miércoles, 10 de abril de 2013

SALAMBO


Sucede justo antes de recupere la consciencia. Recién acaba de sonar el despertador y en mi mente resalta con total y absoluta claridad esta frase que paso a transcribirles:

“Las mujeres disimulaban sus atrocidades y aparentaban ser suspiros en la tierra y peldaños en la montaña, cuando verdaderamente eran peldaños en la tierra y suspiros en la montaña”.

Me despierto escuchándola dentro de mi cabeza y bien sé que la he soñado, que la acabo de soñar todavía encontrándome dormido. Sé que la misma no responde a la voluntad consciente de mi imaginación. Tengo la suerte de que justo encima de la mesilla de noche haya un lapicero y me apresuro a apuntarla -con torpeza y la luz apagada- en la página final en blanco de “El Placer”. Luego me llevo el libro al cuarto de baño y repaso la frase durante unos breves segundos, con la luz encendida, mientras va caldeándose el agua de la ducha.

La incognita estriba en imaginar todo lo que sucedió antes mientras aún permanecía durmiendo: ¿cuáles eran las atrocidades, aquellas, achacables a las mujeres? ¿cuándo, dónde... en que civilización, en qué época... procedería encuadrar los hechos que suscitaron, en mí, aquella desconcertante opinión?. Podría tratarse tan sólo de una frase, de una sola frase, totalmente desconectada en todos sus alrededores de cualquier conducta ajena e, incluso, de cualquier idea propia, pero podría ser igualmente aquello, una queja sentida, una opinión bien ponderada del comportamiento de esas mujeres a partir de lo que yo había observado en ellas durante el transcurso de ese sueño al que aquella enigmática frase -y hasta un tanto lapidaria, si se quiere- había puesto el punto y final.

No me pude sustraer tampoco, ya bajo los bulliciosos chorros del agua tibia, a plantearme el origen intelectual de la sentencia y, desechando de plano que aquella apareciese en la obra de algún prosista célebre de mi predilección que yo hubiese leído, me resultó muy grato ponerme a especular con la hipótesis de que si bien inédita en su exposición escrita -a esto me acabo de referir- sí que le perteneciese la autoría a su cerebro, y que este, por no se sabe que extrañas artes propias de los genios, o mejor de algunos genios específicamente elegidos, las hubiese podido transmitir al mío mientras yo dormía.

Era emocionante haber soñado -y luego poder escribir si tenías los suficientes reflejos, no te vencía la somnolencia y contabas para ello con un lápiz a mano- parte de las palabras y los pensamientos de Borges o de Flaubert (con optimismo me decía que la sentencia aquella podía perfectamente pertenecer a Salambó, a un capítulo de Salambó que nunca llegó a escribirse o que Gustave desestimó publicar después de escrito) ya una vez aquellas dos excelsas personalidades habían pasado a ser unos solemnes bustos de piedra y memoria perenne de la historia de la literatura.

¿No sería, de esta forma, hasta posible que el taimado ciego o el glotón gotoso -mejor, sus espíritus- me hubieran ido dictando en sueños, una noche tras otra, oraciones precisas, nombres y lugares que yo desconocía e incluso historias, novelas, en toda su completa extensión, para que yo me limitase a transcribirlas durante mis vigilias y transmitírselas, bajo el seudónimo de mi miserable identidad, al resto de sus semejantes del futuro?. Maravillosa posibilidad que me resultó imposible desechar por utópica.

Luego al regresar al dormitorio para terminar de secarme y comenzar a vestirme, distinguí, en la penumbra, tumbado sobre la cama -el día iba clareando por momentos-  el cuerpo medio desnudo de mi mujer y recordé que la noche anterior ella no había consentido de ninguna de las maneras que hiciésemos el amor a pesar de lo mucho que yo le confesé desearlo.

“Peldaños en la tierra y suspiros en la montaña”.

7 comentarios:

  1. Chulísimo relato. Por otra parte, mezclar a Flaubert y Borges tiene su guasa, casi tanta como el intento de Vila Matas de mezclar a Hemingway con Borges, toma antitésis. Lo de 'peldaños en la tierra y suspiros en la montaña' me recuerda, por otra parte, una mía muy querida: "Para madera la del huerto, y para frutos los del bosque" Ya digo, no sé por qué. Y ¡Viva Cartago!

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  2. Estimado Lansky

    Yo creo que más que chulísimo lo que ocurre es que esta corectamente escrito. Y casi nadie escribe en este pais mierdoso correctamente. Soy un puto estilista ¡qué le voy a hacer! Pero ¿el argumento...? No sé. Me repito demasiado, creo. Ahora bien, la historia de la frase es totalmente cierta. Palabra de honor. Y es de ayer mismo.

    ¡Viva Cartago! y ¡viva Roma!. Y ¡viva Murcia! también. Por si acaso... ;-)

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    1. No.
      Escribir correctamente (para ser leído en voz alta) es: “De parte del señor alcalde se hace saber…”. Escribir bien (para ser leído en voz baja o alta) es: Me ha dicho el alcalde que os diga que…” Lo primero tiene el estilo de la plantilla del pregonero; lo segundo, un estilo propio. Esa es la diferencia

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  3. ¡¡¡Ma má porque pa pá quieeere mataaar al pre go ne ro!!! Ja, ja...

    Lo de "correctamente", lo he dicho de manera consciente y con todas las consecuencias. La sintáxis... la redacción... de muchas novelas locales a las que he echado un vistazo es deficiente incluso desde un punto de vista ramplonamente burocrático. Si no hay pregón, no hay amor que valga. A lo sumo podrá existir un pomposo trabalenguas fruto de la ignorancia y la simplonería.

    A vueltas con tu ejemplo: "... las palabras del alcalde que quería que dijera y a vosotros que las tenéis que escuchar...". Frases como esta, o parecidas, aparecen en los libros.

    El caso. Que al final no me he enterado si tú creés que aquí, y ahora, los escritores que personalizan nuestras letras -los que cuentan con un renombre y una reputación- escriben bien o escriban mal. En líneas generales, claro.

    Abrazos!.

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    1. En general escriben bien, o correctamente, pero sólo unos pocos crean "arte", mundos, situaciones, personajes que son personas...

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  4. Un despertar muy duro tras esa ensoñación tan maravillosa.
    (Tengo ganas de leer la novela de Flaubert.)

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  5. Ah, me imaginé que alguien que sueña tales frases no podía dormir nunca al lado de ninguna mujer, y menos al lado de una a la que llama "mi mujer".
    El final es muy bueno.

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