miércoles, 24 de julio de 2013

BAJO EL VELO MÁGICO DE LA LUZ DE LA LUNA


Un hombre. Una cala escondida. La luna y las estrellas brillando. Un barco fondeado sobre el agua negra laminada de luz. El hombre se detiene para coger una lasca suelta de roca humedecida por el relente del aire. La lanza hacia delante con fuerza. Planeando. Pretende que rebote varias veces en el mar antes de hundirse. Al hombre le complace saberse capaz de alterar, a su antojo, lo que por esencia no es mudable.

jueves, 18 de julio de 2013

LOS BESOS DECIDEN LAS COSECHAS


Contienden con el tiempo: los labios, la lengua y otras carnes de la boca que se llagan y se resecan en la batalla. No se trata de ningún gesto de hidalguía, sólo gracias a la viscosidad de la saliva aquél puede hacer fermentar la lluvia.

martes, 16 de julio de 2013

LA OCTAVA DIMENSION


El laberinto de los sueños. Probablemente un rey magnánimo mandara construirlo en la alborada de los tiempos para que sus súbditos, incluso los más listos entre ellos, no pudiesen adquirir plena conciencia de su ignorancia.

miércoles, 10 de julio de 2013

EL CASINO DE LA CARRETERA DEL INFIERNO


Ruleta del mal. El rojo es sangre; el negro, muerte; el cero es la nada del malévolo. 

Ruleta del mal. El seis acaba de aparecer tres veces consecutivas y la gente continúa haciendo sus apuestas, encomendándose a Dios con una copa en la mano, para que salga su número.


sábado, 6 de julio de 2013

EL FUNAMBULISTA


Mi casa no es el mundo. Recluido en un holograma de soledad hago recuento de caricias, me abstraigo en un repaso de deseos, cortejo a mi tristeza con palabras y miradas de amor colgadas en el tiempo.

Mi vida son cientos de burbujas transparentes volando en un cuarto pequeño, es intimar con un ordenador y con un libro de colores, de varios tomos, que en ocasiones consigue dar, haciendo bueno su título: “En Busca del Tiempo Perdido”, con el actual paradero del pasado. Aunque acaso, el pasado, haya veces -muchas- en las que preferiría vivir de incógnito, pasar completamente desapercibido.

En el libro de al lado las sonrisas son francas, cálidas las miradas, una lluvia de vino lustra los adoquines y los perros más golfos le chulean a la luna sus amantes más jóvenes.

La luna de mi cuarto no es de plata ni tiene llagas; ilumina a sus pies, abullonada la tela blanca de su pantalla como una nube plácida de merengue, mi cama. La aprecio como a una amante sumisa que adorase la música.

Me gusta sentarme a pensar en un rincón, en un sillón, junto a un ficus muy oscuro, que lo guarda; es ese mi jardín botánico.

El mundo... pensado desde ahí... parece: demasiado simple. Demasiado burdo. Y los hombres y las mujeres son sólo eso: hombres y mujeres. Seres de carne y hueso cuya propia insignificancia es la causa esencial de sus derrotas.

Le comento a mi compadre el ficus: “mi casa no es el mundo”. Y, él, sólo me sonríe si le apetece.

Degusto la tristeza sorbo a sorbo, su sabor se confunde con el bourbon del vaso, cubren mi paladar: el compromiso de ser un hombre, el transcurso del tiempo y la melancolía, inmortal, que todos los futuros miman.

Se paran a beber conmigo algunos de mis amigos muertos: Enrique Urquijo, Antonio Vega, Owsley... Los muy granujas consiguen casi siempre salirse con la suya: me emociono casi siempre al oír su música. Con sus cantos limpios, de tristeza, me muestran que la felicidad no constituye una patraña inalcanzable. Que pacientes, en compañía de tragos y canciones, y siempre que uno esté dispuesto a perder alguna neurona rebelde o incluso a que le estalle un vaso capilar en el lance, ni siquiera es un lujo.