viernes, 29 de noviembre de 2013

JUAN Y CLARA


‹‹No hacía, aún, una semana que había vuelto de Wiesbaden. Se hallaba impaciente por revelarle su secreto. La tenía ahora, frente a él, acomodada en el diván del gabinete como muchas otras tardes, paciente y hermosa, atemperada por los años, sonriéndole. Le resultaba difícil ocultarle su nerviosismo; debía parecer un bachiller justo antes de presentarse ante el tribunal de grado.

-“¿Ya...?”. Le pregunto ella.

-“Sí” le respondió él con franca timidez, mientras le hacía entrega del cartapacio.

Ella lo abrió y les echó un vistazo por encima a las hojas. “Tienes que salir” le dijo. “Concédeme, por lo menos, un par de horas” añadió.

-“¿A dónde voy?” le preguntó, él a ella, con extrañeza.

-“Siempre serás un niño grande. No sé... acude al parque. Ve a la biblioteca, a la iglesia, a la taberna ¡tanto da! pero concédeme un par de horas, te lo ruego.

Aquellas dos horas contadas, milimétricamente medidas, del reloj, fueron la más largas, hasta entonces, en la vida de Johannes.

Regresó con puntualidad al salón de su casa donde la mujer aguardaba esperándolo. Cuando entró en la estancia, ella se hallaba sentada al piano. Esperándolo. Aunque no lo había movido apenas, él creyó distinguir en el rostro de ella cierta brillantez extraña morderla en los ojos.

Inmediatamente que él tomase asiento en su sillón predilecto, la música comenzó a fluir.

La música continuó sonando, y sonando, y sintió como sus párpados se humedecían de lágrimas. Durante unos instantes fue consciente de haber hecho suya, como ningún otro hombre lo habría conseguido jamás, a Clara. La música, su música, le había permitido apoderarse no sólo de su alma, sino... también de su cuerpo››.

Estoy hablándoles de la inconmensurable emoción que hubo de sentir Johannes Brahms, en Viena, al oír por primera vez el tercer movimiento de su tercera sinfonía interpretado al piano por otro; más concretamente, su adorada Clara Schumann. El tenía por aquel entonces cincuenta años, ella sesenta y tres.

O, al menos, así ha pretendido mi fantasía figurárselo, después de que nuestros corazones -los de las mujeres y los hombres- lleven ciento treinta años inflamándose como aquel primer día -imaginado- con los prodigiosos acordes de la pieza. ¡Y los que nos quedan!.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

“MAS DIFICIL TODAVÍA”. La novela perfecta.


Parte I. En busca de El Dorado.

Son fuentes de inspiración de este artículo algunos blogs que leo en matería de crítica literaria ¡Nada menos ambicionan hallar El Dorado!

Como les digo, coinciden todos ellos -me considero un tío moderno y estoy, por tanto, apuntado a algunos de los blogs que también aspiran a serlo- en la búsqueda de la piedra filosofal, en querer descubrir la fuente de la eterna juventud, en poder ser diestros para saltarle sus tenaces cerrojos al escondrijo de Pandora. Aspiran al paladeo de las dulces glorias de un deslumbrante Nirvana mental, en suma. E ¡ilusos sus autores! pretenden hacerlo penetrando, hundiéndose, revolcándose... no ya en la contemporaneidad ¡sino incluso también en el futuro!. Grecia y Roma no les bastan, las sagas medievales les superan (a mi también, tengo que confesarlo), el renacimiento les es insuficiente ¡Qué no decir del cursi romanticismo, del plano y evidente realismo, del zafio costumbrismo! El existencialismo, la novela gótica, ya les molan algo más, pero... no, tampoco les terminan de convencer del todo, siguen insatisfechos. E insatisfechos permanecen, los pobres, ante la meticulosa literatura del diecinueve, frente a la convulsa, cruda y heterogénea narrativa del veinte. Quieren más. Quieren siglo XXI. Bendito siglo XXI. La eclosión de una narrativa nueva capaz de lograr que los ojos se libren de vendas. Dotada de virtudes bastantes para que nuestras conciencias sean conscientes del manifiesto engaño. Un engaño de siglos. Tan viejo como todos esos muertos, y muertas, que a lo largo del tiempo se han dedicado a difundirlo.

