sábado, 25 de enero de 2014

AY AY AY. GUAY GUAY GUAY (Efectismo Emocional)


A raíz de las opiniones cruzadas entre los comentaristas de uno de los blogs que acostumbro a seguir habitualmente, “Condonumbilical”, a próposito de la célebre novela “Bajo el Volcán”, de Malcolm Lowry, me apeteció a mí intervenir en el debate para apuntar que consideraba a este libro, literatura efectista. Y aunque tanto la exégesis del texto como la personalidad del autor pudieran sugerir lo contrario, el contenido de la obra -al fin y a la postre lo único que en puridad debería constituir objeto de crítica- me impide desvincular a esta última de dicho calificativo. Lo siento -o tal vez no lo sienta- pero considero “Bajo el Volcán” una novela, ciertamente, efectista.

¿A qué llamo tal? A una literatura mediante la que pretendiendo su autor, a primera vista, remover conciencias... cuestionar valores indiscutidos del tejido social, persigue en un segundo término una especie de auto redención personal y, sobre todo, sobre todo, obtener un reconocimiento por parte de los lectores a través de la lágrima fácil, de la conmiseración, de la solidaridad, luego de haberles brindado a todos ellos las claves necesarias para que adquieran conciencia de lo estupendo que es y sepan comprenderlo y perdonarlo. Y así -ciñéndonos al caso de Geoffrey Firmin, el protagonista de “Bajo el Volcán”- Lowry parece querernos invitar: miren, aunque me haya formado en Cambridge... me  gusta tomar mis tequilas en un tugurio de Cuernavaca lleno de moscas, donde ¡hasta me hablo con los lugareños!; así que... no me llaméis pijo, por favor. Aunque sea cónsul de su Graciosa Majestad... hay veces en las que me deprimo tela y pongo de mezcal hasta el culo; no me consideréis, por tanto, un privilegiado del establishment colonial. Y, aunque sea una diosa anglosajona con la cultura de la Woolfe o la Austen, mi mujer me pone los cuernos, y yo, para no venirme abajo, me veo obligado a echar mis parrafadas, solo y desquiciadito, con las prostitutas analfabetas de Morelos; luego... pensároslo dos veces a la hora de motejarme de ser un burgués acomodaticio.

Algo que podría asemejarse, aunque sin llegar ni mucho menos a tales extremos de desdoro, a esos fotógrafos del primer mundo que, en otros países bastante más desfavorecidos que el suyo, se dedican a fotografiar a jóvenes que se arrastran por el suelo con los miembros amputados a causa de una bomba; ancianos llenos de arrugas, sin nada, ensimismados en la nada; niños desnutridos con lo labios negros de moscas... ¿Qué hacen estos tipos aparte de la foto; aparte de exponer la foto en periódicos, revistas y galerías de arte; aparte de venderla al mejor postor? ¿Se llevan consigo a la niña para que crezca fuerte y sana en su país “de mierda”? ¿Se comen las moscas? ¿Se quedan a vivir al lado del anciano, de la anciana, para limpiarle las lágrimas que cada diez minutos les saltan de los ojos a causa de sus cataratas?. No, no y no. Regresan, en un reactor, en clase turista ¡faltaría más! a su lugar en el primer mundo con las fotos en su poder para conmover corazones, para espolear conciencias. Y comerciar con todas ellas. Con las fotografías, con los corazones y con las conciencias. E incluso tomar parte, si se tercia, en el “Grand Prix Washconsciousness Photograph Award”. Y, todavía mejor, no me digan que eso no sería ya la repanocha, poder llegar a ser con el tiempo, gracias a los retratos de otros cuantos modelos más, sabiamente elegidos entre miles, portada de “Time” o “Le Monde”.

Valga el ejemplo gráfico anterior -es sabido que las cosas por medio de la vista se aprehenden de forma más sencilla que por medio de la razón- para significar a lo que quiero aludir con el epíteto, este, del “efectismo” aplicado a la narrativa. En resumidas cuentas, me estoy refiriendo a hacer trampas, en beneficio propio, buscando simultáneamente revelarnos, ante los demás, más guay de lo que en realidad somos. A quejarnos amargamente de los males que sacuden al mundo, y los hombres, sin, para nada, ser uno mismo su víctima. A no hacer entrega del 50% de los derechos de autor a una causa justa. La misma ¿por qué no? de la que has hecho merecido escarnio en tu libro. A un asunto de puto marketing emocional. De falta de madurez. De hipocresía. ¡Ay, ay, ay! ¡Guay, guay, guay!.

13 comentarios:

  1. Está claro que no lo tragas, Julian : )
    No sé, a mí no me dio en ningún momento la sensación de que el autor buscara ningún tipo de complicidad con el lector. Al contrario. Todo el libro es un gran despliegue de egoísmo. Hasta para irse al carajo. Es un personaje bastante despreciable, en realidad. Pero no me pareció que quisiera esconderlo. En fin.

