domingo, 29 de diciembre de 2013

ZEN O NO ZEN (That is the question)

(Nick Pedersen)

Una confesión. Sólo me siento verdaderamente libre cuando no pienso en nada.

¡Qué fantástico poder dejar la mente en blanco… sin recuerdos, sin aspiraciones! Sin estériles deseos de revancha. Sin ni siquiera buenas intenciones a las que tanto esfuerzo nos supone, luego, llegar a dar fehaciencia. Incluso las más sencillas fantasías atenazan la libertad: y uno se ve en la necesidad de vadear el foso para poder rescatar a la princesa, acudir a una agencia bancaria a depositar el boleto con los millones de "la primitiva" o tirarse catorce horas seguidas por los aires, sin poder estirar las piernas, en el avión con destino a Honolulu. ¡Con lo bien que se está en casa con la ropa seca, sin tener que hablar con chupatintas, tumbado a la bartola en el sofá del cuarto de estar!

Interrumpir los pensamientos a voluntad e integrarse mentalmente en la cadencia de las sensaciones -un cosquilleo, el silencio, un vaso de agua para aliviar la sed- componen el objetivo. La calma: sentir el flujo de la sangre llegar hasta las yemas de los dedos y el vaivén de la respiración, lenta y acompasada, que eleva y hace descender, de manera casi imperceptible, tu caja torácica. Notar los músculos dilatarse y destensarse los tendones. Vencer la tentación del pensamiento. Porque nada con lo que cavilemos va a conseguir hacernos recuperar el tiempo, si son recuerdos, ni, probablemente, merezca hacerse realidad, si son deseos, y porque lo único que habrán de provocar esas confusas series de comeduras de coco en las que las mujeres y los hombres acostumbramos a enredarnos… cuando nos hallamos solos… es a que afloren gratuitamente, a la luz de nuestras mentes, nuestras miserias más íntimas; nuestra lamentable frustración.

¡Pero es tan difícil resistirse a proveernos de una vida paralela con la que poder confrontar la real! ¡Cuesta tanto dominar el impulso de poder cantar victoria, siquiera de tarde en tarde, y pese a que no contemos con testigo alguno de la proclamación! ¡Resulta tan jodido convertirse en un pez!.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

BAROJA Y LA SABIDURIA


Uno va cumpliendo años y creyéndose que sabe ¿De qué? De la vida.

Y cada vez tiene peor opinión sobre todo y menos confianza en los demás. Pero ¿de verdad va todo cuesta abajo?. La vida de uno mismo, seguro. En cuanto a la vida de los demás, dependerá de la edad que tengan, supongo. Respecto de la época, habrá que apelar a los términos de comparación. En cualquier caso, creo, quiero creer, estoy impelido a creer, que continúa habiendo héroes y santos capaces de brindarle al mundo el tono que este necesita para no terminar convertido en un horrendo gallinero de pollos indefensos, gallinas cluecas y gallos fanfarrones incapaces de cantar sin hacer gallos.

Le pregunta, su prima, a José Larrañaga, uno de los personajes de Baroja, don Pío, sobre la vida:

-“¿Tú crees que se aprende algo en la vida, Joshé?”.

-“Poco. Lo que ocurre es que se confunden la debilidad y la desgana que traen los años, con el juicio y la sabiduría”.

-“¿Nada más?”.

“Para mí, nada más. Aprender, para mucha gente, es sinónimo de tener mala opinión de los hombres. Cuando creen que han descubierto que no hay amistad sincera, ni amor, ni heroísmo, piensan que saben. Y no hay tal. Qué duda cabe que hay amor, amistad, heroísmo, caridad y hasta santidad”.

Lo que aparece a continuación en el texto es bastante desalentador, ya que habiendo defendido Larrañaga, como hemos visto, la vigencia entre sus congéneres de toda esa serie de valores básicos, termina por reconocer que una inmensa mayoría -a los que a Baroja no le importa asemejar con el ganado- carece por completo de ellos.

Pero vaya… no me he presentado yo aquí, intempestivamente, en esta mañana de Navidad, tan entrañable, o así debería de serlo, para criticar al prójimo -más cómodo y mejor dejar que sean ellos mismos los que, si acaso, se pongan en evidencia- sino para reconocer en público que los años que voy viviendo, en lugar de hacerme más sabio, me estén volviendo probablemente más débil y más desencantado. Y como a todo hay que tratarlo de encontrar su lado amable -nobleza obliga- también pudiera ser que me estuviesen convirtiendo en alguien menos ambicioso y más prudente. Pero… ¿más sabio? También en esto, como en tantas otras cosas, don Pío se ha encargado de aflojarme la venda con la que suelo taparme los ojos, un día sí y otro también, para procurar salir indemne de los desengaños... y los duelos... implícitos al paso del tiempo.

jueves, 19 de diciembre de 2013

WHEN I'M SIXTY FOUR


Me hago viejo y hablo del tiempo que va a hacer sin ser, yo, pastor ni navegante. Para vestir de gala me vale, ya, casi cualquier indumentaria del armario. Los años van pasando y, en lugar de huevos fritos con panceta churruscada, me apetece más cenar macedonia de frutas naturales.

