viernes, 31 de enero de 2014

ROMANCE DE CIEGO. Jugar con la ironía.


(De los diarios de "El Clavadista Solitario")

“Ya está todo dicho”. En estas cuatro palabras queda quizás comprimida la historia de la literatura. Su significado debería alumbrar los propósitos últimos de quienes a lo largo de su transcurso han ambicionado convertirse en sus protagonistas. El lenguaje -sus modas- no posibilita teuves, internet ni radares. La retórica: alambicada, vanidosa, hasta pedante, carece de aptitudes para poder tramar (y consumar) la gracia de las innovaciones. A esta le cabe únicamente meter de vez en cuando un poco de ruido. Pavonearse como un gallo afónico dando vueltas a loco por el corral y sin poner un puto huevo.


Gertrude Stein lo comprendió maravillosamente bien: “una rosa es una rosa es una rosa....” manifestaba, y tal que así sucedía cuando ella lo proclamó, sucede ahora y ha venido sucediendo desde siempre a lo largo de la historia; para el caso da igual que la susodicha flor haya crecido el mes pasado en un invernadero de Chipiona como que lo hubiese hecho en uno de los jardines de Semiramis hace más de tres mil años. Porque lo cierto es que merodeando entre las flores ha existido siempre algún mastuerzo al que el cuerpo le ha pedido -probablemente a falta de otras distracciones de mayor enjundia- ponerse a divagar a tontas y a locas con el ánimo de poder explicarles a sus semejantes -clarividente, el tipo- que aquello era una rosa. Y tal vez pudiera ser que hasta lo mantuviese con una cierta arrogancia, por apetecerle pensar que... de no disponer de sus peroratas... a estos les podría pasar desapercibido que los enamorados refrendaban sus devociones con aquella flor y los pétalos de los rosales se marchitaban al llegar los veranos. ¿Y?.

Pues eso, asumámoslo: nosotros, los pobres cuentistas, nos limitamos solamente a hablar de la suerte que va a poder correr esa rosa, de los hombres y mujeres que la huelen, de los amantes que la sostendrán entre sus dedos, y proclamar así de nuevo, una vez más, con nuestras idolatradas palabras, una farsa mil veces repetida. Entonces... conscientes de que lo de la originalidad supone prácticamente una quimera, nos cabe sólo permitirnos, a los juntaletras, para que los ronquidos no acompasen nuestras glosas y los rabos de cebolleta pocha no vuelen junto a nuestras orejas, no ponernos demasiado pesados. Jugar con la ironía.

Los libros ya existen. Da igual lo que digas, la prosa con la que lo redactes; ese libro ya existe. Y también han existido ya antes los mismos cronistas: con unos años menos o con unos años más, siendo también hombre -como yo- o siendo mujer, en esta parte del mundo o en sus antípodas; eso es indiferente. Las palabras que aquél o aquella, ellos o ellas, dijo, dijeron, retumban como un eco en la senda del tiempo y es absurdo defender que nos es imposible reconocerlas. Vienen a por nosotros. Quieren que las escuchemos, como los trinos de los pájaros o el retumbar de los truenos. Forman todas ellas el patrón sobre el que superponemos nuestros papeles de calco. Ellas son también, a la postre, nuestros críticos (incluso los que no saben hacer la “o” con un canuto) y nuestros queridísimos lectores.

Pero a este idiota, pese a estar bien de acuerdo con todo lo expuesto -joder, como no habría de suceder así si él es el que lo ha dicho (o el último que lo ha repetido, de acogerse como buenas sus palabras)- lo tenemos ahora aquí, plantado en el centro de la plaza del mundo y punteando con su ratón inalámbrico los pergaminos cibernéticos del futuro, para recitarles de nuevo a los curiosos congregados a su alrededor, la historia de Justino: el mamón que se convirtió en lobo tras ser abandonado en los bosques al nacer y que luego, de mancebo, se supo hijo bastardo del hidalgo felón que había impuesto su prendimiento.

¡Sí señores!. Aquí me hallo, enmedio justo de todos ustedes, recitando una vez una más una historia cien mil veces contada, a la espera de que el día menos pensado aparezca de repente algún mecenas al que le de por admitir: “¡qué bien se te da esto, pedazo de cabrón!” y se decida a llevar a imprenta los frutos de mis elucubraciones.

Una ilusión renacentista.

2 comentarios:

  1. "“Ya está todo dicho”. En estas cuatro palabras queda quizás comprimida la historia de la literatura".

    Yo diría: aunque es posible que todo esté ya dicho, el arte y la literatura tienen la misión de volver a decirlas en cada generación como mínimo, porque siempre hay formas nuevas o distintas de decir lo mismo

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    1. "... y nuevos lectores, chicos y chicas, que lo van a descubrir por primera vez". De acuerdo, completamente.

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