viernes, 29 de noviembre de 2013

JUAN Y CLARA


‹‹No hacía, aún, una semana que había vuelto de Wiesbaden. Se hallaba impaciente por revelarle su secreto. La tenía ahora, frente a él, acomodada en el diván del gabinete como muchas otras tardes, paciente y hermosa, atemperada por los años, sonriéndole. Le resultaba difícil ocultarle su nerviosismo; debía parecer un bachiller justo antes de presentarse ante el tribunal de grado.

-“¿Ya...?”. Le pregunto ella.

-“Sí” le respondió él con franca timidez, mientras le hacía entrega del cartapacio.

Ella lo abrió y les echó un vistazo por encima a las hojas. “Tienes que salir” le dijo. “Concédeme, por lo menos, un par de horas” añadió.

-“¿A dónde voy?” le preguntó, él a ella, con extrañeza.

-“Siempre serás un niño grande. No sé... acude al parque. Ve a la biblioteca, a la iglesia, a la taberna ¡tanto da! pero concédeme un par de horas, te lo ruego.

Aquellas dos horas contadas, milimétricamente medidas, del reloj, fueron la más largas, hasta entonces, en la vida de Johannes.

Regresó con puntualidad al salón de su casa donde la mujer aguardaba esperándolo. Cuando entró en la estancia, ella se hallaba sentada al piano. Esperándolo. Aunque no lo había movido apenas, él creyó distinguir en el rostro de ella cierta brillantez extraña morderla en los ojos.

Inmediatamente que él tomase asiento en su sillón predilecto, la música comenzó a fluir.

La música continuó sonando, y sonando, y sintió como sus párpados se humedecían de lágrimas. Durante unos instantes fue consciente de haber hecho suya, como ningún otro hombre lo habría conseguido jamás, a Clara. La música, su música, le había permitido apoderarse no sólo de su alma, sino... también de su cuerpo››.

Estoy hablándoles de la inconmensurable emoción que hubo de sentir Johannes Brahms, en Viena, al oír por primera vez el tercer movimiento de su tercera sinfonía interpretado al piano por otro; más concretamente, su adorada Clara Schumann. El tenía por aquel entonces cincuenta años, ella sesenta y tres.

O, al menos, así ha pretendido mi fantasía figurárselo, después de que nuestros corazones -los de las mujeres y los hombres- lleven ciento treinta años inflamándose como aquel primer día -imaginado- con los prodigiosos acordes de la pieza. ¡Y los que nos quedan!.

4 comentarios:

  1. ... como dicen los de La Voz, los Byrds sabían hacer suyas las canciones; poco importa si no las habían compuesto

    (disculpa si no viene a cuento)

    saludos

    ResponderEliminar
  2. Hombre... pues no sé... a la hora de alabar el talento de un artista, el hecho de que sea él el creador original de la obra me parece un dato a tener en cuenta. Tocan por ahí, por la costa, por las terrazas de la playa, una serie de bandas que hacen una serie de versiones cojonudas de los Beatles, y muchas veces hasta con su toque personal y Queen, pero, la verdad, me cuesta poder apreciarles el talento de Lennon y McCartney. En cualquier caso no pasa res, a tí te gustan más The Byrds y a mí, sus dignos sucesores, TFC. ¡Al fin y a la postre nuestros gustos se complementan!. ;-)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. hombre, no es lo mismo imitar a Beatles que hacer versiones de canciones folk, de Dylan o Pete Seeger, renovadas por completo, mucho mejores en mi opinión que las originales...

      y si se trata de alabar el talento de un artista que no crea, que se lo digan a los admiradores del por muchos alabado Frank Sinnata

      besitos

      Eliminar