¿Y como no voy a llamarles ilusos a todos estos avanzados arúspices de la nueva era, si es lo que son? ¿Qué puede hacerles pensar a todos ellos que los frutos de una década de esfuerzos van a poder mejorar los frutos de doscientas décadas de esfuerzos? Pues solamente la buena voluntad y el afán de supervivencia. Empresas, ambas, bien propias de ilusos... ya que sabido es que la contumacia de los hechos (por muy desafortunados que estos sean) se impone siempre a la ilusión de nuestros deseos (por muy loables que quepa calificarlos) y más conocido aún, y hasta cien por cien constatable, es el dato de que todos la vamos a diñar tarde o temprano. Pretender, por tanto, descubrir únicamente la pólvora literaria entre las novedades contemporáneas se me antoja empresa propia de medrosos -capaces de desentenderse por cierto temor supersticioso, opino, de las excelencias del pasado- o de inmaduros y poco decididos lectores que para llegar a aceptar un texto, exigen del mismo una ambientación dramática que les resulte más o menos familiar.

Más normal y más probable, a mi juicio, será llegar a hacer alguno de tales turbadores descubrimientos, de los que les he hablado, en las librerías de viejo, en los mercadillos... entre toda esa serie extensísima de libros leídos por otros, leídos por muertos, ya descatalogados hoy, cuya existencia nos era desconocida, que han sido redactados a lo largo del transcurso entero de toda la historia de la literatura. Libros concebidos en una época en la que única alternativa de pública expresión para los fabuladores de valía era la letra escrita.

Parte II. Las alternativas tecnológicas a la literatura.

Y más natural, por ende, que nos entreguemos a disfrutar de todas esas innovaciones de índole narrativa que, con tanto ahínco, nuestro intelecto parece demandarnos, introduciéndonos en el campo del cine, en el de los videos musicales, en el de los videojuegos, donde los narradores contemporáneos con verdaderas intenciones experimentales, y las dotes necesarias para conseguir satisfacerlas, han venido a volcar, a partir de la mitad del siglo veinte, todo su talento, toda su experiencia, toda su prodigiosa imaginación.

Cualquier intento de tratar de encajar en el mundo de la palabra escrita -barroco, caprichoso, enfermo... simple en las formas pero profundamente intelectual, tramposo...- esquemas mucho más reglados, bastante más técnicos... -más ortodoxos, en suma- de otras disciplinas del saber o del arte, tiene una buena porción de papeletas, e incluso algunas pocas más, de resultar fallido.

Miren, para que vean... estoy por asegurarles que si a mí me diera por leer la última sensación literaria del momento encumbrada por la crítica de vanguardia, les encontraría a todo ese rupturismo, a ese novísimo post postmodernismo -¿cuántos “post” he puesto? ¿dos? venga, voy a añadirle uno más- post post postmodernismo, notorias similitudes no solo con algún videojuego o determinados videos experimentales de un grupo alternativo lo-fi, sino también con excelsas novelas del pasado, a las que por entonces, cuando fueron publicadas, se las consideró “normales y corrientes” sin serles atribuidas, por absolutamente nadie, ni siquiera por los críticos de vanguardia de por aquel entonces, el menor atisbo de modernidad.  O, incluso, con lo expuesto en las entradas de algún blog. ¡Hasta pudieran ser las de este, notoriamente impresionista!.

Parte III. Antídoto para la melancolía.

Bien. Después de todo lo que les he referido.... ¿todavía arden, ustedes, en deseos, señores críticos, señores lectores, mis estimados, de hallar “el más díficil todavía”? ¿Sii? Vale. Intenten localizar como sea, donde sea, por los medios que sean, justo este libro: “Antídoto para la Melancolía”, del profesor Piero Meldini. Una novela de hace unos veinte años con una estructura narrativa, un argumento y un estilo perfectamente canónicos. Me atrevo a vaticinar que les va a resultar difícil, pero que muy difícil, poder dar con ella, pero que, si al final, tienen suerte y consiguen hacerlo, no se arrepentirán del tiempo invertido en sus pesquisas. Creo que disfrutarán verazmente con su lectura.

Parte IV. Amén.

Amén.

domingo, 24 de noviembre de 2013

STRIPTEASE. Parte III "AGUJAS"


Parte III. Agujas

Aunque los maromos eran tela de macarras y estaban como inflados de aire por culpa de los anabolizantes y las claras de huevo, y otras marranadas por el estilo, ellas parecían estar pasándoselo de miedo a su costa. No cesaban un instante de reírse y de soltarles tonterías. Lo dejaron, sólo, cuando el más currado de todos se acercó hasta el borde del escenario y las animó a que subiesen arriba.

-“Van muy pedo, voy a decirlas algo” me asegura Arsenio, según se incorpora de su silla.