Me hago viejo y el anacrónico deseo de besar adolescentes, me impulsa a hacer escarnio de su desfachatez y a criticar las concisas dimensiones de sus faldas.

Ya me deshice del tabaco, de las patatas fritas y casi, casi, del alcohol. Mucho me temo que de un momento a otro los recuerdos comenzarán a molestarme, aunque sean gratos, y acogiéndome a razones de higiene emocional, muy poderosas, tendré que intentar no procurarles atención excesiva.

Me resulta cada vez más complicada mi vida, tener que mezclarla con la de los demás y todo eso, sabiendo que la mayoría de ellos están equivocados y que aunque yo se lo diga -y hasta se lo repita mil veces- no van a estar dispuestos a admitirlo.

Imagino que llegará un día en el que me dará ya lo mismo decírselo. Y eso será porque me he vuelto viejo del todo. Y feliz. Con mi música, mi mujer, mis paellas y mi sabiduría. Imagino, también, que en ese día -que, espero, muy lejano- me dará por pensar los motivos por los que tardé tanto tiempo en arrojar la toalla si sabía, de antemano, que la vida me iba a continuar forrando a hostias. Y estoy más que convencido de que todas las explicaciones que baraje, me van a parecer, cuando me ponga a especular con ellas, propias más bien de un gilipollas que de un dandy, que es lo que modestamente he aspirado poder llegar a ser desde que cumplí los veintisiete. O incluso antes.

martes, 17 de diciembre de 2013

UN HOMBRE DE PROVECHO


Como si fuesen los ladrillos de un tabique al caer, así fue deshaciéndose abruptamente aquel atardecer de marzo. Había aprobado el examen. Poco más. La vida -la mía, también- había dado comienzo bastante antes. Me bebí algunos whiskies como si nunca hubiese aprobado un examen o como si fuese alguien capaz de aprobar cualquier examen. Volví caminando a casa en el silencio de la noche. Yo solo. Era justo el mismo tipo de hacía cuatro viernes y comprendía perfectamente que un diploma no iba a poder ser capaz de cambiar mi vida.

Entré en un after, pedí un whisky más. Probablemente, alguno de los de allí dentro no hubiera aprobado un puto examen en su vida. Más seguro que predominasen los que sí habrían sido capaces de hacerlo. Daba igual, todos bebían. Bebían como cosacos. Reían. Se partían el culo, los cabrones. Fanfarroneaban a lo grande. Estaban jugando. Apostando en una partida perdida de antemano. Pujaban bien fuerte. Y perdían. Porque en la vida, una mano tras otra, sin descanso, el tiempo es el dueño indiscutible de la banca. El cero juega a su favor.

Al llegar a casa tuve que ir, lo primero, al cuarto de baño. Sentía un malestar horrible. Me acosté mareado, dando traspiés. Mientras estaba dormido me pareció oirles cantar a los de Village People. "In the Navy". Me levanté al día siguiente... tarde, aturdido por la resaca. Antes de entrar en la ducha no me importó echarle un vistazo rápido a mi cara en el espejo de encima del lavabo. ¡Menudo botarate!.

viernes, 13 de diciembre de 2013

UN HOMBRE ATRIBULADO


Es una gota de lluvia que cae desde el cielo, es una rama de almendro tronchada que las hormigas recorren en fila al filo del tiempo, son mil vilanos arrebatados por el viento como en los primeros planos de Amarcord.

Es una chica morena jugando con su móvil tumbada en la cama bajo el póster de una calavera coronada y feliz que se halla clavado sobre el yeso de la pared.

Son dos campanas repicando junto a un santo de piedra y un tropel de vencejos recorriendo los aires como si fueran moscardones, taladrando con sus alas de telaraña la tristeza invisible del final de la tarde, lanzándose en picado como ingenuos kamikazes apócrifos contra el terrado pardo de la rotonda. Enseñan a los hombres que todo es relativo; que incluso el miedo y la velocidad también lo son.

