miércoles, 24 de abril de 2013

LA GRAN IMPOSTURA


Nos sostenemos en pie con ideas, con buenas intenciones... vivimos de recuerdos, de esperanzas. La realidad pasa ante nuestros ojos, vertiginosa, sin que nos sea dado apoderarnos de su fuerza. Como niños, recurrimos a la fantasía para no estar tristes, para descerrajar el cofre del tiempo perdido, porque, al final, preferimos que sean otros los que deambulen por Balbec en el ocaso de las tardes de agosto, otros distintos, más apuestos y más jóvenes de lo que nosotros lo fuimos durante nuestra misma juventud. 

La llama de los ritos se mantiene viva. Se necesitan muchos, muchos, dioses y diosas a los que poder recurrir para no desfallecer en el camino y recomendarles la experiencia a nuestros hijos. Uno solo, esencial y pluscuamperfecto, no nos es suficiente, preferimos creer en lo ordinario: se llenan a reventar los estadios y en el altar larario irrumpen cada noche "Jorge Javier" y “Gran Hermano” para solaz y admiración de los ingenuos habitantes de esta parte del planeta. A la mañana siguiente toca levantarse temprano, rodear la ciudad y entrar en un edificio, lleno de mamparas, en el que la seducción no tiene la mínima cabida, en el que sólo cabe sobrevivir a base de redundancias y risas forzadas.

Ya se encargará la noche, la clemencia del sueño, de evitar que explotemos en pedazos, de impedir que nuestra decepción se convierta en asco, de mandarnos por unas horas al lado de todos esos dioses y diosas a los que veneramos durante la vigilia.

A la mañana siguiente, con nuestro despertar, otra vez retornará la evidencia para fijar las reglas, para señalar los límites y tolerar las trampas. Conseguirá el tiempo volver a escabullirse entre todos nosotros, como una cría de anguila, sin dejarse arrebatar ni una décima de segundo tan solo, y el azar volverá a decidir nuestro futuro, inermes -todos- ante sus vacilaciones; porque no, no nos conviene en modo alguno acudir a utilizar otros métodos más drásticos para combatir a la desesperación. Nosotros, justo, somos siempre el asesino y en un momento de debilidad o duda podríamos precipitar equivocadamente nuestro final. Dejemos, mejor, los gestos decisivos en manos de los dioses.

domingo, 21 de abril de 2013

LISBOA

(Foto jmllamas)

Ella se ha ido. Es imposible llegar a parte alguna sin tener que virar, a veces, el rumbo. Porque las rectas siempre finalizan, por muy largas que sean, y, entonces, habrá que torcer hacia un lado o el otro -según- si lo que queremos es no detenernos nunca.

En la casa nadie sabe el paradero de tu chica, les preguntas y responden con evasivas: que si “desde el verano la notaba más flaca”... que si “la vi ayer por la tarde regando la terraza”, en fin, no quieren especular con certidumbres y prefieren hacer uso de esas frases manidas que la gente utiliza cuando coincide en los ascensores.

Tú, hasta ahora, no has conseguido localizar su coche y en esos hoteles llenos de luces, con letreros horribles, que guarecen las autovías tampoco te has encontrado a nadie que jure haberla visto. “¿Una chica de pelo muy corto que siempre se ríe?. No sé, quizás la haya visto”.

Su madre te ha contado que ya desde muy niña le gustaba perderse, su hermana dice que está medio chiflada, su hermano Carlos es ahora sacerdote y el martes te llamó por teléfono para decirte que su corazón estaba contigo. No les crees. Piensas que evitan turbar sus vidas con acusaciones gratuitas; que tampoco quieren complicárselas mostrándose sinceros. Es normal. Porque tú albergas fundadas sospechas sobre el origen de la fuga de Elena. Crees saber quien ha sido su causante. Te lamentas por no haber sabido reaccionar a tiempo. Motejas tu racionalismo de egoísta, de torpe. Intentas aceptar tu culpabilidad, de nuevo, y continúas recorriendo como un autómata el renglón de la Nacional Cinco, camino del Atlántico. 

