miércoles, 27 de febrero de 2013

GUANTES SUCIOS


Era yo, caminando una noche cualquiera por una ciudad desconocida. Por las calles no pasaba nadie. El golpeteo de mis pisadas remachaba la soledad. Un clamor irritante en aquel escenario sin reparto. Miré el reloj y vi que todavía no eran las once. Miré la luna: creciendo... a punto de colmarse su cuerpo de la incandescencia del sol... su blanco lucía desvaído, sucio, sin apenas brillo.

Tras un largo y tedioso  viaje en tren, sentía hambre; mucha. Al conductor del taxi que cogí en la estación: un gordo coloradote, barbilampiño, hablar no parecía gustarle demasiado. Su rostro de perfil, sesgado -tal y como yo lo había visto- resultaba parecido al de un bebé rollizo que se hallara a punto de entrar en la treintena. Cuando se lo pregunté, no supo indicarme ningún restaurante que permaneciese abierto.

Yo era alguien que había ido hasta esa ciudad por una cuestión de testamentos y legados. De declaraciones juradas. De memoria. Pero a esas horas, y con esa luna, los que me estuviesen observando avanzar a toda prisa entre la soledad, sin nadie al lado, podrían imaginar de mí que era un malhechor, un adúltero recalcitrante o un pobre diablo al que el alcohol era ya el único amigo que le quedaba. Aunque lo más probable es que en aquellas casas, y esas horas, no existiera nadie despierto echándoles un vistazo a las calles desde detrás de las cortinas de su dormitorio, absolutamente nadie al que el aburrimiento, el insomnio o la curiosidad, lo hubiesen abocado a tener la ocasión de localizarme.

Me fijé -al salir a una plaza- en la luz amarilla de las farolas, en una torre de piedra que alojaba un reloj en lo alto, en los murciélagos, desflecando el aire como aviones sincopados... para comer, para comunicarse. Aceleré el paso: quería evitar que me aturdieran los once tañidos de las once. Crucé un paseo, esquivando la velocidad bronca de unos cuantos coches desperdigados, y llegué hasta un parque.

Desde que salí del hotel no había visto a nadie a quién poder preguntarle por un bar.

Mis pasos invadieron, ahora, la sombra de un kiosco de música dispuesto -como el remache de las fichas de dominó- en el centro de unos parterres. Un perro sin dueño dio un par de ladridos alejándose de mí, escamoteando mi presencia, al percibir mi olor.

Desde enmedio de la oscuridad creí distinguir que un banco, o algo sentado encima suyo, se movía.

Desvié ligeramente mi rumbo. Vi que se trataba de unos novios abrazados; tan fuerte, tan juntos, que resultaba casi imposible diferenciar sus cuerpos. Sopesé si interrumpir sus caricias no constituiría un detalle de mal gusto por mi parte; pensé, egoísta, que mi necesidad justificaría la indiscreción. Opté, al final, por pasar de largo y acudí a sentarme a otro banco, vacío, desde el que podían verse los coches aparcados en fila tras los macizos barrotes del vallado. Deje caer mi culo sobre las tablas. Había a mis pies varios tetrabriks, chafados, de vino tinto; lo que parecía ser un guante de lana, sin su par. Y, aunque todas las ciudades me gustan cuando no vivo en ellas, pensé que en esa, precisamente en esa en la que justo en esos mismos instantes me hallaba solo y medio perdido, no iba a resultarme demasiado fácil poder volver a encauzar mi vida.

5 comentarios:

  1. Vidrios rotos y nalgas en la noche, o sea.

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  2. No lo pillo, demasiado críptico. Te estas volviendo un cripticón. Nada, chico... que sigo sin pillarlo.

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  3. Yo Pluton (con 'L') y tu Proserpina

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  4. Me recuerda a lo que sentí cuando llegué a Luxemburgo.

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  5. Emma

    Pero por lo visto dicen que hay unas pastelerías cojonudas ¿no?.

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