domingo, 7 de abril de 2013

TOUR DE FRANCE


Las tardes, similares en color y textura todas ellas, eran transparentes y suaves, ligeramente azules, en cierta medida parecidas a los élitros antidiluvianos de los saltamontes. Había un piano, pero faltaba el pianista. La música de las veladas era fruto de unos altavoces de plástico mate que ocultaban -en los rincones- la cenefa de escayola del techo, y no demasiado distinta de la que sonaba los sábados por la noche en la verbena del pueblo. Las caras de la gente acostumbraban a transmitir confusión: aquellas eran sus vacaciones, debían parecer felices, y no sabían muy bien como expresarlo. Me gustaba la vida en mi habitación con el papel pintado de las paredes repleto de pájaros, escribir bobadas en un bloc de tapas jaspeadas con el nombre del hotel impreso en cada hoja, leer, a la caída de la tarde, libros ya leídos otros atardeceres pasados. Descubrir en sus páginas palabras magnéticas. Pensaba, con ternura, en los muertos que habían ideado, años ha, todas esas historias tan buenas.

“Si supiera sublimar mi vida en el balneario” -me decía- “podría, tal vez, llegar a ser alguno de estos personajes”. Ignoraba cual.

Gracias al viento, los estanques atrapaban las hojas muertas, manchadas de tierra, que nadie recoge.

Me gustaba -ya lo he dicho- gandulear en mi cuarto sabiendo que no estaba solo. Asomarme al balcón y ver frenar los coches de los que llegaban, ver arrancar los de los que se iban. Oír la radio, bajito, y enterarme de los triunfos de Louison Bobet en las altas cimas de Los Pirineos y Los Alpes.

Bajo la ducha me acordaba de ti. Desnudo te deseaba. Pero no quería volver a avergonzarme de mi mismo, y, cuando eso ocurría, les entregaba mi voluntad, de inmediato, a los crueles villanos de las novelas. Me amaban más que tú. Hay veces en las que las moralejas de los cuentos se refieren sólo a los demás.

Mi vida y mi persona, tan vulgares, no podrían ser, seguro, el sueño de un cíclope o de un ángel. Tampoco los jardines descuidados y sucios, los largos pasillos con goteras, ni las fuentes rotas de piedra, aparentaban ser hijos de los delirios de un príncipe. No. Aquél sitio no se parecía en nada a Bomarzo.

Los días más despejados, algunas mujeres -cuatro o cinco, seis a lo sumo- se acercaban hasta la piscina y se tumbaban boca arriba, bajo el sol, en unas hamacas de madera parda, con la tela beige deshilachada. No había ninguna que fuese verdaderamente bonita. Pero beberte un Martini, mientras las mirabas, podía llegar a ser excitante -o, al menos, morboso- si te concentrabas en lo mejor de cada cuerpo.

Las noches eran una parte más, otra cualquiera, de los días. Y los bailes, las conversaciones... ¡y hasta los baños y las despedidas! no pasaban de ser meros gestos de un ritual gastado que se resistía a morir; como las cenas del domingo en la pérgola.

Las sábanas de hilo estaban siempre húmedas. La cama chirriaba al moverte...

El sueño me vencía mediante la evidencia de lo tangible. Aunque hubo una noche en la que rodé despacio sobre tu cuerpo desnudo subido encima de una bicicleta, con un niki amarillo.

Septiembre, rodeado de todos aquellos pájaros, me habría cortado la respiración.

17 comentarios:

  1. Siempre he utilizado las retransmisiones del Tour de Francia para echarme la siesta en el sofá delante de la tele esas tardes de julio con la adormecedora voz de los locutores relatando las ingentes gestas y escapadas, sólo de mencionarlo me entra ya sueño.

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  2. Como me temía, ponerse D'Annunziano en este país es un puto error. No cuela, veo, ni ente los más sibaritas¡Ja, ja!

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  3. Julian, es muy bueno, me has metido en unos de esos días líquidos de verano, cuando el deseo se podía tocar, como si fuera una pared, más real que la realidad misma.
    En aquellos días la literatura era lo único que tenías. Afortunadamente.

    ¿Ya no es posible sentir como entonces?
    Al menos recordar cómo se sentía.

    Leyéndote.

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    1. Hombre, Emma, tanto como afortunadamente. Tampoco te habría venido mal tener a Daniel Craig al lado. Vamos... digo yo...
      ;-)

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    2. Hubiera sido demasiado grosero para mis fantasías. ;)

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    3. ¡Qué raras sois las chicas, la verdad!

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    1. Cuando veo uno tuyo, borrado, me pongo a temblar. "Que se le habría ocurrido ponerme a este capullo para haber tenido, el tío, que borrarlo...". Ja, ja.

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    2. No, simplemente me había equivocado al teclear con demasiados y hasta incomprensibles anacolutos, desconfiao

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  5. Puedo ser danunziano, pero antes tienes que regalarme un palazzo en Capri, macho

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  6. Y una Ducatti con duchessa ¡no te jode!.

    Por cierto, y hablando de otro tema, Paco Umbral se marcaría hoy en su columna una comparativa Saritissima-Thatcher de las de no te meneés.

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    1. Pues sí, fijo que comparaba a la Thatcher con un mariscal con permanente de cemento y alamares y a la Saritísima con una panterita gozosa que le sacó el cuerpo de penas a Gary Cooper.

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  7. Pues fíjate, tú, lo que es la vida:

    A mi me pone más la Thatcher como starlette y Sarítisssima como Primera Ministra de la cosa (que diría "el maestro"). La primera tiene ese no se qué mórbido de las dominantas no demasiado estrictas y la segunda gustaba de fumar puros habanos como el gran Winston Churchill.

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  8. Una decidió hacer felices a bastantes hombres y la otra desdichados a todos, pero, fíjate, esta última tiene una frase feminista que me gusta mucho: "Cuando quiera que alguien diga algo, pídeselo a un hombre. pero si quieres que alguien haga algo, pídeselo a una mujer"

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  9. Me gusta mucho, como todos tus relatos evocadores, pero precisamente por lo bien escrito que está, por lo bien que transmite esas sensaciones, también me agobia un poco: el verano sólo lo concibo fuera de Francia y pasando en el mar al menos siete u ocho de las veinticuatro horas del día.

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  10. Muchas Gracias, Antonio.

    No es ajeno a los propósitos del relato el de llegar a agobiar un poquillo al lector. Pero con dulzura, espero.

    A mí me pasa justo lo contrario que a tí. Que las vacaciones de verano de unos diez años a esta parte las paso siempre en Francia. Cada vez en un sitio distinto ¡Dichoso tú que la disfrutas todo el año y luego, la alternativa resulta ser una tierra casi tan dulce como aquella! Ya que podrán decir lo que quieran pero los gallegos, junto con los canarios y los baleares, resultan ser la gente más atemperada de España. Un fuerte abrazo y gracias, de nuevo, por tus gentiles palabras.

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