esta ocasión el recurso fácil de acudir al refranero, porque la veteranía supone precisamente eso, tiempo, y el tiempo adecuadamente empleado, implica la adquisición de conocimiento. Entonces, y ahora ya pueden cerrar el bloc... cotejas, promedias, matizas, recapacitas, y vas adquiriendo conciencia no sólo de lo que te gusta y lo que no te gusta, sino, igual, de lo que objetivamente es bueno y es malo. Hasta llegar a conseguir apreciar -lo que quizás sea aun más importante, y más difícil, aunque no sé si más aconsejable- el grado de calidad de la obra al margen de tus preferencias personales. Y ser perfectamente consciente -pongámonos extremos para facilitar la visualización del argumento- de que esa novela que te a ti te apasiona es, en realidad, una boñiga o que tu sensibilidad no te permite asumir como aceptable una verdadera obra de arte. A este respecto, ya lo saben, no hay cuestión, lo he enunciado otras veces, el criterio es algo que se adquiere.

Mas ese proceso formativo, requiere previamente contar con una base. Un forjado. Un forjado de conocimientos. Y aquí es donde radica el verdadero problema con todos estos nuevos escritores jóvenes. Les fallan los conocimientos. También los dialécticos. Incluso los gramaticales. Han leído, algunos incluso han tenido que hacerlo en abundancia. Declaran que les gustan Franzen o Foster Wallace o Gaddis o Cortázar. Y sí, aparentan tener, ellos y ellas un criterio exquisito, certero, un gusto a la page, definitivamente contemporáneo. Ahora bien, a la hora de ponerse a imitar o a remedar a sus ídolos, o incluso, vamos a ser condescendientes, tratar de inventar cosas nuevas, no lo saben hacer, fracasan. A mi juicio, ya lo he señalado, porque carecen de los conocimientos necesarios. Y, de esta forma, incurren, al escribir, en continuos errores sintácticos, estrepitosas faltas de concordancia narrativas, humoradas gratuitas, juegos de palabras ramplones, clamorosas disonancias de tono en el discurso, obviedades y evidencias continuas, una nula preocupación por la caracterización de los personajes, metáforas gratuitas y forzadas, añejos tópicos descriptivos. En fin... ¡un puto desastre!. Lo siento.

Es aquí cuando aparecen en escena gentes como Tongoy. El randa de Carlitos Tongoy. Trapecista en la red sin red. Angel o demonio. Un día tras otro, un post tras otro, en las mismas antípodas del tongo.

Si la crítica literaria profesional, y convencional, se siente incapaz, por las razones que sean, de decirle al rey que va con la pilila afuera o a la reina que se le ve la gomilla del tanga, tienen que aparecer tipos como Tongoy tarde o temprano, porque así es la vida, tipos como Tongoy, decía, bufones o heraldos, monstruos grotescos o caballeros andantes -según cual sea el cristal con el que cada uno se complazca en observar el asunto- que se encarguen de apercibir al literato: "¿eres poeta...? ¿no...?, pues abr..." bueno... ya saben como termina la frase, o que se molesten en instruir a la narradora sobre las desagradables consecuencias que los enfriamientos en la zona dorsolumbar de la anatomía son capaces de depararle a tu salud.

Y aquí la lástima la siente, este humilde cronista, cuando irrumpen en el debate una serie de personas a quienes presupongo ¡faltaría más! la mejor de las voluntades junto a una erudición no precisamente enciclopédica, a solazarse, e incluso enorgullecerse, con la descuidada exhibición del pitilín o la pérdida de flexibilidad del indiscreto elástico.