-“Son unas viejas” contesto yo totalmente sobrepasado por los acontecimientos y un tanto acojonado ante la posibilidad, real, inminente, de tener que ponerme a darles palique a unas tías mayores a las que no había visto en mi puta vida.

Sentado allí yo solo... en nuestra mesa... me sentía bastante incomodo, e instintivamente, y sobreponiéndome a la timidez, volví mi cabeza hacía donde se encontraban las damas. Al notarlo, Arsenio comenzó a hacerme señas solicitándome que acudiese.

-"Os voy a presentar a un buen amigo" les dice Arsenio a las chicas, y una de ellas, gordita, con el pelo cortado a capas y un lunar chiquitín junto a la comisura de los labios, aparta su silla un poco y me hace un hueco para que me coloque a su lado. Me acuclillo y me entrego a todo tipo de innobles esfuerzos a fin de que mi sonrisa no parezca fruto de una enfermedad crónica.

-“Huy ¡qué rubito! se parece a Crispín” señala otra de las mujeres que lleva el típico pelo rubio con mechas que les suele gustar ponerse a las morenas. “Uno tiene nombre de veneno y el otro se parece a Crispín” proclama una tercera, morena, muy delgada, con algunas arrugas en la frente, que se le notan más cuando se ríe. Las demás secundan sus carcajadas. Debe ser una de esas a las que les gusta sacarle punta a casi todo. Una lista. Pero la que tiene todas las papeletas de funcionar de verdad -y de eso se trata- es, a mi juicio, la gordita que me ha dejado sitio. La rubia vuelve a la carga: "¿... y tú, nene, que es lo que estás bebiendo? ¿cola-cao?".

Meme, la rellenita, sacó un porción del culo del asiento y se puso medio de costado para dejarme libre el otro trozo. Mientras nos terminábamos las copas, Arsenio continuó formulándoles, indistintamente a unas y otras, todo tipo de preguntas indiscretas. Yo permanecía a la expectativa, sin apenas pronunciar palabra, sentado a duras penas en el borde del silloncito de Meme.

Habían venido desde Elda. Trabajaban en una fabrica de zapatos y bolsos. Eran solteras. Había dos que no tenían novio y otras dos que sí que lo tenían. Buenas chicas. Me fijé en las manos de Meme. Ella era una de las que no tenían novio. Levaba las uñas pintadas de rojo y en su piel aparecían diseminadas un montón de cicatrices chiquitinas, rosas, de las agujas, las tijeras, las máquinas de coser, y todo eso, con lo que cada día le tocaba tener que manipular los trozos de cuero. Sentí el fuerte impulso de ir a acariciárselas.

Salimos del cabaret todos juntos y, una vez afuera, ellas desearon saber si Arsenio y yo conocíamos alguna discoteca, llena de tíos buenos, en la que se bailara salsa. Les dijimos una serie de nombres que muy probablemente ya les resultaran familiares. El centro estaba llenos de chavales y chavalas repartiendo propaganda de discotecas. Nos dijeron que esa misma noche tenían que volverse para Elda y se despidieron de nosotros dándonos unos besos en las mejillas. "¡Un sábado loco!" exclamó la gordita con un entusiasmo admirable. Yo les deseé a las cuatro que se lo pasaran muy bien.

De regreso a los apartamentos, Arsenio, bastante enfadado, me echó en cara que le hubiese cortado el rollo.

-“Eres un muermo, tío. No vuelvo a salir contigo de marcha...”.

-“No me jodas, tío. Si casi podríamos ser sus hijos. Con las de tías de puta madre que hay por ahí... ¡mira, mira esas dos rubias, madre mía...!” argüí, intentando acogerme a una coartada gracias a la que poder escabullirme de la vergüenza de la timidez.

Y no, no me pareció oportuno reconocerle a mi amigo que la chica de las cicatrices chiquititas en las manos se había llevado consigo, hasta Elda, un par de agujas de mi corazón. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

STRIPTEASE. Parte II "BOMBEROS ARDIENTES"