Esta noche de estaño dormirás en Lisboa, su ciudad favorita. Sucumbirás al sueño entre preguntas: "¿procedí en mi arrebato, a torcer el volante en cada curva?".

miércoles, 10 de abril de 2013

SALAMBO


Sucede justo antes de recupere la consciencia. Recién acaba de sonar el despertador y en mi mente resalta con total y absoluta claridad esta frase que paso a transcribirles:

“Las mujeres disimulaban sus atrocidades y aparentaban ser suspiros en la tierra y peldaños en la montaña, cuando verdaderamente eran peldaños en la tierra y suspiros en la montaña”.

Me despierto escuchándola dentro de mi cabeza y bien sé que la he soñado, que la acabo de soñar todavía encontrándome dormido. Sé que la misma no responde a la voluntad consciente de mi imaginación. Tengo la suerte de que justo encima de la mesilla de noche haya un lapicero y me apresuro a apuntarla -con torpeza y la luz apagada- en la página final en blanco de “El Placer”. Luego me llevo el libro al cuarto de baño y repaso la frase durante unos breves segundos, con la luz encendida, mientras va caldeándose el agua de la ducha.

La incognita estriba en imaginar todo lo que sucedió antes mientras aún permanecía durmiendo: ¿cuáles eran las atrocidades, aquellas, achacables a las mujeres? ¿cuándo, dónde... en que civilización, en qué época... procedería encuadrar los hechos que suscitaron, en mí, aquella desconcertante opinión?. Podría tratarse tan sólo de una frase, de una sola frase, totalmente desconectada en todos sus alrededores de cualquier conducta ajena e, incluso, de cualquier idea propia, pero podría ser igualmente aquello, una queja sentida, una opinión bien ponderada del comportamiento de esas mujeres a partir de lo que yo había observado en ellas durante el transcurso de ese sueño al que aquella enigmática frase -y hasta un tanto lapidaria, si se quiere- había puesto el punto y final.

No me pude sustraer tampoco, ya bajo los bulliciosos chorros del agua tibia, a plantearme el origen intelectual de la sentencia y, desechando de plano que aquella apareciese en la obra de algún prosista célebre de mi predilección que yo hubiese leído, me resultó muy grato ponerme a especular con la hipótesis de que si bien inédita en su exposición escrita -a esto me acabo de referir- sí que le perteneciese la autoría a su cerebro, y que este, por no se sabe que extrañas artes propias de los genios, o mejor de algunos genios específicamente elegidos, las hubiese podido transmitir al mío mientras yo dormía.

Era emocionante haber soñado -y luego poder escribir si tenías los suficientes reflejos, no te vencía la somnolencia y contabas para ello con un lápiz a mano- parte de las palabras y los pensamientos de Borges o de Flaubert (con optimismo me decía que la sentencia aquella podía perfectamente pertenecer a Salambó, a un capítulo de Salambó que nunca llegó a escribirse o que Gustave desestimó publicar después de escrito) ya una vez aquellas dos excelsas personalidades habían pasado a ser unos solemnes bustos de piedra y memoria perenne de la historia de la literatura.

¿No sería, de esta forma, hasta posible que el taimado ciego o el glotón gotoso -mejor, sus espíritus- me hubieran ido dictando en sueños, una noche tras otra, oraciones precisas, nombres y lugares que yo desconocía e incluso historias, novelas, en toda su completa extensión, para que yo me limitase a transcribirlas durante mis vigilias y transmitírselas, bajo el seudónimo de mi miserable identidad, al resto de sus semejantes del futuro?. Maravillosa posibilidad que me resultó imposible desechar por utópica.

Luego al regresar al dormitorio para terminar de secarme y comenzar a vestirme, distinguí, en la penumbra, tumbado sobre la cama -el día iba clareando por momentos-  el cuerpo medio desnudo de mi mujer y recordé que la noche anterior ella no había consentido de ninguna de las maneras que hiciésemos el amor a pesar de lo mucho que yo le confesé desearlo.