En resumen, que en tanto, en este país, la gente no apetezca ser más culta, no se valore la cultura como un bien tangible, y se adapten los oficios intelectuales a los verdaderos méritos, las nuevas novelas a publicarse en el futuro seguirán adoleciendo de una notoria falta de calidad. Serán malas. O, incluso, peores.    

miércoles, 12 de febrero de 2014

PLANES DE CHICAS (II Parte. "Mi Maravilloso Diario")


Sin embargo, desde hace unas semanas, he vuelto a escribir. Un diario. Un puñetero diario. ¡Qué pánfila! sé que estará pensando más de una, pero... ¡esperen a que les cuente!. Ando ya por los cuarenta y uno -lo ven... acabo de quitarme dos, ni siquiera conmigo misma me sale espontáneamente ser sincera en una tesitura como esta- he adelgazado lo suyo, me gustan Paul Auster (escribiendo) y Michael Fassbender (... supongo que escribiendo, también), desempeño un puesto de trabajo de incuestionable peso -aquí está "él" de nuevo, el peso es algo que a "nosotras" puede llegar a obsesionarnos- en unos renombrados laboratorios... Por lo que no, como ya se podrán imaginar -los datos que acabo de aportarles son, a estos efectos, harto significativos- no me dedico a rellenar sus páginas ni con cursiladas de madraza ni, tampoco, con desencuentros familiares propios de cuarentona abrasada; niet.

No, señoras y señores. Me dedico a consignar en él, en mi novedoso y adorado diario, algo bastante más interesante. Tremendamente interesante. Para mí lo es al menos; la que, de momento, soy su exclusiva lectora. Los antecedentes: atiendan, llevo once años casada con el mismo señor, tengo dos críos, Jaime y Fabián, de siete y nueve años -dos completos trastos, bastante más malos que su padre- y no he aposentado mi culo en un gimnasio a lo largo de toda de mi vida. La catarsis: ahora lo que les toca es sorprenderse ¡acabo, hace justo un par de meses, de caer rendida en los brazos de un amante! El nirvana, él: Gerard Lavoise, francés, soltero, cuarenta y cuatro años, director de estrategias de marketing en una multinacional del sector turístico, apasionado de la ópera y los borgoña, risueño, soñador. Despiadadamente guapo.

Uno ochenta y cinco, delgado, moreno, sienes plateadas, ojos rasgados de color gris, nariz prominente de tío... "and so on" ¡para qué seguirles contando! Por no faltarle, no le falta al muy golfo, ni el hoyito en el centro de la barbilla. Entonces... se dan ustedes cuenta como no pude evitar ponerme a escribir el diario. Cuando a una le pasan cosas como esta a esas alturas de su vida, tiene que contarlas. Es casi una obligación moral para con sus congéneres. Las gordas también pueden ligar. Y no solo pueden hacerlo, sino que incluso lo pueden conseguir con alguien que se parece a un modelo o a un actor de cine...

No se me ocurre nada más. Me recuesto en el sillón de ruedas a punto de darme un trastazo. Vuelvo al video de internet de la pelea a almohadillazos en lo que, se supone, son los dormitorios de una fraternidad de chicas de la universidad de Nebraska. Al fondo, una de ellas está desprendiéndose de sus braguitas. Nada que objetar.

¡Hasta los huevos de hacerme pasar por una tía para ver si escribo algo con lo que poder dar el pelotazo de una vez por todas! "Si uno tiene que convertirse en mujer para alcanzar la gloria, va y se convierte" me dije antes de ayer, a mi mismo, intentando insuflarme ánimos. En esa empresa ando metido. Un esfuerzo extenuante. Las hijas de puta resultan ser ¡tan sutiles! ¡tan contenidas...!.

Hecho un fenómeno de todas formas ¡Ni siquiera Gustave Flaubert se atrevió a tanto!. 

martes, 11 de febrero de 2014

PLANES DE CHICAS (I Parte. "Cuentos Chinos")


1ª Parte "CUENTOS CHINOS"

A veces escribía cuentos. Eso me ayudaba a pasar las tardes. De muchacha, en el colegio de las monjas, cuando el BUP, escribí los primeros. Eran muy malos. Por aquel entonces había descubierto a Carmen Martín Gaite y pretendía escribir como lo hacía ella de jovencita, sin reparar en que habían pasado ya cuarenta años y yo no vivía en una pequeña ciudad de provincias sino en una gigantesca urbe metropolitana. Luego lo dejé.