Parte II. Bomberos Ardientes

Lo que a continuación sucedió entraba dentro de lo previsible. Veamos: miss Applesweet aparentaba unos cuarenta, o incluso cuarenta y cinco tacos, y tenía papada... corpachón... además de un montón de agujeros en las medias y unas tetas redondas, y absurdas, por culpa de la silicona. Las siluetas de las gemelas Alvarado resultaron ser bien distintas a las de las chicas de la fotografía. Por supuesto, de gemelas nada de nada. Y en lo que atañe a la pareja de guayabos que se lo montaba en directo ¡un rollo, igual! tal y como me había imaginado. A salvo de propiciar su aparición ante el público envueltos en sendas capas negras y unos antifaces del mismo color ocultándolos buena parte del rostro, los ínclitos Jonathan y Esmeralda parecían un matrimonio cualquiera, normal y corriente, de los que te encuentras los fines de semana por la tarde en el Carrefour mirando las ofertas de zumos, por lo que pensar que en unos breves instantes ibas a ser testigo directo de sus efusiones sentimentales más intimas era algo susceptible de provocarte una especie de vergüenza bastante incómoda. Algo así como si al abrir apresuradamente la puerta del baño de casa te encontraras haciendo uso del mismo a una amiga de tu madre que te conoce desde crío.

Inmediatamente ambos se despojaron de sus capas, el escenario se eclipsó bajo una penumbra tamizada por una luz de color púrpura. De debajo de la tarima empezaron a brotar unos regueros de humo blanco. Dedicarse a observar a aquellos dos figuras practicando, humareda por medio, una especie de estiramientos... al estilo de los de Pilates... era lo que se dice un verdadero tostón.

Cuando ellos terminaron, y la sala recobró la luz, vi a un grupo de cuatro tías solas acomodarse en una mesa libre situada a nuestra mano derecha. Al hacérselo saber a Arsenio, este volteó su rostro al instante y, sin apenas solución de continuidad, recabó, nervioso, la atención de uno de los camareros y le pidió que nos pusiese un par de copas. Como yo no tenía ni puta idea de lo que me apetecía tomar, elegí algo que ya hubiera probado antes. El baileys. Pedí un baileys. El nerviosismo de mi amigo era bien notorio.

Las mujeres -andarían por los treinta- empezaron a reírse como conejos “ji, ji...”, y también, de vez en cuando, dejándose llevar por la procacidad  “¡ja, ja, ja - ja, ja...!”, a carcajearse como gallinas, sin, entre tanto, haber dejado apenas de cuchichear entre ellas. No me estaba enterando demasiado bien de que iba aquella película, lo reconozco. Arsenio se ocupó de aclarármelo. Luego de echarle un vistazo al reloj, declaró:

-“Bueno... las doce menos cuarto. Quedan quince minutos para que empiece la mariconada, esa, de los “Bomberos Ardientes”.

Al parecer, una serie de stripteases masculinos eran los encargados de ponerle el punto y final al programa de actuaciones.

No obstante, con aquellas cuatro tías allí juntas, bebiendo y riéndose en la mesa de al lado, los dos resolvimos que debíamos mantenernos firmes en nuestros puestos y apechugar con los nuevos derroteros por los que, a partir de ese momento, iba a discurrir el espectáculo.


lunes, 18 de noviembre de 2013

STRIPTEASE. Parte I "CARACOLES"


Parte I. Caracoles.

“Vamos a entrar” dice Arsenio y me da un tirón del brazo.

Habíamos estado fisgoneando, un poco antes, junto a la puerta. Se anunciaban en un cartel doblado en cuña, con una grafía parecida a la que es habitual en los de las corridas de toros al que le habían añadido algunas fotos en color, un tanto difusas, las actuaciones de varias bailarinas de striptease y la de una pareja, Jonathan & Esmeralda, que hacían el amor en el escenario. Le habíamos echado al cartel un somero vistazo, casi sin detenernos, y habíamos continuado a buen paso, hacia el centro del pueblo, a tomarnos unas cañas y unos caracoles con tomate -no sé por qué cojones, pero a los dos nos gustaban los caracoles con tomate- en un bar de un vasco.

Arsenio era mayor que yo, estaba ya cursando la carrera y andaría por los veintiuno o así. Pero el cabrón aparentaba algunos más. Estaba quedándose calvo y daba bastante el cante en la discoteca y en los bares de pibas y tal. Luego, por ende, al tío le había molado dejarse una especie de barba de chivo, de profesor joven, de esos que se van a quedar toda la puta vida en la universidad dando el coñazo a los estudiantes, y este detalle, junto con el de la pipa, una pipa de las de fumar que a veces encendía para darse aires -me imagino- tampoco ayudaban demasiado a rejuvenecerlo. Era alto. Demacrados los pómulos, las cuencas de los ojos las tenía ligeramente hundidas... Yo, a su lado, podría parecer un paje o, más bien, un sobrino un poco tolai al que su tío a veces se avenía a sacar por ahí, a dar una vuelta, y ver sellos y monedas y demás cosas de esas que suelen gustarles a los calvos con perilla que fuman en pipa. Pero ¡qué va!. Arsenio no era uno de esos ni de coña, ya lo están observando. Los dos -supongo ahora... que, él, más, por evidentes razones de veteranía- nos moríamos de ganas de echar un buen polvo.

