lunes, 18 de noviembre de 2013

STRIPTEASE. Parte I "CARACOLES"


Parte I. Caracoles.

“Vamos a entrar” dice Arsenio y me da un tirón del brazo.

Habíamos estado fisgoneando, un poco antes, junto a la puerta. Se anunciaban en un cartel doblado en cuña, con una grafía parecida a la que es habitual en los de las corridas de toros al que le habían añadido algunas fotos en color, un tanto difusas, las actuaciones de varias bailarinas de striptease y la de una pareja, Jonathan & Esmeralda, que hacían el amor en el escenario. Le habíamos echado al cartel un somero vistazo, casi sin detenernos, y habíamos continuado a buen paso, hacia el centro del pueblo, a tomarnos unas cañas y unos caracoles con tomate -no sé por qué cojones, pero a los dos nos gustaban los caracoles con tomate- en un bar de un vasco.

Arsenio era mayor que yo, estaba ya cursando la carrera y andaría por los veintiuno o así. Pero el cabrón aparentaba algunos más. Estaba quedándose calvo y daba bastante el cante en la discoteca y en los bares de pibas y tal. Luego, por ende, al tío le había molado dejarse una especie de barba de chivo, de profesor joven, de esos que se van a quedar toda la puta vida en la universidad dando el coñazo a los estudiantes, y este detalle, junto con el de la pipa, una pipa de las de fumar que a veces encendía para darse aires -me imagino- tampoco ayudaban demasiado a rejuvenecerlo. Era alto. Demacrados los pómulos, las cuencas de los ojos las tenía ligeramente hundidas... Yo, a su lado, podría parecer un paje o, más bien, un sobrino un poco tolai al que su tío a veces se avenía a sacar por ahí, a dar una vuelta, y ver sellos y monedas y demás cosas de esas que suelen gustarles a los calvos con perilla que fuman en pipa. Pero ¡qué va!. Arsenio no era uno de esos ni de coña, ya lo están observando. Los dos -supongo ahora... que, él, más, por evidentes razones de veteranía- nos moríamos de ganas de echar un buen polvo.

“¡Vamos a entrar, venga!”. Vuelve a insistir Arsenio, quien, sin que yo me haya llegado a apercibir del detalle, me ha conducido de nuevo hasta la entrada del cabaret. Los carteles.

Me daba muchísimo corte meterme en aquel sitio. Me mosqueaba un huevo que me viese por casualidad algún conocido, algo a todas luces bastante dudoso, y me jodía también por mí mismo, me parecía que aquella no era manera de ir forjándose una reputación de tío casta capaz de bajarles un poquitín las bragas a las tías sólo con un chiste malo y una sonrisa de listillo. Pero, la verdad, la inglesa de la foto, una tal Miss Applesweet tenía toda la pinta de estar de puta madre. Y ver a las pizpiretas gemelas Alvarado haciendo de la suyas podría ser igual, algo que mereciese la pena. Lo de la pareja en cambio ¡qué quieren que les diga! me la sudaba. Me parecía una guarrada que no venía ni a que ni a cuento ¡Pues menuda gracia verle la polla a un tío!”.

Y... miren, para que vean lo que son las cosas, al final, la enérgica voluntad de Arsenio consiguió salirse con la suya.

3 comentarios:

  1. Aguardo a la parte II para saber a qué atenerme.

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  2. Es una de esas historias de postadolescencia (o primera juventud) con las que intento elevarles la moral a mis miles de seguidores, haciéndoles ver que todavía los ha habido más pardillos que ellos. Espero poder postear esta tarde, la segunda parte de la historia.

    ¡Un abrazo!

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    1. La 'postadolescencia' como la llamas es esa etapa del desarrollo que la mayoría de los varones españoles no alcanzan nunca, ¿no?

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