jueves, 19 de diciembre de 2013

WHEN I'M SIXTY FOUR


Me hago viejo y hablo del tiempo que va a hacer sin ser, yo, pastor ni navegante. Para vestir de gala me vale, ya, casi cualquier indumentaria del armario. Los años van pasando y, en lugar de huevos fritos con panceta churruscada, me apetece más cenar macedonia de frutas naturales.

Me hago viejo y el anacrónico deseo de besar adolescentes, me impulsa a hacer escarnio de su desfachatez y a criticar las concisas dimensiones de sus faldas.

Ya me deshice del tabaco, de las patatas fritas y casi, casi, del alcohol. Mucho me temo que de un momento a otro los recuerdos comenzarán a molestarme, aunque sean gratos, y acogiéndome a razones de higiene emocional, muy poderosas, tendré que intentar no procurarles atención excesiva.

Me resulta cada vez más complicada mi vida, tener que mezclarla con la de los demás y todo eso, sabiendo que la mayoría de ellos están equivocados y que aunque yo se lo diga -y hasta se lo repita mil veces- no van a estar dispuestos a admitirlo.

Imagino que llegará un día en el que me dará ya lo mismo decírselo. Y eso será porque me he vuelto viejo del todo. Y feliz. Con mi música, mi mujer, mis paellas y mi sabiduría. Imagino, también, que en ese día -que, espero, muy lejano- me dará por pensar los motivos por los que tardé tanto tiempo en arrojar la toalla si sabía, de antemano, que la vida me iba a continuar forrando a hostias. Y estoy más que convencido de que todas las explicaciones que baraje, me van a parecer, cuando me ponga a especular con ellas, propias más bien de un gilipollas que de un dandy, que es lo que modestamente he aspirado poder llegar a ser desde que cumplí los veintisiete. O incluso antes.

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