viernes, 13 de diciembre de 2013

UN HOMBRE ATRIBULADO


Es una gota de lluvia que cae desde el cielo, es una rama de almendro tronchada que las hormigas recorren en fila al filo del tiempo, son mil vilanos arrebatados por el viento como en los primeros planos de Amarcord.

Es una chica morena jugando con su móvil tumbada en la cama bajo el póster de una calavera coronada y feliz que se halla clavado sobre el yeso de la pared.

Son dos campanas repicando junto a un santo de piedra y un tropel de vencejos recorriendo los aires como si fueran moscardones, taladrando con sus alas de telaraña la tristeza invisible del final de la tarde, lanzándose en picado como ingenuos kamikazes apócrifos contra el terrado pardo de la rotonda. Enseñan a los hombres que todo es relativo; que incluso el miedo y la velocidad también lo son.

Es un pesar muy profundo que no se comparte: revivir en silencio el escozor de las humillaciones sabiendo que cada día que pasa el margen para la fascinación es más estrecho. Es la vergüenza.

Es ponerse a pensar en el futuro y pensar sólo en ellas: las únicas capaces de detener el tiempo, las únicas que pueden endulzar la amargura. Son las mujeres.

Es una carretera llena de coches y recuerdos, de hostales desangelados y taludes de tierra seca. Proclaman la realidad de lo bastardo.

Son las páginas leídas de un libro sin valor, una planta de plástico mugriento y un vaso de vino malo servido con desidia. Unas cuantas razones de peso para haber sucumbido a la costumbre o haberme convertido en un cínico.

Es la marca de los labios que deja en los espejos nuestro amor más sincero, es repetir a lo loco un nombre, un rezo, una manía... para evitar volvernos locos. Es el temor a lo ignorado. La negación de las evidencias que nos duelen. Tener sed....

... es no saber a quién hablarle para que te escuchen, no encontrar nunca aparcamiento a la primera y estar a punto de perder la paciencia en los criminales atascos de los viernes.

Es querer recordar... cuando apenas, ya, recuerdo nada.

2 comentarios:

  1. Sí. O más precisamente el desencanto. Siempre nos quedarán los recuerdos.

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