Ya se imaginan. Empecé a salir por ahí. Empecé a conocer chicos. Mis amigas empezaron a obsesionarse con la moda. Había que vestir a la moda. Había que ir a los sitios que se ponían de moda, aunque luego estuvieran llenos hasta los topes de tíos feos e insulsos. Ellas parecían apreciar que las saludaran los gorilas de la puerta y los camareros las invitasen a copas. No las incomodaba ponerse a llamar la atención para que el relaciones públicas del local les guiñara un ojo y les dijese que estaban tremendas. A mí, sin embargo, que no era precisamente lo que se dice una venus de Milo -más bien era una chica gordita, monilla de cara aunque un poco sosaina- todo aquel ceremonial no me acababa de convencer. Todas mis amigas enganchadas a Falcon Crest y a un par de niñatos de las pandillas de chicos con las que tonteábamos por Moncloa y yo, sin embargo, enganchada a las patatas fritas, los pasteles, los cheetos y Dennis Quaid. Todo, una mierda. 


Fue por aquel entonces, cuando andaba por los veinte, o así, cuando di mis primeros pasos para convertirme en "gorda"... y perdón por la contundencia de la expresión que empleo -que sé que podría molestar a algunos y algunas- pero lo único que hago es contar la verdad. Esa fue la forma en que sucedió... aburrida de la rutina, descorazonada del amor, paulatinamente fui convirtiéndome... una coca cola tras otra, un  paquete de galletas detrás de otro, una chocolatina por aquí y otra por allá... en una chica ligeramente obesa. Los frutos de una liviana depresión. 


Me deprimía, tal vez, no ser guapa, o no serlo tanto como quisiera, y decidí que no tendría por que importarme coger unos cuantos kilos de más. Me deprimía no conocer a ningún chico que me gustase de verdad, del que poder enamorarme, y resolví proseguir adelante con mi desafío a la báscula sesteando entre gofres con mermelada de fresa y tarrinas de helado no precisamente pequeñas. Si no me importaba demasiado no tomar el sol y estar blancucha, menos debería incomodarme, aún, usar una cuarenta y seis de talla. Mas luego, en la práctica, las cosas no funcionaban así. A las mujeres jóvenes -y eso sucedía sobre todo entre nosotras- no se nos perdonaba estar rellenitas. Ni siquiera en la literatura. Lo constaté muy pronto. Los últimos cursos de la carrera me convertí en ávida consumidora de novelas picantes para chicas y pude comprobar como siempre que una gorda aparecía por sus páginas era para que las lectoras pudiesen echar unas risitas a su costa y la protagonista de la trama tuviera ocasión de mortificarse un poco a sí misma lamentándose de su sobrepeso ¿Por qué las mujeres seremos así de idiotas, siempre exigiéndonos sacrificios a nosotras mismas? Mi amiga Magda, defiende que el objetivo no es otro que el ir preparándonos, desde muy temprana edad, para lo que se nos avecina. Mantiene que siempre se nos avecina "alguna". Pero Magda acostumbra a meter la pata con cierta frecuencia y a veces es bastante exagerada (continuará...)


domingo, 9 de febrero de 2014

UNA NUEVA OCASION


A partir de alcanzar cierta edad empecé a tener claro que, de divorciarme, sólo volvería a intentarlo de nuevo con una mujer a quien ya hubiese tratado de joven. Alguna amiga de la que no supiera nada desde hace la tira de tiempo. Alguien que me hubiese hecho gracia cuando me la presentaron, hace ya mucho. Incluso ¿por qué no? una antigua novia.

La contingencia tuvo lugar, por fin, luego de llevar algunos años presintiéndola. Hará pronto cinco, mi mujer se hartó de mí -quiero suponer- y los dos firmamos los papeles de un divorcio por mutuo acuerdo que nos preparó una abogada a la que ella conocía por circunstancias de trabajo.

Esto sucedió, como les digo, hace unos cinco años. El tiempo fue transcurriendo y yo empecé a plantearme que quizás me conviniese volver a intentarlo de nuevo con otra mujer diferente. “No todas las mujeres del mundo van a ser como Mónica” me decía a mi mismo intentando insuflarme ánimos.

Pero no me fiaba. No me fiaba un pelo. Y, por eso, pensaba que quizás lo más adecuado a mis propósitos fuese, como les he adelantado ya, conseguir localizar en internet, a través de las redes sociales, a alguna vieja conocida que no tuviese pareja y ponerme en contacto con ella.

Dicho y hecho.

