miércoles, 3 de abril de 2013

EL UMBRALAMIENTO DE JULIAN BLUFF

¿Umbral o Viñó?

La boca de la noche. La oscura boca de la noche. Una trampa presta a engullir embustes y promesas. A devorar esperanzas.

Palabras que se entrecruzaron entre el bombeo de los bafles y entre el guiñar de los párpados. El ánimo emperrado en que se desate la lujuria, ávido de caras y de cuerpos, en una burda, esforzada, reivindicación de la parranda. Miradas perdidas que atraviesan el humo y los flashes, tragos imperiosos de alcohol para arropar de arrojo los balbuceos del habla. La encrucijada de la noche a punto de licuarse como los trozos de hielo de los destornilladores y de incendiar el aire como los ojos entornados de la chica morena que atiende la barra. Una barra estrecha, repleta de vasos, cuyo sentido último se ha perdido ya en el tiempo junto a un ramillete de bonitas mujeres que no se apoyaron jamás encima suyo y las risas procaces con las que los amigos festejábamos nuestro desencanto.

Sólo lo verdadero conserva ahora su importancia. Sólo lo bello. Y en un feed back apresurado, no podría nombrar hoy lugares y citas, tampoco fechas, ni sucesos, ni romances. Me cabría, sí, evocar de aquellos días: algún libro de Ripley, el recuerdo de otras que no estaban allí y la voz grave -y un poco nasal- de Elvis Costello, cantándole, enrabietado, a una mujer con una camisa verde.

Pese a todo, en la noche fea, de luces amarillas y prisa: papeles, cigarrillos, bronca, bocinazos y cubos de basura enmedio de las calles, volvía yo de vuelta, un sábado tras otro, al desparrame de la melopea, porque el alcohol siempre me trató bien, justo es decirlo -era para mí algo así como un padre bondadoso y un poco desastre de esos que nunca saben el curso en el que estás y de vez en cuando se pasan dos o tres días sin aparecer por casa (como un mítico piloto de jumbo)- y, también, porque no había podido ni sabido dar con ninguna otra cosa que me pareciese mejor, justo es decirlo.

Durante la semana tocaba ir a la universidad, intentar ser un tipo de provecho. Y yo procuraba defenderme del aburrimiento: riéndome de lo lindo, soltando gilipolleces, estudiando lo justo para el cinco pelao.

Deambulando junto a la boca de la noche -los viernes, los sábados- han ido transcurriendo las horas y los años de este iluso giocondo; imaginando unas amantes que eran sólo eso -imaginación- y sofisticadas bacanales que casi siempre terminaban relativizándose en la mesa de un VIPS con media lagarterana en el cuerpo y una cheesburger fría en el plato.

Al final, lo más emocionante, lo único emocionante, era llevarse a casa el periódico del domingo antes de que el domingo extendiera su capa -una capa negra de murciélago, como la de un vampiro- sobre el cuerpo resacoso y la boca sedienta del domingo. Porque al fin y a la postre, después de varias horas de farra, al cabo de un montón de copas bebidas casi a la fuerza en unos tabernáculos tributarios de la castidad y el tedio, lo único que permanecía sobrio de toda mi sustancia y ánima era el instinto básico de ponerme a leer a Paco Umbral cuando, convulso y apesadumbrado, me levantase de golpe, de la cama, con el sol blanquecino de la tarde.

10 comentarios:

  1. Curiosamente -las coincidencias o no existen o los finos las llaman 'sincronías'-, ayer me compré en una librería de viejo 'A las sombras de las muchachas rojas'; pretendida novela de la Transición que, como novela es rematadamente mala (no hay estructura), pero como crónicas secuenciadas e invención del lenguaje es una maravilla; de hecho, no ha habido otro con ese talento y ese oído para el idioma, esa habilidad para llamar "Fragabarne" a ese que sabemos...

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  2. Vuelve Umbral, como han vuelto los setenta. Cada generación desea hacer su propia "transición", ser protagonista de la historia. Y esta de ahora (y tengo por tal a los de treinta y pocos/veintimuchos) también. Pero sólo unos poquitos.

    ¡A ver quién cojones se pone hoy en día a currarse una constitución, o incluso a levantar una barricada, teniendo en casa banda ancha y 400 megas de bajada!. Además Umbral ya no está y nadie hay que se le parezca. Pobre periodismo español el de hoy en día.

    Me leí el cuento que me recomendaste la semana pasada y me gustó mucho ¡cómo no! Me conoces lo suficiente para saber que iba a gustarme. Ya escribiré algo sobre él. Creo.

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    1. Pues nada: ¡Adios, cordero!

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    2. Ah, y el último párrafo de este post, desde: "Al final, lo más emocionante(...)" hasta, el punto final: "...sol blanquecino de la tarde" es estupendo, chaval.

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  3. Me ha gustado mucho, Julián. Este costumbrismo lírico tuyo es lo que mejor te sale, o lo que yo más disfruto de lo que escribes. Y está muy bien el remate con Umbral, cuando todo el texto -desde el título, claro; quizás eso predisponga- ha venido evocándolo y hasta invocándolo como santo patrón.

    (Me ha gustado tanto que hasta te perdono un 'encima suyo' de finales del segundo párrafo. Todo sea por el ritmo de la prosa y la coloquialidad lírica...)

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  4. Mismamente no me cabe un piñón por el culo. O sea.

    Decirte Vanbrugh, que estás bajando la guardia, un "encima suyo" no puede perdonársele ni a la Mónica Bellucci mientras te escribe, en braguitas, una carta de amor. Ni ritmo de la prosa ni coloquilidad lírica ni pollas en vinagre, un "encima suyo" desimprime carácter. Siempre. O sea.

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  5. Del final del primer párrafo de tu último comentario (la parte contratante de la primera parte...) infiero que 'sea' es un sinónimo de 'culo'.

    Del del segundo párrafo, que 'sea' es un sinónimo de 'siempre'.

    Estoy confuso...

    (No bajo la guardia, como puedes ver. Era solo una tregua).

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  6. Mi último post supongo que te interesa, descastado...

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    1. Me leo todos, Lansky. Rigurosamente. Pero sólo opino cuando pienso que tengo algo que decir más o menos solvente. Tiene que ocurrírseme en ese momento, además.

      Un abrazo!.

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    2. Descastado. Bluff, no porque no me visites, sino porque no me dirijes la palabra al venir a mi casa.

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