martes, 15 de enero de 2013

CHICK LIT & CHIC LIT


Con motivo de la reedición en España (Ed. Anagrama) de la novela “Angel”, de Elizaberth Taylor, me ha parecido oportuno lanzar al vuelo unas cuantas reflexiones sobre el tema, hoy tan en boga, de la literatura de género. Entendido este en su sentido más palmario: nada de distinguir entre novela de aventuras, novela negra o novela sci-fi... sino que el apelativo haría referencia a la diferenciación entre un estilo de novela dirigido a un público de género mayoritariamente femenino y otro cuyos destinatarios corresponderían mayoritariamente al género masculino. Y matizo “mayoritariamente” porque siempre hay gente dispuesta a meter las narices donde no la llaman.

Trata el inicio de este libro, publicado en 1.957 -pronto habrán transcurrido sesenta años, que incluso para Gardel parece que sí que son algo- de las tentativas de una adolescente británica para publicar una novela que acaba de escribir. La novela de la novata cuenta una historia recargadísima, atestada de marquesas y lamé... repleta de mansiones y esmeraldas... capaz de provocar una curiosa disparidad de criterios entre los dos socios de la editorial “Gilbraith & Brace” receptora del manuscrito. Mientras que al primero, la historia le parece adecuadamente apropiada (no olviden que estoy escribiendo en “mode” british) el segundo no va a pasar de considerarla un bodrio (tampoco olviden que soy español). Y en esas andan -ahora- los dos editores, sopesando entre ellos los méritos, Gilbraith, y deméritos, Brace, de la obra que tienen ante sus ojos, cuando nos acercamos, nosotros, a fisgonear. Concedámosle el uso de la palabra a Brace, el pretendido detractor, en el preciso instante de hacer patente ante su colega el desmesurado uso de “latiguillos”, “muletillas”, “coletillas” ¡vaya unos nombres más feos! o como los queramos llamar, incluso “remoquetes”, por parte de la precoz narradora:

“-Hay un ‹‹más aún›› en cada página. Mi mujer los ha contado. Ella se encargó de las páginas pares, yo de las impares. Debíamos pagar un chelín al otro por cada una de nuestras páginas en la que no hubiera un ‹‹más aún››, y de la primera a la última no cambió de mano una sola moneda de plata.

-¿Así que Elspeth también lo ha leído?

-¿Leerlo? Devoró y engulló cada iridiscente palabra.

-Las demás mujeres harán lo mismo.

-Espero que más respetuosamente.

-Es muy posible. Percibo en todo ello una extraordinaria fuerza, y en consecuencia me pregunto si se trata de genio o de locura. Me ha fascinado por completo.

-Y a mí.  En especial la forma en que tratan el champagne.

-No es la primera escritora que lo abre con sacacorchos, y puede que no sea la última. Y además, ¿qué importa?”.

¿Observan? Tanto Gilbraith como Brace vienen a coincidir en que a las mujeres, al público lector femenino, le fascinan las palabras iridiscentes, diamantinas, que devoran y engullen como si fuesen unos gruesos bombones de trufa dotados del prodigioso don de la inconsistencia: vas a poder comerte todos los que quieras ¡sin añadir un gramo de grasa a tu figura!. Esto es justo lo que buscan, y han buscado siempre, ya lo están viendo, las chicas, las lectoras: bombones de trufa dialécticos. Y si eres alguien capaz de proporcionárselos, da igual lo cursi que te pongas; es lo mismo las veces que hagas uso de un mismo truco retórico; no importa demasiado que puedan existir evidentes incoherencias en tus planteamientos narrativos... ¡triunfarás!.

Menudos machistas los tales Gilbraith y Grace y menudo machista Julian Bluff, seguro que estarán proclamando algunas de ustedes en su mente -que me las imagino por lo general discretas y contenidas- ante semejante tesitura. Mas no deben olvidar que el último de los aquí citados profesa verdadera admiración por un gran número de literatas y, aún deberían merecerles mayor crédito, si cabe, los dos primeros personajes del trío si contamos con el hecho de que estos no son sino fruto de la imaginación de una mujer, Elizabeth Taylor.

También cabría que tildaran de machista a la propia escritora y yo no pienso discutírselo. Esperen unos segundos a que termine esta historia.

Importa, aquí, que reparen, y de ahí el título del post, en que hace ya más de cincuenta años se hablaba de literatura dirigida al público lector femenino. Y que sí bien podría admitirse que la institucionalización de la chick lit es un fenómeno relativamente reciente, existe una deliciosa literatura para mujeres, una “chic” lit, sin “k”, que lleva escribiéndose desde que el mundo es mundo. Desde los mismos tiempos de la enigmática Safo de Lesbos. Una romanticona.

Elizabeth Taylor, Antonia S Byatt, Dodie Smith, Eudora Welty, Ivy Compton-Burnett, Nancy Mitford, Sybille Bedford... incluso la genial Richmal Crompton. Chic Lit. ¡Ironía, sensibilidad, ternura! Botellas de champagne que se destapan utilizando el sacacorchos ¡qué más da!. ¡Cuando están ricos, los bombones de trufa son algo irresistible!. También los que engordan.

13 comentarios:

  1. Sí, Julián. No creo en esa cosa de la literatura femenina; salvo la novela rosa, que esotra cosa muy admuirada pro vargas Llosa y practicada por Corin Tellado.

    De todas las que citas me gustan varias, pero sobre todo la gran Antonia, y tengo una deuda impagame con Richmal

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  2. Gracias Lansky

    Eres mi único comentarista, pero vales por mil (...o más).

