miércoles, 9 de enero de 2013

LAS SALAMANDRAS CIEGAS


Tu voz, jirones turquesas de aurora en la humedad de la caverna. Tu voz, prendida con la luz de los ángeles zurdos para cruz y cilicio de tus adoradores.

Kilómetros de vergüenza en la memoria: el amor es el asesino más buscado por la víctima.

Un trapo en la garganta, empapado de celos, no me dejaba hablar, estaba amedrentado por los sables de acero de tu voz.

Quería hacerte llorar para que tu voz sonara triste, hacerte sufrir para que sonara mísera, hacerte el amor para que sonase ñoña. Deseaba asirte por los hombros y agitarte -tiránico como el bastión de los gorilas- para desgarrar por la fuerza la fuerza de tu voz.

Pretendía ese sonido sólo para mi. Mío o de nadie. Escuchar tus palabras entre las llamaradas que cada cierto tiempo incendiaban mi vida; disfrutarlas, exactas, en mi lecho de muerte.

En mis oidos, cada vez que te oía hablar: repicaban las campanas del sexo; en mis manos: desbordaban las palmas tus senos.

Pude enloquecer como Van Gogh, cortándome la oreja con el filo de unas crueles -y tiernas- cuchillas de palabras. No lo hice. Hoy te recuerdo entera: tus ojos, tu boca, tu cuerpo...

Y aunque, lo sé, todos estos recuerdos tendrían que haberse convertido ya en oraciones perdidas de un libro viejo, aún hay veces en las que me parece sentirte respirar a mi lado mientras sueño, en las que te puedo sentir sonriente -y oculta- en los rincones nevados de los sueños. Te escucho hablarme. No sé que responderte. Ni siquiera te puedo tocar. Tu voz en llamas acorrala a mi corazón contra el silencio y yo no soy capaz de decirte nada.

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