miércoles, 2 de octubre de 2013

TERCER ANIVERSARIO


De "Los Diarios del Clavadista Solitario"

Esta mañana nevó sobre los puentes. La tarde bosteza en su interludio y los hombres se mueven sobre la nieve caída... medio derretida... sucia, en ambos sentidos, por las dos aceras del puente. Hay algunos que se dirigen al este, camino de su hogar, y hay otros que se dirigen también hacia el este porque lo que andan buscando es postergar el momento para las preguntas -y las miradas- de unos niños nerviosos, sus hijos, que por lo general los desconciertan y a veces les impulsan a pensar en fracasos. 

Y con los que avanzan en dirección contraria ocurre exactamente lo mismo.

Ella forma parte de esos transeuntes que atraviesan el puente. Camina con su cara ladeada mirando el río, ajustándose al rastro imaginado de otras contemplaciones suyas precedentes. Conoce, se lo enseñaron siendo bien pequeña, que las aguas que componen los ríos proceden del deshielo de las montañas y su destino final son los océanos. Hoy, dichas aguas, aparentan ser negras, y, en contraste con la nieve posada en las riberas del cauce, exhiben un rilar metálico que desconcierta, insinuan, de tan oscuras como lucen, poseer la consistencia dulce y sólida de los imanes. Mas esas otras miradas suyas que un día cruzaron ese espacio no se encuentran hoy ya por allí. Corriendo la misma suerte que las aguas que otrora fueron sus destinatarias, en el momento presente es el mar el que las acarrea consigo mientras se expande, como un alien, entre las interminables nervaduras de la costa.

Se siente satisfecha. Le reconforta saber que aunque él se encuentra solo en otro lugar de la ciudad y ella recorriendo -también sola- ese puente de piedra, enlucido por la nieve, de camino al centro, los dos van a estar juntos otra vez esa misma noche. Como ayer. Como viene sucediendo todas las noches desde hace tres años. Sí, a ella le gusta la ternura, saber que cada vez que regrese a casa, va a encontrárselo dentro, esperando. Comprobar, al expirar las tardes, que él no es uno de esos a los que la desilusión ha impulsado a fugarse unos minutos antes. Se lo ha dicho muchas veces, que no lo haga, que no se marche solo, que siempre va a estar dispuesta a acompañarlo. A donde sea. Las contestaciones de él no han ido nunca más allá de la sonrisa. Y ella invariablemente ha sentido entonces, desnudada su alma por esos silencios, una necesidad imperiosa de cariño, hambre -pura- de abrazos; incluso, en ocasiones, el deseo de obtener por la fuerza un juramento de amor. Pero recapacita: “¿si me respondiese, lo haría con sinceridad?”.

Acelera el paso, se lo imagina ahora sentado frente a su mesa, cavilante, circunspecto, con un bolígrafo azul en la mano, abstraido en su mundo. Le asusta saber que lo ama. Sabe que el amor pende siempre del hilo del azar y le da miedo, al igual, creer que también él la quiere a ella de veras.

Seguir los dos juntos: mañana, pasado, también el año que viene y al otro... emparejados, apareados como dos pequeñas aves cobrizas en algún rincón de La Pampa. Ejemplares de una privilegiada especie animal a la que el paso del tiempo ha ido prestando corazón y talento, amor y cordura. Abrazados con fuerza bajo los copos de la nieve que caen, haciéndoles frente -juntos- a las incertidumbres, asimilando amablemente y sin protestas todos los dones que depara a los hombres el discurrir del tiempo. Las arrugas y las canas lo son.

Esta noche lo mirará a los ojos y volverá a repetirle que lo quiere. Esta noche -la de San Valentín de su tercer aniversario- tal vez, ojalá, él podrá dar con el paradero de ese secreto que ella guarda dentro su corazón, gracias al cual no va a resultarle nada fácil marcharse de su lado y abandonarlo. 


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