viernes, 22 de noviembre de 2013

STRIPTEASE. Parte II "BOMBEROS ARDIENTES"


Parte II. Bomberos Ardientes

Lo que a continuación sucedió entraba dentro de lo previsible. Veamos: miss Applesweet aparentaba unos cuarenta, o incluso cuarenta y cinco tacos, y tenía papada... corpachón... además de un montón de agujeros en las medias y unas tetas redondas, y absurdas, por culpa de la silicona. Las siluetas de las gemelas Alvarado resultaron ser bien distintas a las de las chicas de la fotografía. Por supuesto, de gemelas nada de nada. Y en lo que atañe a la pareja de guayabos que se lo montaba en directo ¡un rollo, igual! tal y como me había imaginado. A salvo de propiciar su aparición ante el público envueltos en sendas capas negras y unos antifaces del mismo color ocultándolos buena parte del rostro, los ínclitos Jonathan y Esmeralda parecían un matrimonio cualquiera, normal y corriente, de los que te encuentras los fines de semana por la tarde en el Carrefour mirando las ofertas de zumos, por lo que pensar que en unos breves instantes ibas a ser testigo directo de sus efusiones sentimentales más intimas era algo susceptible de provocarte una especie de vergüenza bastante incómoda. Algo así como si al abrir apresuradamente la puerta del baño de casa te encontraras haciendo uso del mismo a una amiga de tu madre que te conoce desde crío.

Inmediatamente ambos se despojaron de sus capas, el escenario se eclipsó bajo una penumbra tamizada por una luz de color púrpura. De debajo de la tarima empezaron a brotar unos regueros de humo blanco. Dedicarse a observar a aquellos dos figuras practicando, humareda por medio, una especie de estiramientos... al estilo de los de Pilates... era lo que se dice un verdadero tostón.

Cuando ellos terminaron, y la sala recobró la luz, vi a un grupo de cuatro tías solas acomodarse en una mesa libre situada a nuestra mano derecha. Al hacérselo saber a Arsenio, este volteó su rostro al instante y, sin apenas solución de continuidad, recabó, nervioso, la atención de uno de los camareros y le pidió que nos pusiese un par de copas. Como yo no tenía ni puta idea de lo que me apetecía tomar, elegí algo que ya hubiera probado antes. El baileys. Pedí un baileys. El nerviosismo de mi amigo era bien notorio.

Las mujeres -andarían por los treinta- empezaron a reírse como conejos “ji, ji...”, y también, de vez en cuando, dejándose llevar por la procacidad  “¡ja, ja, ja - ja, ja...!”, a carcajearse como gallinas, sin, entre tanto, haber dejado apenas de cuchichear entre ellas. No me estaba enterando demasiado bien de que iba aquella película, lo reconozco. Arsenio se ocupó de aclarármelo. Luego de echarle un vistazo al reloj, declaró:

-“Bueno... las doce menos cuarto. Quedan quince minutos para que empiece la mariconada, esa, de los “Bomberos Ardientes”.

Al parecer, una serie de stripteases masculinos eran los encargados de ponerle el punto y final al programa de actuaciones.

No obstante, con aquellas cuatro tías allí juntas, bebiendo y riéndose en la mesa de al lado, los dos resolvimos que debíamos mantenernos firmes en nuestros puestos y apechugar con los nuevos derroteros por los que, a partir de ese momento, iba a discurrir el espectáculo.


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