Di con Sandra a través de linkedin. Trabajaba de analista de riesgos en una compañía de seguros. En nuestra primera cita anduvimos ambos un poco azorados. Los dos, como pueden suponerse, estábamos bastante más viejos. Ella más delgada que antes; yo, más gordo. No dejó de sorprenderme el hecho de que con menos de cincuenta años se hubiese quedado ya viuda.

“¿No te acuerdas de Paco Almoguera, el chico aquel tan alto, medio calvo, que se sentaba siempre, en clase, en los bancos de delante?”. La pregunta venía referida a su difunto esposo.

No me acordaba. “No. No me suena de nada”.

“Te tienes que acordar”

“No, lo siento. No me acuerdo”.

Sandra anduvo explicándome, luego, que tenía un par de hijos, un chico y una chica, pero que los dos se habían emancipado y hacían su vida. Por mi parte le dije que, cuando nos separamos, Mónica decidió quedarse con Flopy. Y con su pecera.

“Tan payaso como siempre, Ramón. No has cambiado apenas” manifestó ella, sonriendo, pero sin poder disimular cierto tono de decepción en la voz.

Empezamos a quedar para salir por ahí, de vez en cuando, a dar una vuelta, a hacer excursiones, y al cabo de los cuatro meses, tal vez por insistencia mía, seguro que por insistencia mía, las cosas como son, ambos estábamos viviendo ya juntos.

Escribo esto desde la casa de Sandra, desde mi dormitorio. El martes se cumplieron dos años desde la fecha de nuestro reencuentro. Lo celebramos saliendo a cenar fuera y brindando por el futuro con una botella de cava. Esa noche, pueden imaginárselo, sí que dormimos juntos.

¿El balance de estos dos años? ¿Qué quieren que les diga...? A mí me parece positivo, pero ella se queja bastante... con bastante frecuencia... de que no la hago caso, justo como me pasaba con Mónica. No me extrañaría lo más mínimo que cualquier día de estos le dé por decirme que recoja mis cosas y ponga tierra por medio. Por lo menos, esta vez no habrá documento alguno que firmar. Tengo que confesárselo, a la abogada amiga de Mónica, una tal Elena Portillo, para que lo sepan, no podía mirarla sin que se me revolvieran las tripas.

Sí, no quiero ser un iluso, uno de los principios fundamentales de la física, quizás entre los más evidentes, sanciona que todo lo que ya ha sucedido una vez, bajo determinadas condiciones concretas, es susceptible que vuelva a reproducirse de nuevo, en el futuro, de sobrevenir, de nuevo, esas mismas condiciones. Y la verdad, para que vamos a engañarnos, entre Mónica y Sandra -su carácter, su manera de afrontar la vida, su sensibilidad...- no medía, precisamente, un gigantesco abismo.

viernes, 7 de febrero de 2014

LOS PLANETAS


Lo que permaneció grabado con mayor contundencia en mi memoria de la noche que conocí a Claudia Peña, fue que ella me dijese que le gustaban Los Planetas.

Entramos a una cervecería. Había mucha gente sentada en taburetes. Claudia tenía a una chica a un lado y a otra, rubia, delante de ella. Fumaban, las tres. Tres amigas. O, por lo menos, tres chicas jóvenes que habían decidido juntarse un viernes por la noche a tomar unas cañas. ¿Quién sabe si, además, lo habrían hecho para conocer chicos?. Ella me aseguró que no. Pero era probable que si yo les hubiera ido con esa cantinela a todas las mujeres del bar, la mayoría me hubiesen contestado lo mismo ¡Eran otros tiempos!.

Nos caímos estupendamente al principio. O eso creo. Ella parecía ser una persona de risa fácil y a mí se me daba bastante bien hacer el tonto. Me acompañaban un par de compañeros de trabajo y los tres permanecimos en aquel bar, dorándoles la píldora a las chicas, lo que se dice un buen rato. Por fin, Juan las convenció para que acudiésemos todos juntos a tomarnos una copa a un pub.

Había un montón de gente deambulando por las calles del centro. Jóvenes como nosotros, en su mayor parte. Se palpaba la juerga en el ambiente, con esa alegría un poco aparatosa, pero casi nunca impostada, que el alcohol es capaz de prestarte.