“¡Vamos a entrar, venga!”. Vuelve a insistir Arsenio, quien, sin que yo me haya llegado a apercibir del detalle, me ha conducido de nuevo hasta la entrada del cabaret. Los carteles.

Me daba muchísimo corte meterme en aquel sitio. Me mosqueaba un huevo que me viese por casualidad algún conocido, algo a todas luces bastante dudoso, y me jodía también por mí mismo, me parecía que aquella no era manera de ir forjándose una reputación de tío casta capaz de bajarles un poquitín las bragas a las tías sólo con un chiste malo y una sonrisa de listillo. Pero, la verdad, la inglesa de la foto, una tal Miss Applesweet tenía toda la pinta de estar de puta madre. Y ver a las pizpiretas gemelas Alvarado haciendo de la suyas podría ser igual, algo que mereciese la pena. Lo de la pareja en cambio ¡qué quieren que les diga! me la sudaba. Me parecía una guarrada que no venía ni a que ni a cuento ¡Pues menuda gracia verle la polla a un tío!”.

Y... miren, para que vean lo que son las cosas, al final, la enérgica voluntad de Arsenio consiguió salirse con la suya.

sábado, 16 de noviembre de 2013

LOS DUELISTAS (Conrad revisited)



Batirse. Un duelo.

Danzar con una espada a la caída del atardecer eludiendo en el baile las embestidas y los sesgos del hierro; no pretender, tampoco, la muerte de tu contrario; basta con abocetar, al alimón, un paisaje borroso.

Después habrá otro baile, más amable, y será otra rival la que te enamore con su belleza. Te fijarás en sus ojos azules y reconocerás en ellos al metal que te acosa. Te fijarás en sus dientes perfectos y repararás en su orgullosa violencia. Pero el amor desdeña el peligro, y olvida, y adorarás su piel cuando te roce -como en un descuido- el rostro con una de sus manos.

La música, magnánima, procurará ocultar con su estridencia las marcas del tedio y la rutina que sufren los duelistas; las risas, el alcohol y el humo no bastan para volverlos invisibles. Mañana, cuando se despierten de sus sueños, recibirán una llamada. La misma de otras veces: “elige tus padrinos”. Y tornarán, ilusos, a dibujar la existencia por duetos, el uno frente al otro, desamparados, en una búsqueda infructuosa del amor que reseca gota a gota sus corazones. Ambos desean salvarse, quieren seguir viviendo, y como dos agrios polluelos de cuclillo aceptan, vencidos de antemano, el consuelo del mal.

jueves, 14 de noviembre de 2013

EL ESTADO DEL ARTE. Lector. Escritores. Crítica (Parte III CRITICA)


Parte III. CRITICA

Hoy en día, se hace por tanto ineludible afrontar una crítica literaria que, lejos de hablar de las intenciones últimas del autor del relato o de valorar la trascendencia y veracidad de las tesis que este pretende postular con su obra, se ocupe ante todo de señalar: si la sintaxis utilizada por el sujeto de turno faculta la correcta comprensión del texto, si lo que este cuenta se ajusta de manera adecuada a los postulados de la lógica literaria y si los datos objetivos que se plasman a lo largo de la trama son o no certeros. Y después, sólo después, cuando se haya llevado a cabo esa verificación y hayamos concluido que nos encontramos ante una persona en posesión de unas aptitudes dialécticas… ejeem… asumibles, será cuando proceda que nos pongamos a hablar del fin perseguido por el responsable de la novela -caso de que fuera a ser legítimamente admisible distinguir otro que no sea el consistente en deleitar al que ha tenido la deferencia de avenirse a escuchar- de las peculiaridades de su estilo o de sus tentativas experimentales en el campo de la perífrasis o el oximoron, pongamos por caso.

