sábado, 11 de enero de 2014

A VUELTAS CON MURAKAMI. "Mujer Ciega".


Me hallo sin saber con exactitud que hacer. ¿Cabría asimilar dicha situación a la que se percibe cuando nos quedamos mirando desde el andén a un tren que se aleja?. La mala suerte viste toda de negro y disfruta de un buen humor envidiable, le importa un comino la enorme muchedumbre de insatisfechos que anda siempre quejándose de ella; pasa del tema. Y... no; no tiene ninguna conciencia de resultar antipática, de sembrar la frustración, de no ser ecuánime. Al revés, se ve monísima cuando se mira en los espejos, y, las raras veces que recapacita sobre sus comportamientos, jamás encuentra algo de lo que poderse arrepentir. Se sabe poco menos que infalible.

La mala suerte elude, por una cuestión de estética, el amarillo, el rojo, el azul o el resto de los colores que necesitan de la luz para evidenciar su apariencia. Le gusta el negro. Ir siempre de negro y pasar desapercibida en la noche. Ser ejemplo de sobriedad durante el día: el empaque, la elegancia, ya saben... 

Recién acabo de prender un cigarro cuando una mujer acude hasta mi a pedirme fuego. Es joven y va toda vestida de negro, pero no es gótica ni siniestra ni nada que se le parezca. Lleva un traje de chaqueta de corte recto, medias lisas sin dibujo, con una única costura que recorre longitudinalmente el dorso de sus piernas, y zapatos de tacón de aguja rematados en punta. Al acercar el cigarrillo a la llama del bic, alcanzo a verla, gracias al escote de su camisa, las blondas del sujetador. También es negro. Y los cristales de sus gafas de sol, igual.

-"¿Qué es lo que estás leyendo?" me pregunta ella en referencia al libro de Murakami que he tenido que cerrar apresuradamente para poder darle lumbre.

-"A Murakami". Le contesto. "Al sur de la frontera, al oeste del sol" le confirmo a renglón seguido posando en la portada de la novela las yemas de los dedos de mi mano derecha.

-"¿Y está bien?" me plantea ella acerca de lo de adentro.

-"Sí, está bastante bien, es ameno. Pero Murakami resulta un poco frustrante. Te va atrapando página a página con una serie de enigmas, bastante bien traídos, cuya solución no llega a desvelar luego".

-"O sea ¿que el libro se acaba sin que tú llegues a enterarte de un montón de cosas interesantes?".

-"Justo. Eso es lo que hace Murakami. Te habla de un montón de cosas interesantes que no llega a aclarar después".

-"Sí, eso es algo que en el cine pasa a menudo. Películas buenas con un final malo".

-"La verdad, los finales son siempre bastante difíciles de resolver".

-"¿Lo estás diciendo por lo que les pasa a las parejas...?".

-"No, no. Me estoy refiriendo única y exclusivamente a como rematar bien una historia, me da igual que sea una película o una novela, pero tiene que ser una historia de ficción. A mi juicio es sumamente complicado dar con un final redondo capaz de dejar puesta cada cosa en su sitio. Ya puedes verlo, casi todos los escritores terminan haciendo uso de los desenlaces abiertos" le aseguro a la mujer, firmemente convencido de mis palabras.

-"Y eso.. no está bien.. según tú..." deduce ella.

-".. es algo -dijéramos- parecido a hacer trampas". Vuelvo a mostrarme crítico con ocasión de juzgar a los novelistas que resultan incapaces ponerles fin a sus fábulas sin haberse dejado, abandonados por el camino, un montón de cabos sueltos.

-"No sé ..." añade la mujer "... creo que en la realidad no existe historia alguna que antes de terminarse haya dejado perfectamente claro todo lo que sucedió hasta ese momento. Gracias, adiós... ".

-"Las novelas no tienen por que reflejar la realidad" intentó justificarme antes de que me deje.

Ella le da una calada al pitillo y se marcha. Yo reabro el libro otra vez. Unos débiles rayos de sol pugnan por colarse en el local abriéndose paso entre las botellas de ron y los letreros animando a su consumo que hay presentes en el escaparate de la fachada. La "happy hour" da comienzo a las siete y media y termina a las ocho y media. Vale el doble ese tiempo.