Es un pesar muy profundo que no se comparte: revivir en silencio el escozor de las humillaciones sabiendo que cada día que pasa el margen para la fascinación es más estrecho. Es la vergüenza.

Es ponerse a pensar en el futuro y pensar sólo en ellas: las únicas capaces de detener el tiempo, las únicas que pueden endulzar la amargura. Son las mujeres.

Es una carretera llena de coches y recuerdos, de hostales desangelados y taludes de tierra seca. Proclaman la realidad de lo bastardo.

Son las páginas leídas de un libro sin valor, una planta de plástico mugriento y un vaso de vino malo servido con desidia. Unas cuantas razones de peso para haber sucumbido a la costumbre o haberme convertido en un cínico.

Es la marca de los labios que deja en los espejos nuestro amor más sincero, es repetir a lo loco un nombre, un rezo, una manía... para evitar volvernos locos. Es el temor a lo ignorado. La negación de las evidencias que nos duelen. Tener sed....

... es no saber a quién hablarle para que te escuchen, no encontrar nunca aparcamiento a la primera y estar a punto de perder la paciencia en los criminales atascos de los viernes.

Es querer recordar... cuando apenas, ya, recuerdo nada.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

LECTOR DE MAPAS, CREADOR DE TERRITORIOS


Han especulado bastantes novelistas -se trata, además, de un tema que parece estar de moda- acerca de la ficción primigenia, la novela total. Una novela que abarcara dentro de sí a todas las otras novelas posibles: con todos sus personajes, todas sus tramas, todas sus ambientaciones.... . Y aunque los ejercicios estilísticos que se han pretendido al respecto no han sido demasiados en número ni demasiado concluyentes -quizás el más notorio pudiese ser el de la Enciclopedia- sí que han abundado las especulaciones figurativas de los escritores a la hora de conjeturar como podría alcanzarse ese logro. Yo... por mi parte, y me imagino que no voy a ser el primero en hacerlo, opto por propugnar los mapas, su naturaleza, sus peculiares atributos, como lo más parecido posible a esa novela perfecta.

Los nombres, casi cada nombre, de los pueblos, las ciudades, los ríos -y los mares- que aparecen reflejados en los mapas, no engañan, existen, suenan delicioso. Y ¡ay amigos míos! son terriblemente evocadores. La península de Karelia, el Mar de Coral, el Cusco, Vancouver, Vico Equense, Tozeur, Albarracín.... ¿cómo no imaginárselos bellos y cercanos, pero también desconsoladamente perdidos, cuando los ves ordenados con meticulosidad -siempre en su sitio exacto- en las planillas de los mapas? ¿cómo cohibirte a la hora de incorporarte con la mente a esa carretera roja, llena de curvas, que serpentea el Atlas, o a esa otra que conduce hasta Urbino, o a aquella de allá, más estrecha, tan alta, llena de incertidumbre, que discurre entre los sombríos precipicios de Los Andes? ¿Cómo no querer remontar el Nilo en una falúa o reprimir las ganas de desembarcar en Saint-Tropez, una tarde luminosa de junio, en pleno puerto?

¿Existe algún título, alguna novela... cualquiera, la que sea... que le permita a tu imaginación volar tan lejos, planear tan alto?.

Cada vez que los abrimos, los mapas, sus miles de hitos, nos deparan: parajes inolvidables, personajes de toda laya, recuerdos por docenas, espontáneas evocaciones.... Nos brindan, en suma, la posibilidad de jugar con nuestra propia imaginación para poder construirnos a la medida y sin las imposiciones de un extraño -que, a lo mejor, no está tan dotado como él piensa para la farsa o cuya sensibilidad, casi con total certeza, va a revelarse a menudo dispareja con la que a nosotros nos es propia en esos precisos instantes- la novela perfecta. La novela total. Justo la que nos apetece leer. Porque... pese a que se haya querido especular con dicha dicotomía, para terminar menoscabándose al veraz mapa, los mapas, se diga lo que se diga y pésele a quien le pese, también encierran consigo, y de manera muy íntima, al territorio. E incluso en bastantes ocasiones, a poco que nos abandonemos a un ligero alarde de fantasía, a los variopintos personajes que lo pueblan en cada lugar. En cada instante.

lunes, 9 de diciembre de 2013

BLUE CARIBE


Burdeles de meseta. Servilletas de papel. Las chicas no son siempre las mismas. Rumanas, brasileñas, rusas. Pero se comportan como si lo fuesen. Te guiñan el ojo con gesto de cansancio al pasar por su lado. Te piden que las invites a una copa. Te susurran al oído lo mucho que te desean, prometiéndote que si te vas con ellas te darán mordisquitos en el cuello, suavecito y tal, como si fuesen vampiras buenas. Casi todas se declaran capaces de hacerte feliz. Sesenta euros la media hora, noventa euros una hora ¿No quieres enderezar tu vida, cariño?.