Las casas empiezan a construirse por los cimientos, por el forjado. E igual que no cabría un estudio técnico sobre una edificación medio derruida, al margen del que versara sobre las causas y peculiaridades del propio derrumbe, no habríamos de permitirnos tampoco que la crítica literaria de una novela con incesantes errores sintácticos -tal y como sucede de continuo en los últimos tiempos con bastantes de las que se publican- fuese más allá de poner en evidencia dicho dato. Podría respondérseme -hoy en día vale replicar cualquier argumento con lo primero que al objetor le pasa por la cabeza- que esta posibilidad no descalificaría, por si misma, la excelencia del desarrollo del argumento elegido y el preciso perfil de los personajes que lo dan vida. Vale. Volvamos al símil de la arquitectura ¿de verdad se creen ustedes, señores críticos literarios, que alguien incapaz de aprender a ligar la argamasa va a disponer, en cambio, de la capacidad y la destreza necesarias para darle cuerpo y forma a la fachada de la Casa Batlló o, sin acaso llegar a tanto, proyectar un adosado cualquiera de una populosa ciudad dormitorio?”. Les voy a responder yo mismo: "¡Ni de coña!". 




miércoles, 13 de noviembre de 2013

EL ESTADO DEL ARTE. Lector. Escritores. Crítica (Parte II ESCRITORES)


Parte II. ESCRITORES

En la época presente, el “estado del arte” -y permítasenos la pedantería por lo que tiene de homenaje a una época literaria ya extinta- es desalentador, lastimosamente fallido. La calidad de escritores como Mañas, Loriga o Lucia Echevarria se halla bastante por encima de la de los que han ido surgiendo después que ellos en el entusiasta y nada cicatero escenario de la narrativa hispánica. Entre estos últimos -comprendan que evite dar nombres- sufren incluso problemas serios de sintaxis los que… digamos… transitan por tendencias más underground, y cuanto menos alguna dificultad con la retórica, la fluidez del discurso, los… identifiquémosles… como autores de cariz más convencional o comercial. Incurriendo unos y otros en continuas disgresiones lógicas no conscientes, y abordando casi todos el tratamiento de todo tipo de temas históricos o técnicos, que por su empirismo exigirían al analista un conocimiento solvente de sus contenidos dada la entidad del trámite en el que el mismo ha decidido embarcarse, tan solo con la pedestre ayuda de la wikipedia y el recuerdo de una menguada serie de lecturas juveniles amablemente idealizadas... en su momento, en su condición de hype generacional.

martes, 12 de noviembre de 2013

EL ESTADO DEL ARTE. Lector. Escritores. Crítica (Parte I LECTOR)


Parte I. LECTOR

Cuando me dispongo a leer una novela no pretendo encontrar nada que me noqueé, como algunos dicen andar buscando. Los patrones del mundo, las sorpresas del mundo, todos y cada uno de los comportamientos de los hombres, todas sus debilidades, todas sus razones, incluso las peores, se hallan ya incrustadas, mal que bien (o regular) dentro de mi cabeza. Cuando me dispongo a leer una novela lo que trato de encontrar son un tío, una tía, que no sean unos plastas. Gente que no me de el coñazo. Tal cual. Escritores que aborden las vidas ajenas... con sus problemas y sus dudas... desde el escepticismo, la generosidad y la ironía. Y que cuando hablen -de vez en cuando, sólo de vez en cuando- de sus propias vidas, lo hagan con humildad y sencillez. Sin dramatismos estereotipados. Ni peroratas insustanciales de patio de vecinos.

El que para materializar todo eso, tales escritores escriban claro ¡y bonito! lo considero un requisito indispensable para seguir adelante y continuar leyendo el libro. Cuando percibo que… en el transcurso del proceso creativo… estas personas han conseguido, además, dar con una impronta propia en su modo de manifestarse susceptible de diferenciarlos del resto de sus colegas ¡miel sobre hojuelas! Es a esos últimos a quienes voy a considerar verdaderamente grandes. Aquellos capaces de obtener que sus lectores… por el mero hecho de ser confidentes eventuales de sus palabras… consigamos vivir momentos de plena satisfacción al sernos dado escuchar a alguien capaz de hablar de lo ordinario, o de lo extraordinario, en un tono y con unos términos aptos para transformarlo en singular, en algo casi único.

domingo, 10 de noviembre de 2013

MI PRIMER SMS


Es una chica delgada, tiene la cara bonita, el gesto alegre y lleva el pelo peinado con rizos. Sentado en un banco del parque he estado pensando en ella. El sol me daba en la cara mientras lo hacía y por delante de mí pasaban, de vez en cuando, niñas patinando despacio cogidas de la mano. La iba a ver al cabo de unos pocos minutos y no tenía pensado todavía lo que le iba a decir, ni siquiera sabía si podría resultar mejor llevar algo preparado o improvisar sobre la marcha. A lo mejor se lo han imaginando ya, se trataba de romper, dejarnos, o como demonios lo queramos decir. Entonces, no había móviles, no había sms’s, no le podías dejar a nadie hecho una mierda con un mensaje de texto y quedarte tú tan fresco, en tu casa, o en el bar, bebiéndote unas cañas y zampándote unas bravas con los amigotes. En resumidas cuentas, había que dar la cara y arriesgarte a que te pusiesen de vuelta y media o a ser testigo del sufrimiento de una persona a la que habías prometido -ese tipo de promesas suelen ser habituales- no dejar jamás tirada en la cuneta.