Decidimos entrar a otro bar, y beber alguna cerveza más, de camino al sitio a donde íbamos. A la salida nos dimos el brazo entre todos, como si estuviésemos en la verbena de un pueblo en la época, ya lejana, en la que nuestros padres eran jóvenes.

La música que sonaba en el pub era española. Claudia y yo fuimos a la pista de baile. Terminó una canción y yo la tomé de la mano para conducirla a un rincón desde el que era casi imposible que los demás pudieran vernos. Pretendía que nos besásemos. Empezaron a sonar Los Planetas, la canción esa que habla del gol de Mendieta, y toda la vaina, que a mí... siempre que la escuchaba, me parecía una soberana tontuna.

“Me encanta esta canción” me dijo Claudia.

La mire extrañado, su comentario consiguió sorprenderme. Dejé aparcadas, a un lado, las ganas de darle un beso. Antes... quería saber.

“¿Por qué?”.

“No sé. Me encanta la letra...”.

Me resultaba increíble que a una chica tan guapa pudiese gustarle una canción tan fea. Pero eso son cosas que pasan: asesinas en serie con cara de mosquita muerta y científicos de primer orden que se mueren de la risa con las novelas de Tom Sharpe. A lo mejor, pudiera ser... ¡hasta Tom Sharpe tuviera algo más de gracia de la que a mí me había dado por atribuirle al pobre hombre!. Tras recapacitar durante unos instantes, no pude resistirme a decirle la verdad a Claudia.

“Esta canción no es muy allá. Y la letra resulta un poco absurda ¿no crees?”.

“Si tan fácil te parece escribir canciones ¿por qué no las escribes tú?”.

Aquello me pareció una salida de pata de banco por parte de Claudia, y traté de hacérselo notar:

“Oye, oye... se supone que de quien tienes que hacerte amiga es de mí, no del letrista de Los Planetas...”.

“Tengo ya veintisiete años y me repatean los tíos que van de listos”.

Se me ocurrió replicarle:

“¿Y a ti quien te asegura que el tío, ese, no va más de listo que yo?”.

“A lo mejor. Quien sabe. Pero él es famoso”.

Luego, Claudia y yo estuvimos saliendo juntos como cosa de cinco meses, entre frecuentes discusiones y disputas, y, al final, los dos dimos por imposible el tema y rompimos nuestra relación. No sé como le ira ahora a ella, me imagino que estará casada y tendrá hijos. Que no seguirá escuchando a Los Planetas. Lo que es a mí, de momento, la canción esa, de la que les he venido hablando en este relato, continúa sin hacerme la menor gracia.

miércoles, 5 de febrero de 2014

SALVADOR DALI VISITA A JOSEP PLA UNA CALUROSA MAÑANA DE JUNIO EN PALAFRUGELL


Salvador Dali se ha levantado esta mañana con un humor algo peor de lo acostumbrado. Suele despertarse pletórico, satisfecho de estar haciendo lo que le corresponde, pero esta vez no sucede así. Hablemos con propiedad, más que enfadado, se halla pesaroso e inquieto, ya que ese mismo día se dispone a hacer algo que se sale de lo común. Pese a que Gala aprobó la posibilidad de cancelar el encuentro; cuando Antoni, su secretario, intentó, a lo largo de toda la tarde, ponerse en contacto telefónico con el escritor, no le fue posible conseguirlo por culpa de una saturación en las líneas.

Ahora ya es demasiado tarde. Salvador no ha dejado de asistir jamás a una cita con un amigo. Y tampoco esta vez va a hacerlo. Pretende el pintor, ante la escasa repercusión que "Rostros Ocultos" ha tenido en los Estados Unidos de América, que Pla le prologue la novela antes de su salida al mercado español. Antoni le ha dicho que la firma con Caralt se halla casi cerrada.

Duda, Salvador, si engomar las guías de sus bigotes para que estas queden enhiestas y pletóricas, como cuando se exhibe en público, o bien dejarlas lacias y tristes y, así, despertar la conmiseración del maestro. Dalí acostumbra a caer en este tipo de especulaciones.

