lunes, 25 de febrero de 2013

MUJICA LAINEZ Y OTROS RECUERDOS MAS


Desde viejas historias de Buenos Aires mis sentires navegan hacia nuevas historias de desencantados, llegan a Alejandría. La pantalla del ordenador me deniega la búsqueda. Después de haberlo intentado varias veces, soñando entre los despojos de una ballena azul que alguien ha arponeado muy lejos de aquí, empiezo a contar con los dedos: uno, dos, tres... el tiempo que falta.

Siete, ocho, nueve... dedicaré parte de la mañana a pasear sin prisas camino de un rincón escondido en el que pueda abstraerme junto al regocijo de mi felicidad; bien cumplido el mediodía, un guiso humeante cocinado con esmero y servido con entusiasmo por unas manos sonrosadas deseosas de caricias; por la noche, el viejo bock de cerveza recordando a Chesterton y a Hartley, a Saki y Francis Illes, entre muchachas y hombres sonrientes, rendido mi espíritu a los sones de aquella vieja nueva ola que forjó de una manera definitiva mi carácter. Lo que soy hoy.

Reculo en mi silla giratoria, cuyas patas son tres ruedas, para seguir haciendo que suene la banda sonora de esta tarde anónima, y emprendida -con Brett Anderson- la deriva hacia lo tenue y lo borroso, tomo el bolígrafo y comienzo a escribir: “desde viejas historias de Buenos Aires mis sentires navegan hacia nuevas historias de desencantados...”. Redacto despacio, procurando sentir la esperanza de los nuevos días en mi pulso y hasta sumirme en el sentimiento de entereza que me inspiran mis ídolos atávicos: la música pop, Gran Bretaña, la razón, el goce culinario, los libros exactos. ¿Debería proseguir en, este, mi afán por singularizar la tarde, dedicándome a desenmascarar la impostura de algún tópico, de alguna frase hecha?, tal vez, ¿por qué no?. En la búsqueda de la felicidad nos pasamos la vida comparando. Las comparaciones no son odiosas; lo odioso -o, mejor, lo perverso- es denostar las comparaciones, porque el menosprecio del criterio aboca al adocenamiento y la servidumbre es algo discutiblemente humano. Lo que algunas veces sí que es odioso -o, mejor, lamentable- es la elección. Pero eso es otro tema.

Y ahora casi ya ha pasado entera la tarde. Esta tarde lluviosa de mayo en la que la tierra tampoco se ha parado de repente y a mí me ha dolido con insistencia una muela. En la noche convendrá entrar con el orgullo necesario para que -por lo menos mientras transcurran los sueños- nos enaltezca el ánimo la ilusión.

Consciente de que no voy a ser capaz de componer nuevos propósitos de mayor consuelo, me meto en la cama, cierro el cuaderno, apago la luz y aguardo... Al cabo de los años, otra tarde cualquiera, me encontraré en sus páginas abiertas algunas ideas sueltas de un extraño. De alguien al que quizás me cueste un mundo reconocer.

4 comentarios:

  1. Oshheee, pibe, si hasta te ha salido acento porteñooo

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  2. ¿Cómo pretendes qué no me ponga meloso contigo, Lansky, si tú, -sí, tú- en ti mismo, y en un todo, integras, por completo y por último, mi indivisible y único "estudio general de medios" o también, por mejor llamado, mi inestimable y amantísimo público lector.

    UN DIEZ por tu perseverancia y un QUINIENTOS por tu modesto alarde de criterio ¡Ja,jaaaajaja!!!

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  3. Me ha gustado horrores ¿Por qué es tan fácil caer en la servidumbre cuando es algo tan alejado de nuestro espíritu? ¿O es que quizá uno se rinde sintiéndose libre para hacerlo? Pero ¿ es que acaso no sabe que se engaña?
    Oh, qué triste destino el de ser hombre!

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    1. "La servidumbre es algo discutiblemente humano" (eso que se dice en el post y a lo que me parece que tú aludes) justo para los que ambicionamos disponer de un criterio propio (como también se apunta en el texto) Para todos esos otros -una inmensa mayoría- que defienden que las comparaciones son odiosas, la consigna es la pauta, y la servidumbre el GPS para no perderse por el camino. Muchos aceptan esto por falta de luces, otros lo asumen por puro miedo y unos más lo defienden por hipócrita ambición.

      O eso creo.

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