Con lo fácil que resultaba todo cuando era a uno a quien lo dejaban. Se trataba entonces de ponerte a racionalizar las cosas y llegar a este axioma irreductible: “no hubiera merecido la pena seguir adelante”. Ahí se acababan los ruegos, las explicaciones, las excusas y demás pretextos de andar por casa. Pero la gente, por lo común, no era tan racional, no pretendía ser tan racional. Le fastidiaba, y era lógico, que otro pasase a decidir por él una parte importante de su futuro y acostumbraba a considerar esta decisión del “otro” una traición y, lo que es peor, un desprecio: “no eres lo bastante bueno para estar conmigo”. Cuando en mi caso sucedía justo al revés, quería ponerle fin a nuestra relación, porque sentía que yo “no era lo bastante bueno para estar con ella”. Y aunque lo intuía, me fastidiaba percibir como los demás… gente anónima con la que tratábamos en la calle, en los bares… parecía darse cuenta del detalle. De ese lacerante detalle.

Las cosas entre nosotros no habían marchado demasiado bien últimamente y el día antes había telefoneado a Marina para decirle que teníamos que hablar con calma y tratar de replantearnos nuestra relación.

Los minutos iban sucediéndose y ella continuaba sin aparecer por el parque. La luz del sol se iba apagando y las niñas de los patines, los niños con los balones de fútbol, se habían terminado ya la merienda y estaban a punto de volver a sus hogares. Ignorantes -ellos y hasta tal vez ellas- de que el futuro iba a abocarles a tener que afrontar situaciones parecidas a la que yo estaba viviendo en esos precisos instantes.

Transcurrida media hora de la hora convenida para nuestro encuentro, la que compareció ante mí, fue Sonia, una de las más íntimas amigas de mi novia.

-“Marina me ha mandado que te diga que no quiere volver a saber nada de ti. Lo siento”.

Marina era muy orgullosa, siempre había sido muy orgullosa, su belleza y su inexperiencia de la vida tal vez no la permitieran otra opción, y no iba a estar dispuesta a que un tipo vulgar y corriente como yo, tímido y divertido, la dejase plantada. Era lógico. Pero aún así aquello me dolió en lo más hondo. Pretendía en el fondo, con nuestra charla decisiva, con mi ultimátum, que ella se desentendiese de habladurías y me jurara amor eterno -o, por lo men0s, perdurable- y no estaba preparado -emocionalmente preparado, quiero decir- para ser arrojado… con mis sentimientos contradictorios ¿y cuando no lo son? mi careto de pardillo y mis modales de pardillo… a una de las papeleras del parque. Un buruño más de papel de plata, que, en lugar de envolver el “gordo” del jamón de York, iba a contener restos aplastados de recuerdos y caricias.

-“¡Toma!”.

Sonia me entregó plegado un trocito de papel de bloc y se largó a toda prisa con la música a otra parte.

Abrirlo me producía una cierta aprensión. Tenía que ser duro oír de la propia voz de Marina, o mejor por propia mano de Marina, o por lo que fuera que ella hubiera decidido poner al dictado de su santa voluntad, que yo no era lo bastante bueno para ella. Contemplé, con una pena muy dulce, alejarse por el paseo al último de los chavales que habían estado jugando al fútbol, el dueño de la pelota, el más pardillo entre todos, y me decidí, al fin, a leer el mensaje.

Sonia Menéndez Sanz “S.M.S” (91) 554 23 87 ¡No te cortes y llámame!.

En aquella época, los teléfonos móviles no se estilaban todavía.

martes, 5 de noviembre de 2013

J. BLUFF & H. CAULDFIELD (Parte II. Chica Soñadora)


(viene del post anterior)

Otra vez con los ojos cerrados -eso es algo que me gusta bastante: cerrar los ojos y pensar que desaparezco del sitio donde me hallo- intuí, primero, a la chica revolverse en su asiento; sentí después, de inmediato, el roce de su rodilla contra la mía. No nos dio por separarlas a ninguno de los dos.

