jueves, 16 de enero de 2014

LA PORFIA DE SCHIELMANN


Tal vez cada uno de nosotros, con nuestras pasiones, no seamos sino únicamente el excipiente necesario para que fermenten esos sentimientos indefinibles que a veces encharcan nuestro corazón de nostalgia en medio de algo que no vemos, algo de lo que no sabemos el nombre: tintes de cuadros pintados en penumbra y disgregados por el moho, haces de luz que cruzan la atmósfera deprisa, urgentes, como si su destino poseyera una relación cierta y decisiva con el infinito. Respuestas ajenas que aprobamos, objetos e individuos desconocidos que sin embargo, sin saber por qué, nos resultan afines. La rosa eterna que jamás se marchita. El rosal donde crece y el sol que la ilumina desde los cielos. El canto de los pájaros. Un mundo, una cultura, que intenta renovarse al ritmo de las generaciones mediante la misión extrema de conceptuar el alma. Los libros. La ceniza. La necesidad del dolor para protegernos de la muerte. El calmo abrazo del tiempo desaparecido. Sus habitantes, que de tarde en tarde se nos aparecen en sueños. Troya, sin ir más lejos.


5 comentarios:

  1. No sé si he entendido lo que quieres decir con "conceptuar el alma" pero creo que la evolución ahora mismo precisamente tendría que ocurrir en la dirección opuesta, "desconceptualizar el alma", quitar la carga racional e intentar percibir lo espiritual mediante otros mecanismos más afines a esa dimensión.

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  2. El alma mora o habita UNICAMENTE en el terreno de lo espiritual. Pero, pese a todo, nadie sabe si existe. Nadie lo puede saber. De ahí que califique a la ambición de llegar a verificar su existencia -y eso es, justo, lo que he pretendido significar con la expresión "conceptuar el alma"- de misión extrema. En el terreno puramente espiritual casi todo el mundo podemos sentirla. Incluso aunque no nos demos cuenta.

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  3. Algo en el texto me ha hecho recordar el final del "Satyricon" de Fellini, cuando la imagen real se funde con el mosaico.

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    1. No me acuerdo de la película -sí, claro, del título- y no se si la he visto. Pero sin duda, dada tu perspicacia en la materia, que mi pequeña reflexión podría encajar en ese final al que aludes. Lo que digo no deja de ser en el fondo sino un mosaico turbio de sensaciones más bien volátiles.

      ¡Un abrazo, Antonio!.

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  4. Como no creyente (término que creo que me cuadra mejor que el de ateo e incluso que el de agnóstico) creo, sin embargo en el alma, continuamente me la noto, aunque considero imposible ‘conceptuarla’ como tú dices. Creo en el alma, pues, y creo que se extingue igual que el cuerpo

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