jueves, 14 de marzo de 2013

QUANDO


“Quería que me lo dieses todo, no te pedí nada más”.

Avanzaba despacio por la carretera llena de curvas que va de Milán a Génova. En el reproductor de MP3’s del coche había una chica que cantaba justo eso: “sólo quería que me lo dieses todo, no te pedí nada más”.

Yo sabía que no lo había dado todo. Que absolutamente nadie puede darlo.

Al salir de una curva cerrada, distinguí entre los pinos un azul de un tono añil muy fuerte, excesivo, casi diría que de mentira -como si lo hubiese compuesto en Arlés, o en otra pequeña ciudad francesa del interior, algún copista sin prejuicios quien... para celebrar esa untuosa recreación del Mediterráneo con la mezcla de los colores de su paleta... no habría dudado un instante en descorchar una botella de vino de paja a su propia salud- pero no, no era mentira; era de verdad.

Trataba de asimilar la letra de la canción e intentar traducirla mientras conducía. A la vez... iba tarareándola por medio murmullos. Casi sin abrir la boca. Algo bastante gay. La canción continuaba diciendo:

“Escribí una canción sobre tí y todo lo que te decía, terminó pasando...”

proseguía la letra:

“... imaginé como podías herirme, pensé en casi todas las formas en las que un hombre puede causarle daño a una mujer, pero no calculé que tú pudieses llegar a ser capaz de hacerlo; no, tan pronto”.

Sí, sabía que no lo había dado todo. Sabía, también, que en buena parte eso había sido por su forma de ser. Aún así prefería reconocerme culpable como siempre que pensaba, y escribía, sobre mí mismo. También esta vez iba a hacerlo en cuanto llegase al hotel. Una carta. Le pediría perdón. No se me ocurría ninguna otra forma de ser veraz y de impedir que la decepción acabase convitiéndome con el paso del tiempo, cada vez que me acordase de ella, en un tipo parecido a una cantante country a punto de entrar en la cincuentena sin la sensibilidad suficiente para seguir regocijándome con los sentidos gestos de amor gracias a los que ella fue una vez capaz de iluminar mi melancolía.

2 comentarios:

  1. Buenísimo.Aunque últimamente los científicos dicen que "el libre albedrío" no existe. Neurociencia cognitiva se llama. Ergo: Nuestro protagonista no puede arrepentirse de una decisión tomada por su yo más fuerte.

    ResponderEliminar
  2. Hablo de la conveniencia de reconocernos culpables -lo cual va ser verdad, ya que, por lo menos en parte, siempre somos culpables- como un sencillo recurso para no autoinfligirnos lástima.

    Por muchas explicaciones que se demanden, las respuestas van a ser siempre sesgadas. Mejor... entonces... no llegar a pedirlas y las coas son como son y la tranquilidad se obtiene de saber manejarlas sin maniqueismos.

    ResponderEliminar