El vehículo continuó avanzando y nuestras rodillas permanecían en contacto. Volteé el rostro. Vi sus ojos cerrados y un poquito de saliva en sus labios. No era ninguna divinidad, pero era joven, y fresca, y el rosa de sus mejillas rebosaba vida. Aprecié como se merecía, aquel color. Volví a cerrar los ojos y junté mi muslo contra el suyo.

El vehículo continuó avanzando y nuestros muslos permanecían bien pegados. El sol comenzaba a caldear el ambiente y yo me sentía francamente contento. Ya se lo imaginan.

Este ingenuo entusiasmo me animó a ignorar la prudencia -¡y luego era yo el que me metía con el conductor! ¡estaba visto que, en el fondo, los tíos éramos todos unos gallitos!- y, en lugar de aguantarme las ganas, poco a poco fui montando mi pierna por encima de la de ella, de su muslo. Tampoco la chica dijo nada esta vez; prefirió, muy certeramente, continuar fingiéndose dormida.

A mí, háganse a la idea, seguro que ya estarán haciéndosela, aquel asunto que la chica y yo nos traíamos entre manos me estaba pareciendo la mar de simpático, me recordaba una escena de una peli de las de por la noche, de las de los viernes por la noche. Pero de verdad. Y pese a que me moría de ganas de mirarla con algún detenimiento... echarle un vistazo a la cara, al pecho y demás... resolví permanecer con los párpados apretados por pura cautela, no fuera a ser que mi mirada pudiese llegar a cohibirla y ella resolviera ponerle punto y final al jolgorio.

Nuestros codos permanecían en contacto y nuestros dedos sin tocarse. Sentí, ahora, como la muchacha separaba a propósito sus muslos y desplacé mi pierna un poco más.

Al cabo de sólo unos pocos minutos ¿tres, cuatro...? el autocar hizo parada en Vitoria y ella descendió a la estación con su bolsa de viaje colgada al hombro. Su figura era lo bastante bonita como para habérselo dicho en persona mientras la tuve sentada al lado mío. Sin embargo... no había surgido la oportunidad de hacerlo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

J. BLUFF & H. CAULDFIELD (Parte I. Autobús)


Acababa de hacer mi trabajo en una capital de provincia y tenía que desplazarme de inmediato hasta otra ciudad a continuar desempeñándolo. No voy a decirles en que consiste mi trabajo porque eso carece de importancia. A lo mejor para ustedes pudiere tenerla circunstancialmente ahora que justo estoy hablándoles de él, pero, de verdad, se lo aseguro, se trata de algo sin interés alguno. La empresa no me proporcionaba un coche de alquiler y cogí un autobús de línea, muy temprano, a eso de las siete de la mañana, para poder estar a tiempo en esa otra ciudad de la que les hablo.

Iba hecho un perfecto gilipollas con mi americana y mi corbata a juego. A juego... ¿de qué?. Llevaba también una cartera de mano conteniendo todo tipo de documentos y papelotes. Localicé un asiento vacío en la parte de atrás del vehículo, junto al pasillo. En los autocares me gustaba sentarme atrás del todo. Para una vez que lo hice delante, justo en la primera fila, me pase buena parte del viaje: puteado, muy nervioso... observando por el espejo del conductor como, éste, luchaba a brazo partido con el sueño. Cada dos por tres, el muy cabrón estaba a punto de quedarse sopa; se lo dije, y como era verdad -siempre sucede lo mismo cuando le dices a alguien que está haciendo algo mal y es verdad- el tipo, un pobre diablo, se puso hecho un energúmeno y comenzó a increparme. Con la lección bien aprendida, en esta otra ocasión... a la que ahora me vengo refiriendo... me dejé caer como un fardo, sin llegar a quitarme la chaqueta por culpa del frío, en uno de los asientos del final del todo.

Debió ser una curva tomada a una velocidad excesiva la que me succionó provisionalmente de la modorra. Pese a que, al parecer, hay que conducir bastante bien para ser chofer de un autocar de línea, casi ninguno de ellos lo hace. Se creen muy hábiles por manejar esos bicharracos y los tipos abusan a su antojo del impune poder que ostentan en el reino de las autovías. Así pasa, a casi todos les gusta ir más deprisa, aunque sea solo un poco, de lo aconsejable.

Mire hacia mi derecha, hacia el exterior. Las ventanilla se hallaba empañada de vaho. En el asiento contiguo, una chica joven, a la que en esos momentos podía vérsele la piel sonrosada de su mejilla izquierda entre las hebras dispersas del pelo, permanecía hecha un buruño recostada de lado contra el respaldo. Pensé que tenía que tratarse de una estudiante.

(continuará...)