En el parking de tierra permanecen un montón de coches vacíos oliendo a hombre. A discusiones de trabajo y penaltis fallados. Coches que llegan y se van. Risotadas, acelerones. Es la celebración del viernes a la medianoche. Cuando las vampiras buenas bajan de sus cuartos llenos de peluches rosas y cuchillas de depilar para ilustrarles a los machos acerca de algunas de las claves de la vida. Recordarles que aunque hay razones de sobra para amar, igual las hay abundantes para la venganza. Hacerles saber que los duelos del amor no radican en unas bragas negras ni en el precio de unos cuantos corazones rotos sino en el peso de tu propio corazón roto. No silenciar que también... en muchas ocasiones... abundan los motivos para salir huyendo.

A lo largo de una vida no habrán de ser pocas las oportunidades en las que... para pasar la noche... el destino nos va a terminar brindando cobijo en un cuarto extraño lleno de peluches. Irremisiblemente perdidos en un puti-club de carretera. Venturosamente salvados en un puti-club de carretera. Unas luces... verdes, rojas y amarillas alumbrando, como bengalas, las miserias de nuestro mismo corazón. Desafiando, rutilantes, al paso del tiempo. Con pujanza. A imagen y semejanza de esas otras que se encienden y se apagan en la oscuridad, cada noche, junto a la autopista, para encelar a todos esos hombres tristes y atribulados que la recorren velozmente en la oscuridad cada noche de una punta a otra, con la promesa inextinguible de un Caribe Azul.

martes, 3 de diciembre de 2013

IRLANDA Y LOS MUERTOS


Llegué hasta el salón de un pub de un pueblo cuyo nombre he olvidado, sólo puedo deciros que la frontera del Ulster no se hallaba demasiado lejos. Llegué bajo la lluvia, con los zapatos empapados de agua y los calcetines calados. Era por la tarde, casi de noche. Pedí un whisky. Los chicos y las chicas bailaban allí dentro de lo lindo. De repente... la luz se apago de improviso y yo le pregunté al rubio que estaba a mi lado por qué era aquello. De repente... empezó a sonar un violín: agudo, estridente, incisivo... y aquel tipo me contestó que lo que estaba sonando era justo la música del muerto.

Bajé a county Sligo entre las mil arrugas que el Atlántico va dejando marcadas en la piedra de Donegal y hablé con un pescador viejo que me encontré en una playa vacía, zurciendo redes. Un trueno retumbó a lo lejos, el agua de la lluvia comenzó a crepitar sobre la arena y el hombre empezó a silbar una melodía. Me pareció reconocerla. Era la música de un muerto.

En los farallones de Moher me detuve para ver volar a las pardelas, para verlas caer, lanzándose en picado, contra el turbión de espuma del océano. Entre las rocas apareció un cuervo negro, agorero y bribón, y todas ellas huyeron despavoridas directas hacia las nubes. El pajarraco termino posándose junto a mis pies y me guiñó un ojo -¡lo juro!-. “Tal vez sepa hablar”, pensé, y le pregunté como se llamaba. El muy cabrón graznó, me miró con sorna y se puso a bailar -dando saltos y agitando el pico- una música sin final, la música de los muertos.

De camino hasta Kerry pasé por prados y por valles, por sendas y cañadas. Le pregunté a un buhonero que vendía latón por la ruta hacia Dingle y él me recomendó, muy serio: “si vas a Dingle, muchacho, no dejes de bailar con alguna de las mujeres del pueblo” y me regaló un ojo, hecho de un ojo seco de carnero, para poder librarte del hechizo de los demonios durante las noches de la cuaresma.

En Kerry volví a embriagarme una vez más con whisky malo de la divina Irlanda y no tuve ocasión de bailar con ninguna de las mujeres más bonitas que hay sobre la faz de la tierra. Pero disfruté como un chiquillo contemplándolas.

Ya de vuelta en Dublin, una tarde, en Temple Bar, bebiéndome unas pintas de cerveza mientras hojeaba un libro, se me acercó una mujer china, o al menos del oriente, y me dijo que yo estaba muerto. Me ofreció, luego, un manojo de rosas para mi tumba... y, yo, se las compré.

Al día siguiente me hallaba tumbado junto al Liffey, mirando el vuelo de los aviones de camino a norteamérica. Apenas movía un músculo, casi no respiraba, y bien podía parecer un cadáver.