martes, 1 de enero de 2013

JUEGO DE MASCARAS



Cohabitan como pueden en mi cabeza dos planos diferentes de la realidad. En el primero de ellos, soy el más absoluto protagonista, soy el fondo y la forma; es justo a mí a quién van a ir a parar todas las preguntas, y justo en mí donde todas las hipótesis, por muy extrañas que estas pudieran llegar a ser, deben verificarse. En este plano de mi psique, mal que bien, adopto decisiones, persigo la felicidad… a veces, incluso, me siento moderadamente satisfecho.

Mas en el otro plano, el de la realidad de los “otros”, que se superpone y se intercala con el anterior, acostumbro a estar casi siempre hecho un auténtico lío. Cualquier decisión que adopte… cualquier palabra que pronuncie… desde esta otra perspectiva va a representar una cierta desnaturalización, integrar por si misma un inevitable descreimiento, ardides chapuceros para que a los demás no les importe hacer suyo nuestro discurso y les parezcan respetables nuestras intervenciones. Un inmenso escenario de mentiras, de conveniencias, que es paradójicamente el que otorga fundamento a la razón y les permite actuar a las personas con una aparente entereza. Y no, en esta segunda dimensión repleta de tópicos, de egoísmos y de buenos propósitos no acostumbro, yo, a moverme con demasiada soltura.

Más o menos puedo ser un hombre justo cuando es a mí mismo a quien juzgo. O puedo no serlo. Nada ni nadie me lo impide. Las reglas del juego las interpreto yo y derivan de un respetable pensamiento cartesiano. Es en mi vida con los “otros” cuando esas reglas son otras distintas y su aplicación no va a depender ya de mí. Forman parte del suceso aleatorio de habitar cierta curiosa parte del planeta en la que la validez de lo razonable no suele aceptarse en base a esa misma racionalidad y en donde los actos merecedores de crédito acostumbran a ser los acometidos sin la menor meditación.

Y así ando yo dando tumbos dentro de mi mismo, zarandeado entre lo desnudo, lo exacto, lo sincero -mis pensamientos íntimos- y exteriorizando a la luz unos comportamientos tipo adecuados para que la sociedad no se canse de mí y termine por excluirme de su juego. Un estúpido juego de máscaras en el que no me quedan más huevos que participar.

3 comentarios:

  1. Claro que no queda otra que ponerse la máscara.
    Acabo de leer "Senilità" de Italo Svevo, que transcurre durante las fiestas de carnaval en Trieste, (de hecho a la novela la llamó primero fiestas de carnaval, o algo así). No tiene nada que ver con las fiestas de G. Casanova, es un estudio de sí mismo con interrogantes parecidos a los tuyos.
    He aprendido que las máscaras son necesarias pero hay que hacer consciente el hecho de ponerlas y quitarlas y saber cómo y cuando, si es posible. Lo estoy intentando y a veces me divierto. Otras...

    ¡Suerte!

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  2. "Senilidad" yo creo que la he leído tres veces, la última no hace demasiados años. Es muy bueno Svevo y muy triste me pareció Trieste. He estado allí, de paso, en un par de ocasiones. Me acuerdo, sobre todo, del acuario. Y de la novela, de lo que más me acuerdo es de un pintor bohemio, amigo del protagonista (¿o eso es de la de Zeno?) y de una chica que daba lecciones de canto. Y que cantaba mal pero estaba buena o algo así. De lo del carnaval no consigo acordarme.

    Un fuerte abrazo, Valeria.

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  3. Aún estoy un poco influenciada, Julian, por la lectura reciente de las venturas y sobretodo desventuras del pobre Emilio; el amigo escultor Balli, la hermana y la bella dama son los personajes y se mueven en dos meses de invierno que celebraban fiestas continuas de carnaval. No he estado en Trieste pero te creo, sobretodo en invierno. Svevo ya enfrentó a Zeno al psicoanalísta con el humo de su cigarrillo, y en esta razona acerca de la locura, obsesiones, histerias. Uno, si no el primero, que utilizó la nueva técnica creada por Freud.

    Otro abrazo para ti.

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