lunes, 13 de enero de 2014

LA CASA DE LAS SERPIENTES

(Carlos Lorenzo)

Había quedado en ir a buscarme, a la salida del trabajo, para visitar el zoológico. Allí vimos a los tigres moverse de un lado a otro de sus fosos en un esfuerzo baldío por escapar del destino, vimos al león abrir sus fauces con desgana y a los monos comerse los bichitos del pelo de sus crías. Me pareció que los gritos y los rugidos de los animales podían rasgar el paso del tiempo.

A los niños les encantaba mirar a las focas y los hipopótamos, y los monos, zumbándose la badana unos a otros, conseguían hacer que los más pequeños se mondaran de risa.

Te miré a los ojos con el sol a tus espaldas y me apretaste la mano con fuerza. La condujiste hasta tu corazón.

“No somos todavía ningunos viejos” te quise animar, porque a veces te gustaba quejarte, de balde, de que nuestro tiempo juntos había pasado volando. Porque, igual, pensabas que éramos incapaces de ponernos a hablar del futuro sin remitirnos a antiguos sucesos del pasado.

A mí todo aquello me desesperaba un poco. La posibilidad de que creyeses que el futuro consiste únicamente en esperar me parecía terrible. Te lo había demostrado antes, en otras ocasiones, el truco consistía en poder acompasar nuestro tiempo al paso del tiempo. Aceptar que nuestro papel en la farsa siempre es el correcto. "Por su propia naturaleza, el futuro es incapaz de brindar pautas" pretendí que lograses asimilar.

Apretaste de nuevo mi mano -más fuerte esta vez- mientras avanzábamos despacio hacia la casa de las serpientes. Un beso. Te di un beso para que esa tarde borraras de tu mente cierto beso perdido del ayer que de vez en cuando retorna a tus labios para perturbarte. Una sonrisa. Te sonreí con cariño para que pese a todo lo que aún estuviere por llegar no me considerases nunca un miserable. Pasaba el tiempo.

Le compramos a una chica del Ecuador un par de helados -el tuyo, como no, de nata- y nos sentamos a comérnoslos bajo la copa de una acacia. Tú, elegante, garbosa, tenías que ser, en esos instantes, de entre todas las mujeres del mundo que comían un helado de nata, una de las más bonitas, quizás la más bonita de todas. Yo aún disfrutaba, como un bobo, mirándote comer helados.

 “¿Cuánto hace que no sueñas conmigo?” te pregunté. Me manchaste la nariz con una brizna de nata y me abrazaste. Claro que sí, todavía estábamos dentro del tiempo, disfrutando en su seno sin ninguna cortapisa, sin ninguna necesidad apremiante de despejar incógnitas. Todavía nos aburríamos como una ostra algunos domingos y abominábamos en voz alta de los malditos lunes. Todavía nos gustaba desnudarnos el uno al otro, con lascivia, en los cuartos de los hoteles y contarnos, desnudos, historias truculentas de mentrijillas que concluían sin grandes catástrofes. ¡Por supuesto que sí!.

Terminamos de comernos los cucuruchos, le sonreímos a la chica de los helados y pospusimos para mejor ocasión la visita a la casa de las serpientes. En esas, empezó a llover.

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