“Peldaños en la tierra y suspiros en la montaña”.

domingo, 7 de abril de 2013

TOUR DE FRANCE


Las tardes, similares en color y textura todas ellas, eran transparentes y suaves, ligeramente azules, en cierta medida parecidas a los élitros antidiluvianos de los saltamontes. Había un piano, pero faltaba el pianista. La música de las veladas era fruto de unos altavoces de plástico mate que ocultaban -en los rincones- la cenefa de escayola del techo, y no demasiado distinta de la que sonaba los sábados por la noche en la verbena del pueblo. Las caras de la gente acostumbraban a transmitir confusión: aquellas eran sus vacaciones, debían parecer felices, y no sabían muy bien como expresarlo. Me gustaba la vida en mi habitación con el papel pintado de las paredes repleto de pájaros, escribir bobadas en un bloc de tapas jaspeadas con el nombre del hotel impreso en cada hoja, leer, a la caída de la tarde, libros ya leídos otros atardeceres pasados. Descubrir en sus páginas palabras magnéticas. Pensaba, con ternura, en los muertos que habían ideado, años ha, todas esas historias tan buenas.

“Si supiera sublimar mi vida en el balneario” -me decía- “podría, tal vez, llegar a ser alguno de estos personajes”. Ignoraba cual.

Gracias al viento, los estanques atrapaban las hojas muertas, manchadas de tierra, que nadie recoge.

Me gustaba -ya lo he dicho- gandulear en mi cuarto sabiendo que no estaba solo. Asomarme al balcón y ver frenar los coches de los que llegaban, ver arrancar los de los que se iban. Oír la radio, bajito, y enterarme de los triunfos de Louison Bobet en las altas cimas de Los Pirineos y Los Alpes.

Bajo la ducha me acordaba de ti. Desnudo te deseaba. Pero no quería volver a avergonzarme de mi mismo, y, cuando eso ocurría, les entregaba mi voluntad, de inmediato, a los crueles villanos de las novelas. Me amaban más que tú. Hay veces en las que las moralejas de los cuentos se refieren sólo a los demás.

Mi vida y mi persona, tan vulgares, no podrían ser, seguro, el sueño de un cíclope o de un ángel. Tampoco los jardines descuidados y sucios, los largos pasillos con goteras, ni las fuentes rotas de piedra, aparentaban ser hijos de los delirios de un príncipe. No. Aquél sitio no se parecía en nada a Bomarzo.

Los días más despejados, algunas mujeres -cuatro o cinco, seis a lo sumo- se acercaban hasta la piscina y se tumbaban boca arriba, bajo el sol, en unas hamacas de madera parda, con la tela beige deshilachada. No había ninguna que fuese verdaderamente bonita. Pero beberte un Martini, mientras las mirabas, podía llegar a ser excitante -o, al menos, morboso- si te concentrabas en lo mejor de cada cuerpo.

Las noches eran una parte más, otra cualquiera, de los días. Y los bailes, las conversaciones... ¡y hasta los baños y las despedidas! no pasaban de ser meros gestos de un ritual gastado que se resistía a morir; como las cenas del domingo en la pérgola.

Las sábanas de hilo estaban siempre húmedas. La cama chirriaba al moverte...

El sueño me vencía mediante la evidencia de lo tangible. Aunque hubo una noche en la que rodé despacio sobre tu cuerpo desnudo subido encima de una bicicleta, con un niki amarillo.

Septiembre, rodeado de todos aquellos pájaros, me habría cortado la respiración.

miércoles, 3 de abril de 2013

EL UMBRALAMIENTO DE JULIAN BLUFF

¿Umbral o Viñó?

La boca de la noche. La oscura boca de la noche. Una trampa presta a engullir embustes y promesas. A devorar esperanzas.

Palabras que se entrecruzaron entre el bombeo de los bafles y entre el guiñar de los párpados. El ánimo emperrado en que se desate la lujuria, ávido de caras y de cuerpos, en una burda, esforzada, reivindicación de la parranda. Miradas perdidas que atraviesan el humo y los flashes, tragos imperiosos de alcohol para arropar de arrojo los balbuceos del habla. La encrucijada de la noche a punto de licuarse como los trozos de hielo de los destornilladores y de incendiar el aire como los ojos entornados de la chica morena que atiende la barra. Una barra estrecha, repleta de vasos, cuyo sentido último se ha perdido ya en el tiempo junto a un ramillete de bonitas mujeres que no se apoyaron jamás encima suyo y las risas procaces con las que los amigos festejábamos nuestro desencanto.