Concluyo la cerveza y el capítulo.

Al marcharme, veo a la mujer de negro, sentada sola en una mesa junto a la puerta. Permance con las gafas de sol puestas. La miro a la cara y esbozo una sonrisa amistosa a modo de despedida. Ella permanece impertérrita, como si no me hubiese visto. Continua aguardando. Esperando...

¿Y si en realidad no fuese ciega? me pregunto. Y mi confusión es total.

6 comentarios:

  1. "Reflejar" tiene un significado lo suficientemente amplio como para que no pueda afirmar, como me pide el cuerpo, que las novelas NO tienen que reflejar la realidad. Vale, que la "reflejen"... si se quiere llamar así a manipularla, utilizarla como materia prima, elaborarla, inspirarse en ella... Pero lo que desde luego no tienen que hacer es comportarse como ella. Una novela que sea "un pedazo de realidad" me sobra por completo: ya tengo a la realidad propiamente dicha, para eso. Las novelas deben, en mi opinión, cerrar las historias y atar los cabos y dejar claro todo lo que ha pasado, precisamente porque la vida real no lo hace. La realidad no nos la cuenta nadie, está ahí, informe, sin centro ni punto de vista ni propósito, o con infinitas cantidades de todo ello anulándose mutuamente. Una novela, en cambio, es un relato, es decir, se caracteriza justo por lo que NO tiene la realidad: forma, centro, punto de vista, propósito. Una novela es todo lo contrario que la realidad, esa es su razón de ser y su vocación. Negarla, subvertirla, cristalizarla, tergiversarla, deformarla, engañarnos sobre ella, fingir. Y por ello explicar lo que no tiene explicación, atar los cabos que en realidad quedan sueltos, cerrar las historias abiertas...

    He dicho.

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    1. Vanbrugh

      Suscribo tus palabras punto por punto. Como si las hubiera dicho yo, ea. Aunque a la hora de trasladarlas al papel, si a eso vamos, no me hubiese dado tan buen maña. Así que... de acuerdo al ciento por ciento, amigo mío. ;-)

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  2. Yo creo que no es ciega, y aunque se sepa infalible y no encuentre nada de lo que arrepentirse, en realidad siente siempre una retorcida e inconfesada satisfacción cuando, gracias a su buen hacer, ve caer a alguien lleno de confusión a un lado del camino. Luego se mira al espejo y se ve más mona todavía, la muy cabrona.

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    1. Antonio,
      No va a quedarnos otro remedio que tener que quitarla las bragas. Para los que no sepan de que va esta admonición

      http://panameblues.blogspot.com.es/2014/01/la-chica-del-videoclub_9.html.

      ¡Qué lo disfruten! Como yo. Je, je, je....

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  3. ”Digamos, antes de nada, que en ocasiones resulta realmente difícil separar lo personal de lo profesional. Dejar de lado nuestras creencias, nuestras opiniones, nuestros ideales cuando leemos. Tal vez es el mayor desafío al que se enfrenta el crítico. Para bien o para mal.” Esta cita, que a mí me parece acertadísima es de Vicent Diable, filólogo y bloguero. La mayoría de los críticos no nos advierten de esta distinción, y yo creo que deberían hacerlo. Yo no soy crítico, sino lector, ávido lector y por eso puedo permitirme el lujo de afirmar que Murakami me toca mucho los cojones, me resulta totalmente ajeno. Dicho esto, estoy con Vanbrugh (y por lo que parece contigo): un relato no es la realidad, ni un retazo de realidad, no es verdad, sino verosímil, y por eso es también una forma de placer (las cosas tienen sentido, ese que tan a menudo le falta a la vida) y de conocimiento (explican a veces la vida mejor que la propia vida: véase Chejov, Conrad y Rushdie, por ejemplo)

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  4. Los argumentos deben ser siempre verosmiles, salvo cuando el autor, al idearlos, lo que haya perseguido haya sido, precisamente, la inverosimilitud. Y perdón por la obviedad.

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