    Richmal Crompton imprime carácter, por descontado.

    De todas formas... ¡aay, cómo echo de menos a Vanbrugh, si el muy ladrón lo supiera!.

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  3. siempre le has querido más a él

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  4. Se pueden amar simultáneamente al día y a la noche. Al mar y a la montaña. A Ava Gardner y a Marilyn Monroe... . Vaya, "EL" no me da tantos cortes como tú. Pero "TU" estás más pendiente de mí; eso es cierto.

    ¡Joder! parezco el preso común de "El Beso de la Mujer Araña".

    Venga... ¡que los dos estáis hechos un par de cabronazos! Y ya. ;-).

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    1. Vale, entendido, me pido ser Ava Gardner y follarme a Marilyn

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  5. Gracias, Julián. Sé que exageras cuando dices que me echas de menos, por halagarme, pero lo agradezco lo mismo. Igual que cuando me llamas cabronazo y ladrón, zalamerías tuyas...

    La verdad es que yo, en cuanto una obra cualquiera se dirige explícitamente a un público determinado -mujeres, rubios, funcionarios de correos- dejo de tenerla en cuenta. La obra que se escribe para un público específico no se merece ninguno. Delimitar targets -una operación tan hortera debe ser designada con un palabro igualmente hortera- es cosa de publicitarios o técnicos de mercadotecnia, no de escritores. Muy conveniente para vender jabón, pero en absoluto para escribir libros.

    Y si la caracterización del público es tan sutil como para merecer el nombre de género -no sé quién fue el primer gilipollas que creyó que llamar género al sexo era una buena idea, ni por qué nadie le hizo caso- pues mucho peor. Escribir para especialistas en física de partículas puede tener alguna justificación, pero escribir para mujeres no tiene ninguna. Y llamar luego a eso literatura "de género" debería estar tipificado penalmente, siempre en mi ponderada opinión.

    Mantenía yo estas opiniones en la más exquisita teoría hasta que este verano una amiga mía, estimabilísima por otros conceptos pero no dotada de una especial sensibilidad literaria -aunque por lo menos lee, lo que ya es mucho decir- me recomendó una cosa llamada algo así como "Cincuenta sombras", advirtiéndome que quizás no me gustara, porque "era para mujeres". Me lo bajé diligentemente de Internet y apliquéme a la lectura. Cosa de media hora. Se trataba de un engendro ilegible, una aberración paraliteraria, una cosa terrible que abandoné antes de la página cien -¡y eran tres tomazos, creo recordar!-. Mi teoría quedó así confirmada en la práctica, al menos a mis ojos, que son los que más suelo tener en cuenta cuando se trata de ver. Cuando, tiempo después, no tuve más remedio que, a su requerimiento, darle mi opinión a la recomendante, no fui capaz de mentirle y le confesé, suavizándolo cuanto pude, que no me había parecido gran cosa y que, de hecho, no lo había acabado. Asintió comprensiva. "Claro, ya te advertí que era más para mujeres". Los dos convinimos en que era lógico, siendo para mujeres... Lo que ella no sabía es que si hubiera sido más para hombres, o más para católicos, o más para cincuentones, o más para vambrughes, tampoco habría podido con el libraco. La literatura que se escribe 'para alguien' es siempre, creo, mala literatura -como dice hoy Lansky en su blog el arte no es un tablón de anuncios, y no admite que se le encarguen recados- y no debería escribirse 'para nadie'.

    Un abrazo, Julián.

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    1. ¡Bravo! Ahí tienes, Julián, porque se le echa de menos...

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    2. Por no hablar de que 'género' es un término de la gramática y no veo por qué ha de usarse como hipérbole d elos sexos

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    3. Ya...

      Pero la realidad que es contumaz y no entiende demasiado de equidades o equivalencias, ha venido a demostrarnos a todos -también a Vanbrugh- que las "Cincuenta Sombras de Gray" ha ARRASADO en el mercado. Y si hablo por experiencia propia, habré de afirmar ajustándome a esa realidad -lo que observo en el metro, en los autobuses; de lo que escucho en el trabajo, en las cafeterías...- que su público lector es abrumadoramente femenino. Si mantuviese otra opinión estaría mintiendo.

      Cosa distinta es que en esa inclinación tengan prevalencia factores sociológicos -me la ha recomendado mi amiga Puri...- sobre otros de distinta índole. O no.

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    4. No sé por qué empiezas tu respuesta con 'pero', como si lo que dices contradijera en algo lo que digo yo. ¿Qué más me da a mí que hayan o no arrasado las benditas sombras? Lo que yo digo es que, siendo literatura dirigida específicamente a mujeres -y a mujeres un poco tontas, hay que decir, o al menos con no mucho oído literario, y tirando a masocas, además, pero poquito (y puestos a ser masocas, serlo poquito es bastante peor que serlo del todo, porque las cosas, incluso esa, o se hacen bien o no se hacen)- no puede por menos que ser una mierda. Y lo es. Quod erat demostrandum.

      ¿O es que a estas alturas confundes la calidad literaria con las ventas?

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  6. Gracias también a ti, Lansky. Creo que ambos sobreestimáis mis contribuciones, cuyo principal mérito es ser enunciadas con mucha convicción y utilizar palabras de muchas sílabas -explícitamente,caracterización, estimabilísima...-

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    1. ¡Nada de falsa modestia; utiliza modestia auténtica!

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  7. La auténtica la perdí hace años. Ahora uso una de imitación, coreana, muy bien conseguida.

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