Sólo lo verdadero conserva ahora su importancia. Sólo lo bello. Y en un feed back apresurado, no podría nombrar hoy lugares y citas, tampoco fechas, ni sucesos, ni romances. Me cabría, sí, evocar de aquellos días: algún libro de Ripley, el recuerdo de otras que no estaban allí y la voz grave -y un poco nasal- de Elvis Costello, cantándole, enrabietado, a una mujer con una camisa verde.

Pese a todo, en la noche fea, de luces amarillas y prisa: papeles, cigarrillos, bronca, bocinazos y cubos de basura enmedio de las calles, volvía yo de vuelta, un sábado tras otro, al desparrame de la melopea, porque el alcohol siempre me trató bien, justo es decirlo -era para mí algo así como un padre bondadoso y un poco desastre de esos que nunca saben el curso en el que estás y de vez en cuando se pasan dos o tres días sin aparecer por casa (como un mítico piloto de jumbo)- y, también, porque no había podido ni sabido dar con ninguna otra cosa que me pareciese mejor, justo es decirlo.

Durante la semana tocaba ir a la universidad, intentar ser un tipo de provecho. Y yo procuraba defenderme del aburrimiento: riéndome de lo lindo, soltando gilipolleces, estudiando lo justo para el cinco pelao.

Deambulando junto a la boca de la noche -los viernes, los sábados- han ido transcurriendo las horas y los años de este iluso giocondo; imaginando unas amantes que eran sólo eso -imaginación- y sofisticadas bacanales que casi siempre terminaban relativizándose en la mesa de un VIPS con media lagarterana en el cuerpo y una cheesburger fría en el plato.

Al final, lo más emocionante, lo único emocionante, era llevarse a casa el periódico del domingo antes de que el domingo extendiera su capa -una capa negra de murciélago, como la de un vampiro- sobre el cuerpo resacoso y la boca sedienta del domingo. Porque al fin y a la postre, después de varias horas de farra, al cabo de un montón de copas bebidas casi a la fuerza en unos tabernáculos tributarios de la castidad y el tedio, lo único que permanecía sobrio de toda mi sustancia y ánima era el instinto básico de ponerme a leer a Paco Umbral cuando, convulso y apesadumbrado, me levantase de golpe, de la cama, con el sol blanquecino de la tarde.

lunes, 1 de abril de 2013

DULCE FRANCIA


A todos, la edad no importa, nos gustaría hacer el amor con Carla Bruni. Carla Bruni canta, canta... Y todos sentimos que queremos hacer el amor con ella. Nuestro humilde espíritu, como un pollito amarillo, persigue protegerse del frío y la pena apretándose fuerte contra sus canciones y su voz. También contra sus caderas. La feminidad es así, Francia también lo es, las hijas pálidas de los emigrantes italianos lo son igual, y lo que todos deseamos cada vez que ella canta, sin analizarlo, casi sin darnos cuenta, como cuando de bebés nos aproximábamos gracias a una fuerza apremiante, irreprimible, con la boquita abierta, hacia los pechos amorosos de nuestra mamá, es hacer el amor con Carla Bruni. ¿Puede alguien defender que eso del "sex appeal" no existe después de escuchar cantar a Carla Bruni? Me atrevo a afirmar que hasta es posible que a los presidentes varones -¿sólo los varones?- de las más tradicionales y tercas, y pundonorosas, naciones del mundo les resulte imposible sustraerse al hechizo ¿por qué no?.


Sí, podría imaginármelos. A Rajoy, a Ahmadineyad, a Kim Jong Un ¡y hasta a Obama! intentando levantarle la donna al franco húngaro.

¡Vanos propósitos, fatuas ilusiones! Porque el que va a hacerlo soy yo. Julian Bluff.

Lo descrito con anterioridad que es una verdad como un templo, salvo en lo que alude a los ideales de los cuatro ilustres jerarcas -unos ideales, me imagino, bastante más prosaícos que los míos- viene a cuento con motivo de la próxima salida al mercado, a mediados de este mes, del último disco de la señora ex-presidenta de la subyugante nación vecina.

A partir de aquí, guardo silencio. Escuchen. Disfruten clamorosamente de la primicia.