En Palafrugell, esa mañana, hace un sol de justicia. Antoni lo ha llevado hasta allí en el Pontiac, poco más de media hora de camino, y ahora lo espera en la plaza rodeado de un enjambre de chiquillos entretenidos en curiosear alrededor del automóvil.

Antes de entrar en la casa, Salvador se pellizca... retorciéndolas, con un tic nervioso, las guías de su bigote. Llama a la puerta con la aldaba y, lo mismo, golpeando en ella con el puño de su bastón. Este representa la cabeza de un galgo. Sale a abrirle la puerta una mujer canosa, bajita y desgreñada. "El senyor Josep ho está esperant al pati" le dice, mientras con un gesto de la mano le indica que la siga.

Vemos a Pla sentado en un sillón de mimbre a la sombra de una higuera. No lleva puesta la boina. Se levanta cuando aparece Dalí y se dirige a él para abrazarlo.

"Está molt bon aquest vi negre". Afirma el anfitrión, señalando una botella de tinto que reposa en una mesita junto a la butaca. Al lado de la botella hay dos vasos: uno vacío y otro a medio llenar. Permítasenos, en atención a nuestro público lector, traducir al castellano la conversación que va a tener lugar, entre los dos hombres, a partir de este instante.

"Ya sabes, José, que no acostumbro a beber. No se que disparates sería capaz de cometer si lo hiciera. Ponme sólo un dedo, para probarlo...".

"¡Vas a ver que vino!".

Dalí se moja un poco los labios. Da un trago. Lo paladea.

"Está bueno... ¡ya lo creo!".

"Lo hacen los de Romaguera. Su padre plantó Merlot de Francia... me parece que trajo las cepas de Libourne, o de por ahí, antes de la guerra, y le da un gustillo al vino, como a ciruela, que lo hace pasar de maravilla".

Dalí apura su vaso, y, luego de algunos carraspeos bastante aparatosos, se dispone a exponerle, a Pla, el motivo de su visita.

"Te sirvo otro poco, hombre ¡qué hace muchísimo que no nos veíamos! ¿Qué tal van esos cuadros? Ahora vives en Estados Unidos... he oído decir... ".

Pla se apresta a volver a llenar -esta vez casi hasta arriba- el vaso de su amigo.

"Fumar, no fumas ¿no?" está diciéndole mientras extrae de un bolsillo del chaleco una cajetilla de Ideales.

Se han terminado entre los dos, la botella de vino, y Dalí no le ha dicho a Pla nada de su novela. Este le va contando una serie de anécdotas, de por allí, bastante simpáticas y le asegura que su abuelo materno, y un tío suyo, fraile, simpatizante de la masonería, eran medio parientes.

"Le voy a decir a la Eulalia que nos traiga ahora un par de botellas del de Banyuls, que aguanta un poco más el cuerpo".

Los dos hombres continúan bebiendo parejo y sin pausa. De ven en cuando ríen. Otras veces más, permanecen, los dos, abstraídos mirando pacíficamente en derredor suyo. Cuando toca hablar de mujeres, Pla le dice a Dalí.

"Soy antifeminista porque tengo demasiada buena opinión acerca de ellas".

A este otro, le gira, ahora, todo el patio alrededor de los ojos. No habla. Suda. Se imagina todo lo que está viendo, todo lo que en esos momentos está sintiendo, expuesto encima de un lienzo. Colores y desmesura a la par.

Pla se asusta un poco y le grita a su amigo:

"¡Coño, Voro; di algo!".

Salvador traga saliva, recapacita, y, haciendo un aparatoso gallo con la garganta, vocea:

"¡Asturias patria querida...!"

Pla lo secunda: "¡... Asturias de mis amores!".

Desde la cocina, mientras prepara un arroz con caracoles y conejo, Eulalia escucha vociferar a los dos amigos y se sonríe.

"Los hombres son iguales que los niños" masculla para sus adentros. Y vuelve a sonreírse.


lunes, 3 de febrero de 2014

ISLA DE EL HIERRO


De joven necesitaba el alcohol para aguantar a los hombres y acercarme a las mujeres.

Con el paso de los años he terminado cansándome de los tres. De los hombres, de las mujeres y del alcohol.

