martes, 29 de enero de 2013

ISLAS


Iba a escribir algo sobre la muerte, “Morirse en Abril”, lo iba a titular y pensaba hablar de un hospital muy blanco, rodeado de unos árboles muy verdes, en el que un hombre joven -treinta años más o menos- se iba consumiendo poco a poco entre cables y maquinitas que creaban diagramas y secuencias de luz en una pantalla. Pero era algo muy triste y, al final, no me ha parecido bien hacerlo.

Al hombre lo drogaban cada día para quitarle el dolor y él les sonreía a las enfermeras cada vez que le visitaban para comprobar su temperatura; lo hacía para comprobar su ternura.

Iba a contarles -de este hombre- que se afeitaba dentro de la cama y apenas tenía ningunas ganas de comer. Fabular de sus amores, su dolor, su esperanza... pero todo eso es algo tan triste que al final he desestimado hacerlo.

He preferido hablar de él ahora -que anda por los veinticinco- y está pletórico de felicidad porque acaba de aprobar unas oposiciones. Ahora, que espera al futuro lleno de optimismo y está dudando si pedir plaza en Mallorca o en Tenerife, porque los dos sitios le apetecen. Son islas.

Justo en este instante -en el que casi ninguno de ustedes lo está viendo- pasea por un parque llevando de la mano a una niña pequeña que es su sobrina, la hija de su hermana; van camino de un estanque con patos y desperdicios al que acuden las pandillas de chicos para hacer el tonto y echarse agua con los remos de una barca a otra. El sol ha comenzado su declive y la chiquilla desea saber como se llaman unas flores moradas en las que es la primera vez que se fija. Se lo pregunta a su tío. “Son violetas”, le dice él. “¿Es verdad que vas a vivir en otro sitio?”. “Sí, cariño, voy a irme a Tenerife”. Se sorprende a sí mismo por haber tomado la decisión así, de repente, al responder a la cría. Lo que en esos momentos no sabe, ni siquiera sospecha, es que de haber elegido la otra isla jamás habría tenido que avanzar por aquella larga recta en la que al conductor de un camión le venció el sueño. O, tal vez sí, quizás sí habría tenido que hacerlo, es posible que aquella recta constituyese una parte indisponible de su vida. Algo tan preciso y definitivo como las ganas de saber de la niña o el color, mismo, de las violetas.


2 comentarios:

  1. del color de las violetas es tu relato

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  2. Amigo Lansky,

    Probablemente mi subconsciente eligiese esa flor, y no otra cualquiera, consciente de que la historia donde iba a aparecer era, como tú bien dices, una historia de color violeta. Muy perspicaz ;-)

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