sábado, 28 de septiembre de 2013

ESCRIBIR DE VERDAD

(El Maestro. El Escritor Total)
Bioy a Borges: "Antes del noventa y ocho no ha habido en España un escritor de la valía de Baroja". Borges a Bioy: "Ni mientras, ni después"
julianbluff: "Y sigue sin haberlo".
Escribir en serio requiere -lo primero de todo- precisión. Decir en cada momento justo, justo lo que se pretende decir en ese momento. El tema da igual. Se puede escribir en serio bromeando sobre las aventuras del pato Donald y sus sobrinos, y, en cambio, no decir más que un cúmulo de gilipolleces teorizando sobre el sentido último de la existencia humana. Precisión a la que habrán de contribuir de manera sustancial la profundidad de los conocimientos del letrista o, lo que es lo mismo, la aptitud de este último para poder manejar con una cierta solvencia el asunto que en cada caso se disponga a abordar por escrito. No es sino este saber el que va a permitirle al tipo depurar sus frases, especular con dudas y matices, otorgar, en resumidas cuentas, una verosimilitud... a las palabras que por fin escoja cada vez... apta para dotarlas de un significado amigable y convincente.

Todo está dicho con anterioridad. Eso ya lo sabemos. Escribir con una cierta inteligencia consistirá por lo tanto -no nos queda otra- en interrelacionar entre sí -contraponiendo o, al revés, complementando- lo expresado antes que nosotros por unos y otros. Consistirá, escribir bien, en tratar de encontrar paradojas solapadas entre todo ese torrente incesante de oraciones, en desvelar el absurdo que nace de oponer a una verdad irrebatible, una mentira incuestionable, en ironizar sobre ironías que vienen siendo ya desde el pasado gracia de pintureros y aclamados estilismos y, cuando se tercie, tampoco estará del todo de más para adecentar el texto, mentirle en su cara hasta al mismo demonio. O a los lectores. Sin que jamás deba olvidársenos llevar a cabo todo esto con modestia, sin envaramientos. Siendo espontáneos.

Ayudan a la novedad, a la percepción de lo novedoso, esos recursos ahora tan en boga ¡nos enteramos de tantas y tantas cosas cada día! de introducir en los textos: nombres de marcas, referencias a sitios de moda, alusiones a películas y series de televisión.... . Antes todo esto no sucedía, el mundo era un lugar bastante más callado y más estrecho, y los cronistas tenían que afanarse en reproducir los logros de la naturaleza por medio de las palabras e interpretar con estas, y sólo con ellas, la cólera y los deseos de los dioses. Apelemos de nuevo al panteismo, ¡atrevámonos!. Las sensaciones y los sentimientos que nacen de su fé son universales y eternos. Aspiremos entonces ¡aún podemos permitírnoslo! a ribetear lo clásico con alguna innovación que no trasgreda demasiado los cánones. Y hagamos de las modernidades el uso estrictamente imprescindible.

El estilo. Ya nos hemos ocupado tangencialmente del estilo. ¿O no consiste este verazmente en ser siempre espontáneos acerca de cuanto escribimos?. Yo creo que sí, que se trata tan solo de dejarnos aconsejar, y hasta llevar, por las palabras y los modos de todos esos a los que, en el transcurso de los siglos, los dioses han venido encomendando, para así mitigar la ignorancia y el aburrimiento de sus hijos, hablarles a estos de sus chanzas, sus desengaños y hasta sus enfermedades. Y eso es el estilo: hacer acopio de los recursos narrativos empleados por los comisionados de los dioses para oficiar su pompa y circunstancia entre los pobres mortales e intentar repetirlos, sin melindres, alardes ni hipócritas miramientos, con nuestra propia voz. Por mucho que nos esforcemos en el empeño, por mucho que procuremos que la imitación sea única, ellos van encontrarse siempre muy por encima de nosotros. Justo, precisamente, lo que corresponde.