Tras obtener la jubilación anticipada me vine a vivir aquí, "a un lugar perdido en la punta del mundo" como me apeteció calificarlo cuando adopté la decisión. "Escribiré una buena novela" me propuse entonces, en serio, a mí mismo.

Pero siempre que me sentaba delante del ordenador, a escribir, terminaba haciéndolo sobre mi vida. No sabía escribir una novela. O no podía. Inevitablemente, terminaban apareciendo por la pantalla mis cuatro mujeres -no, no soy musulmán, ni mormón, todas mis relaciones fueron sucesivas- y mis dos hijos.

Ahora han pasado tres años desde el día de mi llegada y esa novela sigue sin cuajar. Me gustaría que eso me diese lo mismo -mi objetivo primordial para venir hasta aquí era el de estar tranquilo- pero no, lo reconozco, no me da lo mismo. No, en serio, me gustaría poder llegar a escribir alguna vez, antes de que el Alzheimer empiece a joder la marrana -y por ahí debe andar, ya, el cabrón, agazapado, como una calculadora sabandija- esa puñetera novela.

Mi vida aquí es tranquila. Mucho. Y menos monótona de lo que imaginaba. Conozco a algunos de los vecinos del pueblo ¿podremos llamarlo pueblo? y el alcalde me comenta a veces, cuando se encuentra conmigo en la playa, parte de sus proyectos. Alguien le ha debido decir que he sido aparejador -quizás, yo mismo- y el buen hombre me atribuye sabidurías de todo tipo en materia urbanística. Aunque, en el fondo, pienso que lo que busca es lucirse ante mí y que yo le de la razón en sus opiniones. Como todos. Todos queremos aparentar y que, encima, nos den la razón.

Por la noche, desde el diminuto porche de mi casa se ven las estrellas del cielo. Y si aguzas el oído, puedes sentir, a lo lejos, el murmullo del mar.

El pasado fin de semana les hice una paella a mis vecinos, un par de jubilados alemanes. Observo que los califico de esa forma, con algo parecido a la suficiencia, a la altivez incluso ¡como si yo no fuese también ya un jubilado!. Había venido a verlos su hija mayor. Desde Stuttgart. Con su chaval, un adolescente de unos catorce años, larguirucho, completamente enganchado a la tablet. Por la noche, bajamos la mujer y yo a la playa, a dar un paseo y tomar una copa, y luego... ya se imaginan... unas cosas siguen a otras... terminamos liándonos.

Hoy mismo, que ha pasado una semana, vuelven los dos a Alemania. En estos instantes se encuentran aquí, detrás de mí, en el coche, mientras los llevo al aeropuerto. Ella mira por la ventanilla hacia donde está el mar. Su hijo sigue dale que te dale acribillando marcianitos. Por su parte, mi vecina se explaya diciéndola en alemán algo a su hija, que, me imagino, ya que no entiendo este idioma, deben ser consejos de última hora. A mi lado, Herr Klausen, insiste, a medias en inglés y a medias en castellano, en agradecerme el detalle de haberme molestado en conducirles a Elsa y a su nieto hasta el aeropuerto. Le respondo que para mi no supone ninguna molestia sino todo lo contrario.

Al ir a despedirnos, Elsa me asegura que seguiremos en contacto y, luego, la mujer me da un par de besos en la mejillas bastante tiernos. Insiste de nuevo para que abra una cuenta en Facebook. Noto a sus padres emocionados. Voy a darle la mano al chaval y este me la retira. No lo vuelvo a intentar. Todos ponemos cara de circunstancias pero nadie dice nada.

Mientras regresamos a casa, Ralf, me pregunta, de repente, lo que opino de su hija. Le contesto que me ha parecido una mujer estupenda. Es la verdad.

"Sí..." -interviene su esposa- "... pero demasiado alocada, si tuviese la cabeza en su sitio, su matrimonio no se hubiese roto, y el chico...". No ha continuado hablando, ha preferido dejar que la frase expirara así, sin más.

El coche avanza y yo, entre tanto, le voy dando vueltas en mi cabeza a algo que acaba de ocurrírseme y me podría servir para desatascar un capítulo de mi libro, cuyo final, de momento, aparenta ser una incógnita.