martes, 3 de diciembre de 2013

IRLANDA Y LOS MUERTOS


Llegué hasta el salón de un pub de un pueblo cuyo nombre he olvidado, sólo puedo deciros que la frontera del Ulster no se hallaba demasiado lejos. Llegué bajo la lluvia, con los zapatos empapados de agua y los calcetines calados. Era por la tarde, casi de noche. Pedí un whisky. Los chicos y las chicas bailaban allí dentro de lo lindo. De repente... la luz se apago de improviso y yo le pregunté al rubio que estaba a mi lado por qué era aquello. De repente... empezó a sonar un violín: agudo, estridente, incisivo... y aquel tipo me contestó que lo que estaba sonando era justo la música del muerto.

Bajé a county Sligo entre las mil arrugas que el Atlántico va dejando marcadas en la piedra de Donegal y hablé con un pescador viejo que me encontré en una playa vacía, zurciendo redes. Un trueno retumbó a lo lejos, el agua de la lluvia comenzó a crepitar sobre la arena y el hombre empezó a silbar una melodía. Me pareció reconocerla. Era la música de un muerto.

En los farallones de Moher me detuve para ver volar a las pardelas, para verlas caer, lanzándose en picado, contra el turbión de espuma del océano. Entre las rocas apareció un cuervo negro, agorero y bribón, y todas ellas huyeron despavoridas directas hacia las nubes. El pajarraco termino posándose junto a mis pies y me guiñó un ojo -¡lo juro!-. “Tal vez sepa hablar”, pensé, y le pregunté como se llamaba. El muy cabrón graznó, me miró con sorna y se puso a bailar -dando saltos y agitando el pico- una música sin final, la música de los muertos.

De camino hasta Kerry pasé por prados y por valles, por sendas y cañadas. Le pregunté a un buhonero que vendía latón por la ruta hacia Dingle y él me recomendó, muy serio: “si vas a Dingle, muchacho, no dejes de bailar con alguna de las mujeres del pueblo” y me regaló un ojo, hecho de un ojo seco de carnero, para poder librarte del hechizo de los demonios durante las noches de la cuaresma.

En Kerry volví a embriagarme una vez más con whisky malo de la divina Irlanda y no tuve ocasión de bailar con ninguna de las mujeres más bonitas que hay sobre la faz de la tierra. Pero disfruté como un chiquillo contemplándolas.

Ya de vuelta en Dublin, una tarde, en Temple Bar, bebiéndome unas pintas de cerveza mientras hojeaba un libro, se me acercó una mujer china, o al menos del oriente, y me dijo que yo estaba muerto. Me ofreció, luego, un manojo de rosas para mi tumba... y, yo, se las compré.

Al día siguiente me hallaba tumbado junto al Liffey, mirando el vuelo de los aviones de camino a norteamérica. Apenas movía un músculo, casi no respiraba, y bien podía parecer un cadáver.

2 comentarios:

  1. ¡Ay, Dios! :

    para mí es leer 'Dublin y Los muertos', y me salta Joyce y sus Dublineses...

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  2. Gran relato, de esos que se releen en cuanto termina la primera lectura para disfrutarlos bien.
    Hace pensar en un poema de Yeats cantado por los Clancy brothers, o en una canción de los Clancy brothers versioneada por los Pogues o los Waterboys (me lío).
    "But the Angelus bell over the Liffey swell rang out through the foggy dew".

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