    ResponderEliminar
  2. Tampoco me tomes demasiado en serio, Ire. Como ya dije, y lo vuelvo admitir aquí, aguanté sólo cuarenta páginas. Soy un lector un poco killer.

    Eso es... lo reconozco. Es lo que debo hacer. Me gustaría saber cuantos críticos profesionales se tragan enteros, párrafo por párrafo, y letra por letra, todos y cada uno de los libros que se reseñan. E incluso a los elogían. Con lo contemporáneos, te lo digo ya, no hay ninguno que se los lea todos.

    Puede resumirse todo en que, a mí, "Bajo el volcán", en la versión que poseo, me resulta aburrida, farragosa y hasta, si me apuran, cargante. No hay que darle más vueltas. Y, no obstante, todo ello, reconozco que Lowry en un tipo realmente "cool".

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ok. Ni que Lowry fuera mi abuelo! : )
      Saludos

      Eliminar
    2. A mí también me pareció algo cansino.

      Hay muchos críticos que reseñan a ojo, sin ni siquiera leerse unas páginas, simplemente leyendo o escuchando los comentarios de otros.

      Eliminar
  3. Pues la película de John Huston basada en la novela de Lowry...

    ResponderEliminar
  4. Antonio ¿qué pasa con la película de Houston basada en la novela? Nos has dejado en ascuas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Quiero decir que la película es muy mala, entre otras cosas por defectos como los que le atribuyes a la novela. Me temo que a John Huston (y también a Orson Welles) les encantaba tomar tequilas en los tugurios de Cuernavaca (o de Ronda) e incluso relacionarse con los nativos, aunque otras incursiones de Huston en tierras mexicanas, como "El tesoro de Sierra Madre", están bastante más logradas que su adaptación de Lowry.

      Eliminar
    2. Ya. Es que yo soy tan poco aficionado al cine que no me gustan ¡ni las porno!. Y, claro, la "peli" esa sabía que existía pero ni se me ha pasado por la cabeza ponerme a verla. Me fío de ti, en todo caso. Chau.

      Eliminar
  5. Tú mismo te contradices, Julián cuando te preguntas cuántos críticos reseñan, recensionan y hacen crítica (adversa o favorables tanto da) sin haberse leído el libro; tú que no has pasado, lector killer, de la página 40…Bajo el volcán –su novela absoluta, definitiva, inagotable– es un vasto poema narrativo y una tempestuosa exploración de la conciencia, no es un manual de autoayuda, ni un ejercicio de egocentrismo ni un libro hermético y adivinatorio, pero claro, hay que leerlo entero. Lowry era un borracho atormentado y Bajo el volcán le dejo realmente vacío (vaciado), hay dos buenas biografías de él- Un perseguido por los demonios, no alguien que quiere hacerse pasar por guay/cool o como lo llaméis a eso ahora, un impostado de estar en la onda, para nada. Precisamente Lowry cumplió con creces su ambición de alcanzar la más elevada dipsomanía y no dejó de reflexionar acerca del juicio injusto que se concede a los demás. Realmente, como buen lectos que inmodestamente me considero, ser un escritor de la talla del Lowry Bajo el volcán no merece la pena, te dejas la piel y el alma, eres un desdichado, por eso y por su talento que jamás me atrevería a desear para mí, le admiro.

    La frase incompleta de Antonio no sé de qué va, pero la peli de Houston, aunque tiene un gran actor porta (Albert Finney), la considero muy inferior a la novela

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Reconozco haber enjaretado la reseña habiendo permanecido "Bajo el Volcán" únicamente 40 páginas. La friolera de 40 páginas je, je.... ¿Existe algún crítico literario -llamémosle pross- que reconozca en sus reseñas algo como esto? Y sin embargo estoy convencido de que sucede. That's is the difference. Y otra más: mi celo por intentar no ser pedante. O, por lo menos, no ser instintivamente pedante. ¡Que hay por ahí suelto cada capullo!.

      (P.D Es casi seguro que Ignacio Echevarría, al que admiro, sí que alguna vez se haya pronunciado en ese sentido, pero quitándole a él... no sé, no sé).

      Eliminar
    2. Me desconciertas, Julian. Odias a los pedantes y admiras a Echevarría. Todo es relativo, supongo, porque para mí es el paradigma de la pedantería. Cuestión de gustos, supongo.

      Eliminar
    3. Vamos a ver, Ire. No odio a los pedantes. Al único que odio es al odio. En cualquier caso Echevarria no me parece pedante sino al revés; en el ámbito en el que el tío se mueve lo tengo por el paradigma de la no pedantería. Cuetión de pareceres como dices ;-)

      Eliminar