martes, 7 de mayo de 2013

VERANO AZUL (otra historia verídica)


Llegamos a Mojácar a eso de las cuatro de la tarde. Hacía un calor de cojones. Subimos hasta la parte de arriba del pueblo y paramos el coche. La chapa del cientoveintisiete estaba ardiendo. En una heladería de la plaza un padre gordo le atizó una hostia en la espalda a un niño que llevaba de la mano -probablemente porque la criatura querría comerse más bolas de lo razonable- y le dejó impresa en la piel la marca de los cinco dedos. El niño iba en bañador. A nosotros, que, por aquel entonces éramos bastante bestias, aquel tipo nos pareció ser un bestia y en lugar de descojonarnos de la berraquera del crío y de la reacción del adulto, nos indignamos, y no llegamos a pedir, ya, nuestros cucuruchos.

Luego bajamos hasta el mar, escuchando a los Duran Duran, "Río", y nos bañamos en bolas en la primera playa que vimos. Eso formaba parte del rito: hacer coincidir nuestra ansiada aparición en el Mediterráneo con una zambullida rápida en pelota picada. Dejamos que nos secara el sol.

Volvimos a aparcar el coche en Garrucha, o por ahí, y empezamos a fijarnos los tres con ojos de sexual killer -aunque como teníamos diecinueve años la gente no se diese cuenta- en todas las tías con menos de cincuenta años con las que íbamos encontrándonos por la calle. No, no había guiris. Nosotros íbamos buscando guiris. Entramos a un bar a meternos entre pecho y espalda unos bocatas. Luego pedimos un par de carajillos cada uno; ya saben, para no amodorrarnos y para ir cogiendo ya el puntillo de cara a la noche. Seguro que como se supone que era el erudito del trío de alcornoques, yo les soltaría a mis amigos el rollo ese de que los bereberes o los hombres de azul -que son más potentes- beben el té muy caliente a propósito para protegerse del calor y que, aunque pareciese mentira, cuanto más dulce estuviese más conseguía calmarte la sed. De postre, como nos habíamos quedado con ganas de helado nos tomamos unas copas de pacharán.

Seguimos bajando por la provincia de Almeria en dirección a poniente, desviándonos por carreteras locales cada vez que pasábamos junto a alguna localidad de la costa más o menos conocida. Aguadulce, Salobreña, Motril, Nerja... el pueblo de "Verano Azul". Le echábamos un vistazo a las playas a ver como andaban de material inflamable. El cientoveintisiete estaba lleno de polvo y nosotros igual. Con tanto ajetreo los tres llevábamos los pies sucios de arena y la frente húmeda de sudor. Ninguno de los lugares que íbamos recorriendo nos convencía para quedarnos en él. Seguimos, seguimos... y circunvalamos Málaga sin llegar a entrar en la ciudad.

Cuando llegamos a Torremolinos era ya casi de noche. En el centro, había por todos lados luces de neón y atascos de tráfico. Mucha bulla. Abrimos la ventanilla: ¡la hostia, olía a suecas guapas y a hamburguesas chungas!. Aspiramos los tres en firme aquel olor. A mi, por la poca experiencia de la vida que tenía hasta entonces y las pocas experiencias sentimentales que había tenido la suerte de vivir, aquel me parecía, ni más ni menos, el aroma del paraíso. Decidimos quedarnos.

En un hostalucho, en los bajos de un edificio, cojimos una habitación que tenía las paredes de cristal forradas de papel pintado. Donde habían arrancado tiras de papel los huéspedes, los del hostal le habían dado al vidrio una mano de blanco de españa para tratar de impedirte que pudieses mirar en el cuarto de al lado. Daba igual, lo veías. O por lo menos veías un trozo de una de sus camas. Una pata.

Esa noche salimos de juerga y nos emborrachamos. Al despertarme, al día siguiente, me vino a la memoria un patadón que una inglesa con una minifalda de escándalo me atizó en los güevos a la misma puerta de la discoteca. No me dolían. La chica llevaba unas chanclas de goma y los deditos de los pies, con las uñas pintadas de rosa, eran, justo, justo, los dedos de los pies de una princesa. Ella se parecía a Lady Di.

7 comentarios:

  1. Con patadas en los güevos así de dulces cualquiera se anima a ser un poquito borde

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  2. Aquí estamos tú y yo a verlas venir, macho. A cazar ratones. Ea, es lo que hay. En cualquier caso, gracias por tu aliento. Siempre. ;-)

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  3. Me parece un relato redondo desde el título hasta la última frase, de esos que se agradece leer de vez en cuando. No hay descripciones detalladas de lugares ni de personajes pero todo se ve, se escucha y se siente, quizá sea gracias a la impresión de movimiento que transmiten unas frases tan precisas y que se suceden con tanta fluidez. La patada en los huevos del final lo cierra de manera coherente, no previsible pero puede que inevitable.

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    1. Antonio, el estilo es muy de tu estilo.

      En cuanto al asunto ya puedes ver que además de tener pinceladas de Trintingnan & Gassman, exhibía tambien sus buenos brochazos de Pajares & Esteso ¡Qué no sólo de caviar vive el hombre!.

      Gracias por tu apoyo ¡Un abrazo!

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  4. Jajaja, me encanta tu estilo Julian, muy acertada la elección del vocabulario, palabras como "alcornoques" "berraquera" "bulla" e, incluso, "cucurucho" consiguen llevarte de cabeza al verano caliente de aquel 1982.

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  5. Emma,

    Bulla, en Sevilla, en pleno 2013, se sigue utilizando ¡tela!. O, por lo menos en el 2002 (un inciso: ¡cojones cómo pasa el tiempo!) que es cuando yo me marchá de allí, se seguía utilizando ¡tela!.

    ¡Enhorabuena por tu libro!

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  6. Gracias Julián. Imagino que "bulla" no ha muerto, no. Pero aquí en los madriles ya no se emplea ( al menos yo ya no la oigo y cuando era jovenzuela estaba más extendida)
    Mi libro de relatos salvajes me tiene muy orgullosa, a falta de churumbeles.

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