lunes, 13 de mayo de 2013

TEDDY BEAR


Espatarrado en el sillón, como un peluche. Es mi sillón volador. Ese desde el que vi amanecer un día de perros. El mismo desde el que estudié leyes y decretos a lo loco con la ambición de ganarme la vida honradamente (más o menos). El sillón al que me arrojé muchas veces enamorado y algunas borracho (¿o fue al revés?) y en el que todavía me siento a menudo a esperar. A intimar con la noche.

Los crujidos mecánicos del camión que recoge las basuras, los sones del reloj dando las horas, las medias y los cuartos, los arranques de los ascensores -más allá de la puerta de casa- son algunas de las estratagemas que ella utiliza para entablar conversación, para probarse a si misma que no está sola a la intemperie.

A veces, ya os lo he dicho, yo soy su confidente. Desde el sillón del que os hablo la escucho decirme de amores, de vigilia, de muerte. Piensa, al contrario que Patty Smith, que no ha sido hecha para los amantes: colmados, la tratan con desdén -ellas y ellos- y, a la mínima, se someten al sueño, su máximo adversario. Nadie sueña con noches.

Muchos de esos desarraigados, que están siempre despiertos, la entristecen, le consta que están a su lado por despecho, porque ella es su última oportunidad. Otros, la desesperan. No saben exactamente lo que quieren y se dedican a marearla con humo, melopeas y burdas historias de amor. Los nostálgicos le parecen unos cínicos patológicos: ¿si ahora les gusta tanto, por qué no se preocuparon algo más del pasado cuando aún era presente?. Y no soporta a los falsos tahúres que abandonan las timbas cuando ganan dos manos.

De la de la guadaña sabe un rato, pero sigue sin estar convencida de que esa amistad, que la otra le ofrece a menudo, sea del todo sincera. Y es que está un poco harta de tener que acompañarla a hospitales, asilos, prisiones, garitos sin troneras y curvas sin peraltes, y que, encima, la familia del muerto la confunda con ella. Y aunque la otra le jura y le perjura que esa es su obligación y no tiene más huevos que cumplirla, ella no acaba de asimilar por que le gusta tanto joder la parva a todo dios.

En el sillón del que os hablo las mañanas las vivo entre libracos escritos por profetas y por bárbaros, por tristes exquisitos y escépticos taimados. Por cabrones. Las gozo entre gloriosas melodías compuestas por profetas y por bárbaros, por tristes exquisitos y escépticos taimados. Por cabrones.

Las tardes del sillón se asemejan bastante a las mañanas. Tal vez llama un amigo, tal vez soy yo el que llamo a una mujer que me hace gracia, puede ser que oiga algo de fútbol en la radio o, incluso, que escriba alguna breve historia como esta, o parecida a esta.

Es mi sillón volador. Y, desde él, puedo divisar cualquier parte del orbe. Tu propia casa, por ejemplo. Sí, sí... la tuya; no me mires así.

3 comentarios:

  1. la noche, de quien más es, es de los adolescentes que empiezan a escribir, esos pobres diablos.

    Mujeres que te hacen gracia... tiene que haber unas cuantas.

    me gusta ese sillon volador.

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    Respuestas
    1. Emma,

      "Las Virtudes" sobre todo. Y un poquito Rosa Mª Sardá ;-)

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  2. No quiero que esto suene a perdonavidas de lector experimentado (y prolongado), porque es un elogio: Creo que estás encontrando tu estilo (y soy consciente de que eso implica, en mi opinión que no tiene porque ser valiosa, que antes no lo tenías tan localizado o concretado tal estilo) :)

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